1/05/2020

Parásitos



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▲ Fotograma de la cinta del coreano Bong Joon-ho.
Sucios, ricos y malvados. Del coreano Bong Joon-ho, un cineasta experto en transitar por géneros tan movedizos y diversos como el cine de horror, el thriller y la comedia en sus obras anteriores, El huésped , Okja o El expreso del miedo , cabía esperar que un título como Parásitos , insistiera, de nueva cuenta, en un relato fantástico de horror.
La sorpresa es mayúscula al constatar que su propuesta es simplemente la parábola corrosiva y delirante de una soterrada lucha de clases entre el clan de los Kim, una familia de trabajadores desposeídos, maquiladores a destajo en la economía informal, y la elite que representan los Park, una familia que vive en la despreocupación y frivolidad del lujo minimalista más refinado, muy ajena siempre al perturbador entorno social que les rodea.
Presentada de esta forma, de inmediato surge la sospecha de maniqueísmo moral en el tratamiento del asunto, una trampa que un artista tan solvente y malicioso como Bong Joon-ho sabe evitar cuidadosamente. En Parásitos , una comedia satírica sobre la progresiva y muy insidiosa invasión que hace la familia Kim al territorio doméstico, perfeccionista y pulcro, de los Park, las apariencias resultan ser muy engañosas.
Desarticulando los prejuicios más comunes, el clan que encabeza Ki Taek, el jefe de familia de los Kim, no es en absoluto ocioso o ignorante. Cada miembro del hogar se procura laboriosamente el sustento diario e incluso el hijo mayor aspira a una educación superior. Frente a la falta de oportunidades laborales en la sociedad liberal coreana, simplemente deciden dar el salto de la más precaria supervivencia, a una estrategia de reacomodo laboral en el seno de una familia rica a través de la simulación y el engaño.
Su capacidad laboral está por supuesto fuera de duda. Lo que esta familia de estafadores habilidosos descubre, y a la postre exhibe, es que las clases encumbradas muchas veces se encuentran en una situación de privilegio por haber antes practicado, de modo apenas distinto, tácticas muy similares de estafa, explotación y fraude.
En esta dura parábola social, resulta así difícil distinguir cuál de las dos clases antagónicas supera a la otra en materia de una existencia social parasitaria.
Imposible entrar en detalles, sin vender buena parte de la trama, sobre la manera como la familia Kim se insinúa y se infiltra, como el agua por los muros, en el plácido mundo doméstico de los Park. Baste señalar que la faena es ingeniosa y el resultado final tan apocalíptico como cabe esperar de un maestro del relato fantástico como es el director de El huésped .
Tampoco puede sorprender la irrupción de elementos de cine gore en esa suerte de burbuja de la prosperidad, resguardada por un virtual cordón sanitario, que es el hogar de los Park. Se trata de modo muy llano del colapso, tan temido como sorpresivo, de las certidumbres morales acariciadas por élites acomodadas súbitamente conscientes de la enorme fragilidad de sus conquistas sociales.
El mito neoliberal de un bienestar económico que desde la cumbre se filtra milagrosamente hacia los estratos sociales más bajos, tiene una relectura muy irónica en Parásitos , una cinta donde el malestar social se filtra, perversa y literalmente, desde el subsuelo de los parias hasta los jardines de una residencia opulenta.
Para relatar esta subversión virtual del orden establecido, el director coreano recurre de modo soberbio a la comedia, al suspenso y a un horror meticulosamente calibrado. Los espacios minimalistas high-tech en que viven los Park se transforman paulatinamente en una antesala del infierno.
El desagradable e incierto olor que, para el olfato del respetable señor Park, despiden sus empleados de confianza, se vuelve un sórdido tufo irrespirable cargado de amenazas revanchistas. Por el lado de los Kim no campea, sin embargo, ninguna nobleza moral intrínseca. Ante el menor descuido de los poderosos, se despiertan en los parias desposeídos apetitos nada estimables de mezquindad moral y oportunismo.
Ninguno de los dos bandos contrarios escapa así al bisturí de la sátira social que va escalando el director coreano. Igual de sucios y malvados pueden ser los miembros de las dos familias confrontadas. Pero la contienda es, además de entretenida y divertida, muy ilustrativa de los cuestionamientos sociales que con frecuencia cada vez mayor realiza el cine contemporáneo.
En una época en que las retóricas liberales multiplican los llamados a una ficticia unidad social, artistas como Bong Joon-ho remiten a la complejidad y polarización de los conflictos sociales. Y esa lucidez suya, lejos de ser denostada, termina incluso por ser recompensada.
Parásitos conquistó este año una merecida Palma de Oro en el festival de Cannes. Una cinta espléndida. Se exhibe en la Cineteca Nacional y en salas comerciales.
Twitter: @CarlosBonfil1

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