Mostrando las entradas con la etiqueta La Matria. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta La Matria. Mostrar todas las entradas

9/20/2025

Leona Vicario, la periodista insurgente llamada «benemérita y dulcísima Madre de la Patria»

 

Leona Vicario, fue una de las primeras personas en conspirar activamente por la Independencia de México, acompañada por su esposo, el abogado Andrés Quintana Roo. Su participación, decisiva y fundamental la llevó a exponerse a múltiples riesgos, ganándose el título de “la mujer fuerte de la Independencia”.

Fue a través del periódico El Ilustrador Americano, donde los insurgentes advirtieron su talento y se pusieron en contacto con ella. Tras el inicio del movimiento independentista, Leona se incorporó a la rebelión e ingresó en una sociedad secreta llamada “Los Guadalupes”, conformada por criollos con recursos económicos y acceso a información estratégica, la cual transmitían a los insurgentes.

Estos grupos se convirtieron en un pilar para la comunicación clandestina, proporcionando desde materiales básicos hasta armas, e incluso intentando hacer llegar una imprenta a los rebeldes. Leona Vicario, comprometida con la causa, invirtió su fortuna en el financiamiento de la lucha y asumió el liderazgo de una red de mensajería que garantizaba la correspondencia entre insurgentes y sus familiares.

A inicios de 1813, las autoridades interceptaron uno de sus correos, y en marzo del mismo año la Real Junta de Seguridad y Buen Orden la sometió a un largo proceso judicial, internándola en el Colegio de Belén de las Mochas, donde fue interrogada minuciosamente.

Al ser declarada culpable, en lugar de enviarla a prisión, permaneció bajo custodia en el mismo Colegio hasta que, el 23 de abril de ese año, un grupo de correligionarios bajo el mando de Andrés Quintana Roo logró liberarla. Sin embargo, su libertad no detuvo su compromiso con la insurgencia. Continuó colaborando en la producción de periódicos insurgentes, como El Ilustrador Americano y el Semanario Patriótico Americano.

Vicario expresaba con firmeza que su única motivación era el “infinito anhelo de ver libre a su patria, y por realizarlo no vaciló en sacrificar la posición envidiable que siempre había tenido”

Negada como heroína

Previo a su muerte, Leona Vicario confrontó al secretario de Relaciones Exteriores, Lucas Alamán, quien en una carta cuestionaba su condición de heroína de la Independencia, argumentando que “había seguido a su amante, y además había recibido pagos en casas y haciendas”.

Leona replicó con contundencia y firmeza: “Mi objeto en querer desmentir la impostura de que mi patriotismo tuvo por origen el amor, no es otro que el muy justo deseo de que mi memoria no pase a mis nietos con la fea nota de haber yo sido una atronada que abandoné mi casa por seguir a un amante (…).

 Todo México supo que mi fuga fue de una prisión y que ésta no la originó el amor, sino el haberme apresado por un correo que mandaba yo a los antiguos patriotas (…) Confiese usted, señor Alamán, que no sólo el amor es el móvil de las acciones de las mujeres: que ellas son capaces de todos los entusiasmos y que los deseos de gloria y libertad para la patria no les son sentimientos extraños; antes bien, suelen obrar en ellas con más vigor, son más desinteresadas y parece que no buscan más recompensa que la de que sean aceptadas”

Vida y muerte en la Nueva España

María de la Soledad Leona Camila Vicario Fernández de San Salvador vio la luz por primera vez el 10 de abril de 1789 en la Ciudad de México, misma tierra que la acogería al final de su vida, el 21 de agosto de 1842. Periodista, intelectual, activista y heroína de la Independencia, su compromiso y valentía dejaron una huella imborrable en la historia del país y fueron clave para la consolidación de la nación.

Hija de Gaspar Martín Vicario, comerciante español, y de la criolla Camila Fernández de San Salvador y Montiel, Leona creció en un mundo que no esperaba que una mujer pudiera aprender o pensar por sí misma. Sin embargo, sus padres desafiaron esos prejuicios: le dieron una educación completa y exigente, enseñándole Bellas Artes, Ciencias, francés, algo de inglés, música y pintura. Gracias a esos estudios, desarrolló un pensamiento crítico agudo que la llevaría, años después, a la pluma y al periodismo, transformando su curiosidad en acción y en voz de libertad.

A los 17 años, Leona se emancipó, y solo un año más tarde quedó huérfana. Bajo la tutela de su padrino, el abogado Agustín Pomposo Fernández de San Salvador, pudo elegir su propio camino. Renunció a la vida cómoda en la casona de su tutor y eligió vivir en la calle Don Juan Manuel N°19 (hoy República de Uruguay), en el corazón del Centro Histórico de la Ciudad de México. Allí trabajó en su despacho, acercándose a las injusticias que atravesaban su sociedad y preparándose para la lucha que cambiaría su destino y el de México.

Fue en ese entorno donde conoció a Andrés Quintana Roo, joven estudiante de leyes de Mérida, Yucatán, que compartiría con ella ideales y convicciones. Unidos por la causa insurgente, se sumaron a la lucha junto a José María Morelos, enfrentando la opresión del gobierno de José I Bonaparte en España y la persecución del virrey Félix María Calleja.

Leona Vicario, incansable y valiente, se convirtió en la primera mujer periodista del país, reconocida por su apoyo constante a los rebeldes y por su participación activa en la independencia. El 25 de agosto de 1842, poco antes de su muerte, fue declarada Benemérita y Dulcísima Madre de la Patria.

Su vida se convirtió en ejemplo de determinación, inteligencia y compromiso; junto a otras mujeres emblemáticas como Juana de Asbaje y Josefa Ortiz, demostró que las mujeres podían ser igual de capaces y merecedoras de las mismas oportunidades que los hombres.

Leona Vicario falleció en su casa de la Ciudad de México a los 53 años, renunciando a la comodidad que su posición social le ofrecía para vivir conforme a sus ideales. Sus restos descansaron primero en el Panteón de Santa Paula, y el 28 de mayo de 1900 fueron trasladados junto a los de su esposo Andrés Quintana Roo a la Rotonda de las Personas Ilustres del Panteón Civil de Dolores, hasta ser finalmente colocados en la Columna de la Independencia en 1925.

Con motivo del Bicentenario de la Independencia de México, en 2010 sus restos fueron restaurados, y en honor a su vida y legado, el Gobierno de México declaró al año 2020 como el Año de Leona Vicario, Madre de la Patria, recordando a todos los mexicanos que la libertad, el valor y la justicia también tienen nombre de mujer.

María Ignacia Rodríguez, «la madre de la patria»

 

.-Ciudad de México.- La Independencia de México, celebrada cada 16 de septiembre, fue un proceso político y social que terminó con el dominio español sobre el territorio de la Nueva España; sin embargo, esto no pudo ser posible sin la participación de mujeres quienes a lo largo del tiempo fueron estigmatizadas, como lo fue María Ignacia Rodríguez mejor conocida como la «Güera Rodríguez», cuya historia es narrada desde una mirada patriarcal, por eso los textos feministas la han rescatado para darle paso a una de las primeras feministas en el país.

La vida de María Ignacia es contada desde la estigmatización de una «seductora», destacando siempre su belleza de cabellera rubia, ojos claros y piel blanca. De acuerdo con el articulo «La Güera Rodríguez: la construcción de una leyenda» de Silvia Marina Arrom, su atractivo no se reducía a su belleza, sino a su capacidad de conversación que le permitió establecer varias relaciones. Es gracias a esto que, su participación en el proceso de la Independencia de México fue narrada a través de rumores y leyendas en torno a su vida sentimental.

Según explica el articulo, ella nunca militó de manera abierta en la insurgencia como otras mujeres de la época, pero su nombre aparece en denuncias que la vinculan con los insurgentes y los realistas. Su papel se caracterizó más por su influencia social y contactos estratégicos que por acciones militares o políticos de gran alcance, aunque su participación fue engrandecida hasta convertirla en una heroica legendaria conocida como la “Madre de la Patria”.

El primer incidente que la relaciona con el ámbito político tuvo lugar en 1809, cuando denunció ante las autoridades un supuesto complot de los europeos para envenenar al virrey Francisco Javier Lizana y Beaumont. La investigación apuntó que la acusación era falsa y el mandatario la desterró de la Ciudad de México por alterar la tranquilidad pública, orillándola a vivir en Querétaro.

El 13 de septiembre de 1810, dos días antes del Grito de Dolores, la denunciaron por financiar el plan de Miguel Hidalgo. Para 1814, surgió otro señalamiento por entregar 500 pesos en efectivo y vestimentas para las tropas. El documento apuntaba también que mantenía reuniones con los insurgentes Rafael Vega y Francisco Velasco, así como una relación cercana con Leonora Vicario, una de las mujeres mas comprometidas con la causa independentista.

Sin embargo, de acuerdo con el artículo, nunca se ha comprobado la veracidad de estas denuncias, es decir, que no se tiene certeza si estos apoyos fueron entregados por convicción ideológica, coacción de los insurgentes o estrategia para proteger sus haciendas y propiedades, las cuales se encontraban bajo el control de fuerzas rebeldes. Incluso algunas teorías señalan que María Ignacia se movió entre ambos movimientos para garantizar la supervivencia de su familia y bienes.

A diferencia de otras mujeres insurgentes que fueron encarceladas, perseguidas o despojadas, ella nunca sufrió un castigo, por lo que se reforzó la idea de que su papel fue más discreto y negociador que abiertamente rebelde.

Otros personajes con quienes se le relacionan es con el canónigo José Mariano Bustamante, un religioso abiertamente realista que ofició la boda de sus hijas; así como Agustín de Iturbide, miembro de la élite criolla y antiguo amigo de su familia, quien permaneció por muchas años leal a España antes de encabezar el movimiento independista.

La etapa en la que su participación se vuelve visible fue en la consumación de la Independencia en 1821, cuando su hacienda de La Patera, ubicada en las afueras de la capital, fue el escenario donde Iturbide, convertido en jefe del Ejército Trigarante, se reunió con el mariscal de campo y comandante general del cuerpo de artillería Francisco Novella y con el nuevo jefe político superior de la Nueva España, Juan O´Donojú para negociar los términos de guerra.

Aunque ella no tuvo una participación directa, este hecho la consolidó como un personaje importante en este episodio de México. Durante el Imperio de Iturbide (1822-1823) su familia ocupó varios puestos destacados en la corte y ella aparecía como una figura cercana al emperador.

No tardaron en circular rumores sobre una relación romántica entre ambos, versión que fue reforzada por textos de Vicente Rocafuerte, opositor al emperador, quien la retrató como una «seductora» o «musa» del mandatario, sin embargo, no existen pruebas documentales de esta vinculación.

Su vida en la Nueva España


María Ignacia nació en 1778 en la Ciudad de México, en el seno de una de las familias más distinguidas de la Nueva España. Su padre Antonio Rodríguez de Velazco era regidor lo que garantizaba prestigio y poder político, mientras que su madre María Ignacia Osorio Barba y Bello Pereyra descendía de un mayorazgo.

Aunque existen pocas referencias sobre su infancia, se sabe que creció en la élite novohispana rodeada de comodidades, una vida social activa y educación religiosa. Además sabía leer y escribir, algo inusual en las mujeres debido a las restricciones sociales de la época.

A sus 15 años se casó con el capitán José Jerónimo López de Villamil, heredero de un mayorazgo, lo cual aseguraba para ella un lugar de preeminencia en la aristocracia novohispana. Durante once años de matrimonio tuvo seis hijas e hijos, aunque uno de ellos falleció en la infancia. No obstante, de acuerdo con el artículo, el matrimonio fue violento y María Ignacia vivió los celos de su esposo quien ejerció violencia física en varias ocasiones e incluso le disparó con una pistola en 1802.

Aunque ella lo denunció por intento de asesinato, el capitán respondió con una demanda de divorcio eclesiástico donde a acusó de adulterio sacrilegio con tres sacerdotes. Sin embargo, la acusación no prosperó gracias a varios testigos quienes describieron la violencia que ella vivió en el matrimonio. En 1805, José Jerónimo murió dejandola viuda a sus 27 años y con cinco hijas e hijos bajo su cuidado.

Este episodio marcó una pauta en su vida en donde tuvo que enfrentar la vida adulta asumiendo el trabajo de cuidados y la responsabilidad de sostener económicamente a la familia. Dos años después, se casó con el médico acaudalado Juan Ignacio Briones, pero este falleció seis meses después de la boda, dejando a María Ignacia embarazada de su séptima hija. Aunque la unión fue efímera, esta le permitió ganar estabilidad económica con los recursos que heredó.

En 1808, la última hija de María Ignacia murió y ocho años después también lo hizo su hija Guadalupe debido a varios años en los que estuvo enferma. La Güera Rodriguez tuvo afectaciones a su salud con síntomas que eran compatibles con la tuberculosis y un cuadro grave que la llevó a redactar su testamento pensando en que su muerte estaba cerca. En este periodo, su vida estuvo atravesada por la pérdida, el dolor y la preocupación por la crianza de sus hijas e hijos.

María Ignacia pasó 17 años viuda en donde tuvo que administrar bienes, enfrentar pleitos legales y sortear crisis financieras. Aunque heredó propiedades y haciendas, muchas estaban hipotecadas, fueron dañadas por tropas insurgentes o sufrieron la depreciación que trajo la guerra. A pesar de esto, logró sostenerse gracias a su parentesco y sus vínculos con personajes influyentes, lo que le permitió mantener un lugar en la alta sociedad de la capital.

Tres de sus hijas ingresaron al prestigioso colegio de La Enseñanza, reservado para las mujeres de la élite, y más tarde se casaron con hombres nobles. Por otro lado, su hijo Jerónimo, heredero del mayorazgo Villamil, prosperó en la política y ocupó cargos en el Congreso. Aunque ella nunca obtuvo un título nobiliario propio, logró consolidar la posición de su descendencia dentro de la aristocracia.

Para 1825, ya con 46 años, María Ignacia se casó por tercera vez con Juan Manuel de Elizalde, un hombre chileno 12 años más joven que ella, quien contaba con una carrera en administración pública. Según su testamento, el matrimonio fue estable y armonioso, por lo que le agradeció de poner orden a sus finanzas y papeles. Juntos compartieron una vida tranquila, mientras que él ocupó cargos relevantes como gobernador del Distrito Federal y más tarde cónsul de Chile en México.

Incluso en su vejez, la Güera Rodriguez continuó siendo un personaje visible en la vida social de la capital. En 1940, Fanny Calderon la conoció personalmente y la describió como una mujer hermosa y simpática a sus 61 años. En 1846, durante la guerra contra Estados Unidos, se unió a un grupo de mujeres para organizar actividades benéficas, recaudar fondos y apoyar hospitales de sangre destinados a atender a los soldados heridos.

María Ignacia murió el 1 de noviembre de 1850 a los 71 años en su casa, la misma donde pasó gran parte de su vida. Tras su muerte, su memoria se desdibujó por décadas, ya que, pese a su participación en la Independencia de México no fue celebrada ni incluida en las listas de heroínas decimonónicas hasta el siglo XX cuando escritores y otras artes populares revivieron su historia.

Hoy, Sheinbaum con una oportunidad histórica: nombrar a las mujeres que nos dieron matria

Ciudad de México.- Hoy, por primera vez en México, será una mujer quien dé el Grito de Independencia por la conmemoración de los 215 años de la separación del imperio español (1810-1821) y nos hemos acostumbrado al protagonismo de hombres quienes han ostentado el poder Ejecutivo al mismo tiempo que hacen alusión a los hombres involucrados en la historia independentista: sin embargo, esta esta noche podría ser diferente, Claudia Sheinbaum Pardo podría cambiar el ritual masculinizado y vindicar a las heroínas que nos dieron «matria».

En punto de las 23 horas y desde la Plancha del Zócalo capitalino, se espera que la presidenta Claudia Sheinbaum salga al palco presidencial y realicé el ritual que incluye algunos gritos que hacen alusión al momento de independencia de México, como lo hizo la madrugada del 16 de septiembre el sacerdote, académico y militar, Miguel Hidalgo y Costilla, quien inició la primera etapa de este proceso histórico en el pueblo de Dolores, Guanajuato.

La tradición de recrear el gritó aconteció gracias al expresidente Porfirio Díaz, quien trasladó la campana de Dolores a la Ciudad de México para ser instalada en el balcón central de Palacio Nacional. Desde su creación, esta costumbre fue liderada por hombres quienes solo nombraban a los «héroes de la patria» que, además del sacerdote católico, incluyen a José María Morelos y Pavón, Ignacio Allende, Vicente Guerrero, Agustín de Iturbide o Juan Aldama y con ello invisibilizaron la participación de las mujeres en el movimiento.

«La historia (es) la más difícil de nuestras conquistas, y la más urgente también. La Historia como un devenir mujer», menciona el libro «Inventoras de la Matria. Sobre las huellas visibles e invisibles de las mujeres en la Independencia de México», el cual describe que la narrativa sobre la construcción de México como nación fue escrita por hombres y vencedores quienes borraron la participación de grupos subrepresentados, entre ellos a las mujeres.

De esta manera, la obra califica la historia de la Independencia de México como patriarcal porque privilegia el protagonismo de los hombres y héroes fundacionales, racista al invisibilizar los nombres de personas líderes afrodescendientes e indígenas, y colonizadora porque se expone el involucramiento de héroes y heroínas de las altas castas de la Nueva España, sobre el resto.

Esta versión perpetua roles y estereotipos de héroes quienes se ostentaron como los «padres de la patria», una figura que encarna a un hombre héroe valiente, rebelde y católico. No da cabida a las esposas, madres, cuidadoras, hermanas, hijas, indígenas o mujeres afrodescendientes cuya participación fue silenciosa al ser fusiladas, olvidadas, encarceladas y olvidadas. Estas mujeres continuaron luchando incluso en contextos de enfermedad, violencia sistemática, privadas de la libertad o a pesar de ser castigadas con formas peores que en los hombres.

Todas ellas ayudaron a construir la matria, entendida como una identidad femenina para la representación simbólica de un país o una nación, «una historia hecha de luchas reales, variadas y heterogéneas, no sólo de unas cuantas heroínas y vencedores«, según describe el libro. La figura de la heroína se representa en menor medida desde el inconsciente colectivo patriarcal y falocéntrico, es decir, desde la visión de los hombres donde las mujeres solo entran en una de las categorías: diosa, virgen o prostituta.

Ejemplo de ello son Leonora Vicario, Josefa Ortiz, Gertrudis Bocanegra o María Ignacia Rodríguez quienes en la historia patriarcal encarnan a la esposa, la diosa-madre o la amante de los héroes. En este imaginario, una mujer no puede representar un arquetipo fundacional de la nación, por ello, desde el feminismo, se recuperó a las mujeres en la construcción de la matria, cuyo concepto no existe en el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, pero que implica una noción de matriz-mujer-mater-madre.

Según explica Blanca E. Rivera del Río en su artículo «De heroína romántica a insurgente resituada en la matria: una crítica literaria (y algo más) a dos novelas inspiradas en Leona Vicario», el significado de matria es polisémico, aunque no se desprende de la metáfora para referirse a la reivindicación de una cultura basada en la no violencia y el reconocimiento de las mujeres que pusieron sus cuerpos en los territorios de lucha.

La matria también es la representación pluricultural y heterogénea de las mujeres a través de la gestación que da origen a la triada ancestral abuela-madre-hija: «Este es el parto que nos pertenece, que nos hace comenzar de nuevo a todas las mujeres (…) y el que queremos presenciar: el de nuestra matria», apunta Blanca E. Rivera.

De esta manera, se da origen a un nuevo orden político cuyas características se destacan por: colocar a las mujeres en primera persona para mostrar su existencia y conformar su identidad, impulsar la memoria desde una perspectiva anti-andocéntrica y anti-antropocéntrica, la presencia de la libertad individual y la lucha libertaria colectiva, privilegiar la experiencia de la gestación y maternidad como territorios resilientes desde una perspectiva indigenista y de derechos humanos, el devenir-mujer desde la subjetividad y autonomía de sus cuerpos, y la renuncia del lenguaje falocéntrico.

Sin embargo, la construcción de la matria no hubiera sido posible sin las mujeres afrodescendientes dando lugar a la matria negra, ya que, esta fue gestada por sujetas sociales que han sido estratégicamente invisibilizadas. Según datos del libro, cerca de 200 mil personas africanas arribaron al virreinato novohispano donde una de cada tres era una mujer, la mayoría fueron sustraídas de África.

De esta manera, África es considerada la madre de la humanidad a treves de procesos históricos y sociales. En la Nueva España, surgió el grupo de «Los Guadalupes», una sociedad secreta conformada por mujeres y hombres que adoraban a la Virgen de Guadalupe, una de las cuatro vírgenes venerada en la ciudad de México y oposición a la Virgen de los Remedios, asociada a la identidad colonizadora de España y del virreinato.

Esta deidad es morena y agrupaba a varios actores en la lucha como personas indias, afrodescendientes, españoles y criollos. Es una figura simbólica que se convirtió en identidad nacional de un país que aún no se conformaba y posteriormente tomaría el nombre de México. Dicha fracción apoyó ideológicamente al movimiento insurgente donde la participación de las mujeres era fundamental al no levantar sospechas sobre su participación activa en el movimiento.

«México no es el país del padre, es la matria lo que emerge de desordenar la Nueva España. Tiene entonces la Guerra de Independencia un vientre y no un falo, un espacio en la historia que gesta y amamanta» apuntan Denisse Buendía y Xochiquetzal Salazar en el ensayo «Matria Negra».

De esta manera, señalan que la matria es la posibilidad de desentrañar conceptos como identidad, raza, lengua y color.

No solo descentralizó lo hegemónico y patriarcal, sino que «desdibujó por un breve instante la frontera entre esclavas, libertas, indígenas y criollas para volverse cuerpos históricos donde se gestó una de las tantas luchas por las libertades»

De esta manera, según afirman Buendía y Salazar, borrar a las mujeres de la historia no es un hecho anecdótico o casual, sino político, pues pese a que ellas participaron activamente en la revolución, la versión patriarcal las vuelve invisibles y hoy, la primera mujer presidenta de México tendrá la oportunidad de cambiar la historia si decide evocar la matria.