2/25/2014

El deseo de Estado



Alberto Aziz Nassif 
Por razones del proceso de globalización el Estado mexicano, como les sucedió a otros, fue perdiendo capacidades y sus políticas quedaron restringidas a una mera administración de la cosa pública. Los intereses poderosos, las corporaciones, monopolios, sindicatos, grupos criminales, se fueron apropiando de pedazos del territorio, de los espacios públicos y de la autonomía relativa de los gobiernos. Pasamos, como dice el antropólogo francés Marc Abélès, a la “política de la sobrevivencia”. Hoy no sabemos hasta dónde regresará el Estado al centro de la escena, pero de lo que sí tenemos certeza, también en palabras de Abélès, es de que existe un “deseo de Estado”. 

Una parte muy importante de la insatisfacción democrática de los ciudadanos tiene que ver con los pobres resultados del sistema político, como productor de bienes públicos. Las enormes inercias que dominan la operación cotidiana de la clase política dejan muy poco espacio para las sorpresas o las buenas noticias. Sin embargo, en estos días se han juntado algunos acontecimientos interesantes. De diverso calado y de efectos variados tenemos: la re-captura de El Chapo Guzmán; la orden a las televisoras del Instituto Federal de Telecomunicaciones (IFT) para que funcione el must carry y must offer; el proceso para seleccionar candidatos al Instituto Nacional Electoral (INE). Sin saber cuáles serán los resultados de estas acciones, por lo pronto se mueve el escenario de las inercias. 

Casi todos los días se ve que —a pesar de que la corrupción, la impunidad y el predominio de los intereses particulares circulan con “normalidad”— no sucede prácticamente nada para cambiar las cosas, como escribió hace unos días René Delgado. Nos hemos acostumbrado a que los poderes fácticos ganen las batallas; a que los partidos rompan la autonomía de las instituciones; a que muchos gobernadores dejen un desastre de deuda y corrupción en sus estados; y a que los gobiernos que siguen se pierdan en la bruma de las complicidades y el narcotráfico siga tan campante. Es casi una regla que las promesas de campaña terminan en el incumplimiento o en el olvido a la hora de gobernar. Las alternancias políticas dejaron de ser oportunidades de cambio y se volvieron una pesada nata para reproducir intereses particulares. De forma lenta, pero consistente, el Estado fue perdiendo las batallas frente a los monopolios, la corrupción y el crimen, cobijados por la impunidad. Pocos ciudadanos les creen a los políticos y les tienen confianza, como lo muestran todas las encuestas de opinión sobre el tema. 

Si el “deseo de Estado” tiene futuro, es posible que se pueda crear cierto imaginario de que el Estado es capaz de detener al capo más buscado y emblemático; de que la regulación de las telecomunicaciones, a través de una nueva institucionalidad autónoma, puede ponerle un alto al duopolio de la televisión y al gigante de las telecomunicaciones, y de que los partidos son capaces de moderar sus ambiciones de control —vía las cuotas— sobre el árbitro electoral. En los tres casos habrá que observar con mucha paciencia si estamos ante acontecimientos que pueden marcar tendencia o si simplemente se trata de casos aislados que no modifican la inercia. Las expectativas moderadas son recomendables, sobre todo ante el cansancio de tantas promesas incumplidas de la democracia, como decía Bobbio. 

¿De qué pueden estar hechas las acciones de estos días? De entrada se pueden entender en dos dimensiones, una es la necesidad urgente de legitimar viejas y nuevas instituciones, para lo cual se necesitan construir enormes dosis de confianza. Tanto el IFT como el INE, son espacios que tienen autonomía en el papel, pero se necesita que la credibilidad se construya en la práctica y sólo lo podrán hacer a partir de un ejercicio legal de autonomía y, por supuesto, de cierta audacia para regular los abusos de poderes que se han desbordado. Sólo de esta manera se podrá tutelar los derechos de las audiencias, de la pluralidad y de la equidad electoral. La otra dimensión tiene que ver con la posibilidad de modificar el mapa del crimen organizado y el narcotráfico. Sin duda, el Estado necesita no sólo volver a capturar a El Chapo, como una victoria mediática y pasajera, sino empezar a marcar una línea definida entre la autoridad y el crimen, cosa que el panismo en 12 años no logró hacer. Para ello se necesitará no sólo atrapar capos, sino desmontar las redes de protección y complicidad políticas y económicas. De lo contrario tendremos sólo otro prisionero, y todo seguirá más o menos igual. Si algo de esto sucede quizá podremos pasar del deseo de Estado, a tenerlo… 
Investigador del CIESAS
@AzizNassif


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