10/30/2012

MAM: mujeres surrealistas

Teresa del Conde/ I
Al aparecer el término Wonderland en los espectaculares del Museo de Arte Moderno (MAM), pensé que se trataba de otra exposición, no la de las mujeres surrealistas en México y Estados Unidos iniciada en Los Ángeles y posteriormente en Quebec, de la que teníamos noticias. Ese título me parece un desatino y lo digo con todo respeto a las dos principales curadoras: Ilene Susan Frost (LACMA) y Tere Arcq (MAM). Por taquillero que sea, no viene al caso traer a colación al dean de Christ Church: Charles Lutwidge Dodgson (Lewis Carroll), como piedra de toque analogando el contenido a las aventuras ensoñadas de su heroína inspiradora Alice Liddell, pues el imaginario de Alicia tanto in Wonderland, como en a través del espejo configura en sí una iconografía específica que podría dar lugar una vez más a una muestra ex profeso.
Las piezas reunidas para esta exposición pueden tener uno que otro rasgo de Carroll, como sucede con el mediano y muy consabido cuadro The Tea Party, de Sylvia Fein, que contrasta con la excelencia de otras piezas tanto de México como de Estados Unidos, entre las que están las de Dorotea Tanning, Kay Sage y Lee Miller, que son las artistas del país vecino más conocidas entre nosotros dentro de la vena surrealista, equiparables a estrellas como Remedios Varo, Leonora Carrington, Kati Horna y María Izquierdo, y por supuesto Frida Kahlo, todas bien representadas.

Volverlas a ver esta vez juntas es una experiencia no sólo de género, sino también hermenéutica que nadie debería perderse. Sorprende que la más publicitada sea Rosa Rolanda, la esposa del Chamaco Covarrubias, cuya inclusión puede sorprender en este contexto, salvo por el hecho de que practicó la fotografía sin cámara.

Referirse a Lewis Carroll involucraría cuestiones lingüísticas, lógicas, matemáticas, nominalistas y fotográficas influyentes en muchos campos, hasta en Wittgenstein o James Joyce, por ejemplo.

La exposición es no sólo atractiva sino elucidadora, sobre todo en el terreno de la fotografía, rubro que causa no pocas sorpresas y que contiene, creo, piezas que guardan una relevancia absoluta en cualquier contexto, sobre todo si tenemos en cuenta que la época que corresponde al grueso de la selección, no ofrece una frontera precisa entre lo que se hacía bajo inspiración surreal y lo que ocurría en otros contextos. Consideremos v.gr. que Lee Miller, mujer bellísima quien fue modelo de Vogue, estudió con Man Ray, y más tarde se casó con Roland Penrose, crítico de arte y artista británico que, como ella, asiduamente ilustró a Picasso.
De Miller es una de las tomas más sencillas a primera vista: sobre una mesa de bistro con dos platos correctamente colocados sobre sendos individuales de tela, aparecen con sus cubiertos elegantemente dispuestos cual debe ser. Los platos contienen lo que se percibe como filetes estofados. Escena común y corriente captada con delicia fotográfica y hasta culinaria. Al leer la ficha sobreviene la sorpresa y la tónica de horror caníbal. Lo que hay en los platos es dos senos amputados, debido a una mastectomía radical, que Miller conservó (a saber mediante que procedimiento) y luego cuidadosamente montó. La cédula da cuenta de eso, el espectador se acerca a la fotografía porque la encuentra deleitosa, perfectamente iluminada y encuadrada. El surrealismo está en la explicación de Miller que se proporciona.

A Kati Horna, una de las más importantes fotógrafas republicanas de la Guerra Civil española nos la apropiamos totalmente y le deparamos veneración, por cierto que desde mi punto de vista ella influyó en Leonora Carrington y hasta en Remedios Varo, pero independientemente de eso, como artista y maestra es una de las grandes figuras en cualquier medio. Los ejemplares exhibidos de una de sus series se analogan en 1936 a tomas de su colega Ruth Bernhardt, también con el tema de las muñecas, esos simulacros filiales con los que jugamos las niñas de tiempos anteriores a Barbie, y puedo decir que efectivamente podían producir terror, sobre todo si se contaba con alguna de porcelana heredada de nuestras abuelas. La muñeca puede ser tema de horror, como lo mostró Hoffman en su cuento El arenero y lo reiteró Carlos Fuentes.

La pieza fotográfica que quizá llama más la atención, bella y ambigua, es impactante: se titula En la caja y es de Bernhardt. En una caja de cartón, como las de zapatos, pero muy alargada, yace una mujer desnuda con ambas piernas flexionadas para caber en ella. Su brazo visible que rodea su cabeza, al salir fuera de ese contenedor, al abrazar la caja, le confiere vida. Pero igual es iremisiblemente una especie de ataúd. Desata asociaciones que van desde las mujeres victimadas en Juárez y otros sitios, hasta el Cristo de Holbein. Otras piezas fotográficas elegidas e inolvidables son las de Lola Álvarez Bravo.

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