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11/17/2024

El PAN y la deriva inmobiliaria

Héctor Alejandro Quintanar*

En julio de 2020 se publicó un desplegado titulado La deriva autoritaria, donde académicos firmaron un diagnóstico que, en esencia, acusó al gobierno de López Obrador de encaminar el país a una concentración de poder que socavaba al pluralismo mediante la destrucción de instituciones. Quizá sin proponérselo ese texto fue una especie de documento fundacional que articuló la alianza PAN-PRI-PRD.

Tras el fracaso electoral que ha padecido esa alianza desde 2021 –donde sus dos partidos principales perdieron 18 gubernaturas (11 el PRI, siete el PAN); y permanecen como minorías en congresos locales, en la cámara federal y el Senado, y donde perdieron la Presidencia de la República en 2024–, es de señalar que parte de la crisis de los dos sobrevivientes de la alianza PRIANRD se debe a la debilidad y tono apocalíptico que implicó su tesis de la deriva autoritaria.

Ese diagnóstico partía de premisas erróneas, como acusar riesgos en la libertad de expresión sin mencionar casos de periodistas censurados por la voluntad presidencial; en un entorno donde el grueso del ecosistema mediático enfocó sus baterías contra la 4T. Esa oquedad no sólo es falsa, sino una falta de respeto contra voces que sí lidiaron con la venalidad censora de Peña o Calderón.

Adoptar la proclama de la deriva autoritaria significó para el PAN un descuadre ideológico. El partido dio indicios el sexenio pasado de no saber cuál identidad confirmar como protagónica. Dos ejemplos: en 2021, senadores panistas, con Lilly Téllez a la cabeza, firmaron la Carta de Madrid para ligarse a extremas derechas como Vox; asumirse como fuerza política retardataria y refreír los prejuicios de la guerra fría. Sin embargo, poco después sería el PAN el partido que, sin democracia interna, postuló como candidata presidencial a Xóchitl Gálvez, a quien abanderaron no sólo esperanzados en que fuera una suerte de producto milagro, sino porque pretendían que, con su supuesto perfil alivianado y progresista, le arrebatara votos al electorado obradorista, bajo el compromiso de mantener la política social de la 4T.

Esa dualidad refleja un dilema identitario. ¿Qué hacer? ¿Adoptar una pose intransigente que desde la derecha más oscurantista interpelara al voto conservador? ¿O mejor dotarse de una fachada moderna, capaz de incluir derechos sociales e inclusión en su agenda, para así interpelar a un sector más amplio del electorado? La salida no fue acertada: el PAN adoptó un discurso intransigente, pero acciones zigzagueantes, donde, verbigracia, un día juraban mantener programas sociales, mientras diputados habían votado contra ellos y muchos de sus voceros acusaban de ninis a sus beneficiarios.

Con la débil consigna de la deriva autoritaria a cuestas, hay que señalar que la crisis de resultados electorales del PAN viene de lejos: en 2012, convertido en apéndice de la sevicia calderonista, se tornó en el primer partido que, como entidad gobernante, se fue al tercer lugar en una elección presidencial. Pero desde entonces su autocrítica ha sido escasa y sus autocríticos ninguneados.

El PAN se ha evidenciado en los últimos años como aparato que ve el gobierno como plataforma de lucro personal. De ahí que aliarse con rivales históricos como el PRI o el PRD fuera más producto de desesperación que de pragmatismo. Su discurso contra la deriva autoritaria, sus salmodias antipopulistas y su llamado a articularse sin chistar en causas inasequibles (la marea rosa) fueron una mascarada evidenciada por sus dirigentes: al mismo tiempo que el PAN alertaba contra una presunta democracia en riesgo, su dirigente Marko Cortés se repartía con el priísta Alito –en un modo más gansteril que antimeritocrático–, notarías, órganos autónomos o direcciones de universidades en Coahuila, acto ilegítimo que, para colmo, el PRI no acató, en un acto que eximió al tricolor no por la ingenuidad inepta de Cortés, sino por lo de que ladrón que roba a ladrón.

Hoy el PAN renovó dirigencia. Cortés dejó un instituto debilitado en manos de Jorge Romero, quien simboliza sin cortapisas la crisis del partido. Líder central de un cacicazgo gestor de corruptelas en la construcción, cuyo entorno se encuentra hoy preso, prófugo o confeso, Romero significa el ascenso en el PAN de un grupúsculo que ha hecho del partido en la Ciudad de México un coto y de los gobiernos locales ganados un nido de transas: el llamado cártel inmobiliario.

En la elección pasada parecía cinismo terminal que postulara en la alcaldía Benito Juárez, matriz del cacicazgo inmobiliario, al hermano de un panista preso, y como candidato a jefe de Gobierno a otro miembro del cártel. La asunción de Romero parece indicar que el partido pretende expandir esa iniquidad local a escala nacional. De la farsa de la deriva autoritaria el PAN pasa a la real deriva inmobiliaria, encabezado por un grupo para quien el gobierno es negocio y cuya renovación es cosmética: atrás quedan las barbas virreinales del Jefe Diego y las suplen los usos de los mirreyes en el poder.

*Autor del libro Las raíces del Movimiento Regeneración Nacional

PAN: se ahonda la descomposición

Editorial La Jornada 


Según la Comisión Organizadora del proceso interno para la elección del titular del Comité Ejecutivo Nacional (CEN) del Partido Acción Nacional (PAN), el diputado con licencia Jorge Romero Herrera obtuvo 80 por ciento de los votos para ocupar ese cargo. Su única contrincante, la ex diputada Adriana Dávila Fernández, reiteró las denuncias que se han repetido desde el inicio de la contienda: no se tuvo certeza, se violó la legalidad y fue una elección inequitativa; así, de esa manera, hoy ganaron. Asimismo, llamó a la nueva dirigencia a reconocer que el modelo de partido construido desde hace una década no funciona, y se preguntó si habrá la voluntad para hacer del PAN una institución que merezca ser heredera del legado demócrata y liberal de Manuel Gómez Morín.

Más allá de los vicios que hayan podido enturbiar el proceso, el hecho es que el blanquiazul tendrá de dirigente nacional a un político salpicado de escándalos e investigado por las autoridades debido a los sólidos indicios de que creó y se benefició del esquema corrupto conocido como cártel inmobiliario: la explotación del ininterrumpido control panista sobre la alcaldía Benito Juárez, de la que fue jefe delegacional entre 2012 y 2015, para apoderarse de cientos de inmuebles a cambio de otorgar permisos de construcción ilegales.

A Romero Herrera se le considera el jefe del grupo político que controla la vida interna del blanquiazul en toda la Ciudad de México. La naturaleza mafiosa de su poder, que comenzó a construir desde 2007 gracias a su cercanía con la familia del ex presidente Felipe Calderón, ha sido denunciada a lo largo de los años por sus propios correligionarios. Tras abandonar el PAN, Calderón y su esposa, la actual diputada federal Margarita Zavala, señalaron varias veces su cacicazgo: en 2018, el michoacano lo acusó de manipular el padrón interno del PAN capitalino y de encabezar la corrupción en la Benito Juárez; en 2020, publicó un libro donde afirma que Romero es famoso por extorsionar a empresas y que asociaciones de ambulantes y otros le representaban a su grupo ganancias de 7 millones de pesos al mes.

Por añadidura, como legislador local Romero Herrera integró con los perredistas Mauricio Toledo (prófugo) y Leonel Luna (fallecido) la Comisión para la Reconstrucción tras el devastador sismo del 19 de septiembre de 2017, encargo en el que manejaron 8 mil millones de pesos de los cuales no rindieron cuentas.

Está claro que los militantes de Acción Nacional pueden elegir a quien prefieran para conducir su partido, incluso si ello redunda en acelerar la descomposición, el desprestigio y la pérdida de votos de su organización partidista. Sin embargo, esta decisión no afecta sólo a los 300 mil afiliados que le quedan al organismo político más emblemático de la derecha mexicana, sino también al conjunto del régimen de partidos y al mismo país. Dado que los institutos partidistas forman parte del Estado, mantener al frente de ellos a quienes practican el uso de los cargos públicos para el enriquecimiento personal degrada la vida institucional e introduce un elemento de desconfianza en la democracia.

También es lamentable que la principal formación opositora se coloque en una posición de extrema debilidad al ser dirigida por un individuo desacreditado por su historial de corruptelas, ya que una democracia funcional requiere de instituciones competentes para representar el sentir de los ciudadanos que no comulgan con los grupos gobernantes. Con la elección de Romero Herrera, el PAN se excluye a sí mismo de esa función.