Un Quijote en Tenochtitlán
"Sheinbaum pone fin a ocho años de congelamiento
democrático en un momento en donde Sánchez ha decidido asumir el papel
de defensor de la paz ".
Pero ¿la mejor política exterior no era la política interior? Antes
de Trump esta afirmación tenía algo más de sentido. Hoy sería
irresponsable. Por eso, si Trump crea el Escudo de las Américas, se van a
reunir en Barcelona los que no estaban invitados al club de golf del
Presidente norteamericano.
Claudia Sheinbaum ha confirmado su presencia el 18 de abril en
Barcelona para la cumbre progresista "En Defensa de la Democracia". Compartirá
mesa con los líderes de la izquierda en ejercicio más relevantes del
hemisferio occidental sobre el que Trump se siente emperador: el español
Pedro Sánchez, el colombiano Gustavo Petro, el brasileño Lula da Silva, y Yamandú Orsi, el Presidente de Uruguay.
Al mismo tiempo que se anuncia que Sheinbaum va a tomar un avión, se
aprueba le Reforma Laboral en México y también una Ley por la que todos
los mexicanos tendrán acceso a la seguridad social. Es decir, que ni un
mexicano ni mexicana carecerá de atención sanitaria en el país. Y como
siempre que se hacen bien las cosas, arrecian los insultos desde la
derecha nacional -e internacional- a Claudia Sheinmbaum. Ladran, señal
de que cabalgamos, podría decir la Presidenta. Una frase que no está en
verdad en El Quijote, pero que podría perfectamente estar en
boca de Alonso Quijano despreciando a los despreciadores profesionales.
Porque cuando comienza la marcha, cuando se emprende el camino, cuando
se enfila el rumbo, los perros, ociosos, se levantan y ladran.
¿Por qué va Claudia Sheinbaum a Barcelona? Antes tenemos que hacernos
una pregunta previa: en una "mañanera" reciente le preguntaron a la
Presidenta: ¿quién le puede poner freno a Donald Trump cuando ni
siquiera respeta las leyes en su propio país? Contestó Sheinbaum: “Los
pueblos y la fortaleza de México. Por eso en México hay que mantenernos
unidos”.
Pero de inmediato viene otra pregunta: ¿basta con la unidad de los
mexicanos? Es evidente que no. Con Trump no es cierto que la mejor
política exterior es la política interior. Porque en la Estrategia de
Seguridad Nacional Trump, publicada hace cuatro meses, dice que el Golfo
de México es el Golfo de los Estados Unidos (EU), que puede cruzar el
Río Grande cuando le venga en gana o que puede tratar como a animales a
los migrantes mexicanos en los EU. Por eso, la Presidenta Sheimbaum ha
dado un enorme salto y la unidad de los mexicanos la ha trasladado al
conjunto de la región:
“Mantenernos juntos nos parece muy importante en la defensa de las
leyes internacionales, de los tratados internacionales, y sobre todo de
la Carta de Naciones Unidas y de la soberanía de los pueblos”.
Porque EU, como han recordado los chinos hace un par de días, en sus
240 años de historia, sólo ha logrado pasar 16 años sin guerra y ha
establecido 800 bases militares en más de 80 países de todo el mundo. EU
tiene muchos aliados. Ha creado el Escudo de las Américas y para que se
demuestre quién manda, reunió en el Trump National Doral Miami, el resort
con campo de golf de su propiedad, a Milei (Argentina), Bukele (El
Salvador), Noboa (Ecuador), Kast (Chile), Chaves (Costa Rica), Mulino
(Panamá), Paz (Bolivia), Peña (Paraguay), Abinader (República
Dominicana), Asfura (Honduras), entre otros.
Y tiene aliados dentro de los países que no fueron invitados. Esta
semana, la Senadora Lilly Téllez a ido a EU a decir que en el flanco sur
de EU hay un narcogobierno socialista que amenaza la paz de los
norteamericanos, que la culpa del fentanilo en las calles de EU es de
México y que el Gobierno de Morena da soporte al Cártel Jalisco Nueva
Generación (por supuesto, sin presentar pruebas). Más allá de que esta
señora estaría presa en España por llamar a una intervención armada en
el país y acusar sin pruebas de enormes delitos, el problema es que
demuestra que la derecha mexicana, como la colombiana, la brasileña, la
uruguaya o la española, están más cerca de Donald Trump y sus intereses
que de los gobiernos de sus países.
En Barcelona se ha convocado la Movilización Progresista
Global, donde México se reúne con Brasil, Colombia, España y Uruguay en
un bosquejo de alianza que suma a 450 millones de personas y un nada
despreciable PIB. El Presidente Pedro Sánchez, el anfitrión, ha venido
haciendo méritos con México después del desencuentro por la disculpa que
López Obrador pidió en 2019 por la Conquista, algo que
subió de tono cuando Pedro Sánchez publicó fragmentos de la carta y
posteriormente Obrador acusó en 2022 a empresas españolas de corrupción
(recordemos que Iberdrola contrató a Felipe Calderón como una señal de
prepotencia). Sheinbaum pone fin a ocho años de congelamiento
democrático en un momento en donde Sánchez ha decidido asumir el papel
de defensor de la paz y de enemigo de la guerra, no tanto por sus
propias convicciones, sino porque Trump y Netanyahu, acostumbrados a
tener a todo el mundo en Europa de rodillas, la más mínima desobediencia
se vive como un insulto personal. Pero la verdad es que da igual que
Pedro Sánchez haya sido siempre un hombre del bipartidismo, del banco
central europeo, de la OTAN y de la España arrogante. Como decía Goethe,
hay virtudes que, aunque se finjan, se realizan, como la cortesía, la
generosidad o el izquierdismo de Pedro Sánchez. Los líderes de la
izquierda latinoamericana llegan a España en un momento donde se acaban
de regularizar a más de medio millón de personas que pasan a ser
ciudadanos con derechos. Y muchos de ellos son latinoamericanos.
En Barcelona, todos los líderes se van a encontrar compartiendo
respuestas al comportamiento intolerable de Trump. No en vano, Sánchez
regresó esta semana de China, donde se ha reunido con Xi Jinping y ha
firmado un acuerdo de inversión de alta calidad con China. Al igual que
la Internacional del Odio y la Mentira de la extrema derecha reúne
constantemente a los directores y equipos de Milei, Abascal, Verastegui,
Salinas Pliego, Kast y demás ultras de la derecha, ya iba siendo hora
de que la izquierda se reuniera para compartir complicidades y unir
fuerzas.
La cumbre de Barcelona se llama Global Progressive Mobilisation
(GPM) y su agenda formal incluye la defensa de instituciones
democráticas, la regulación de las plataformas digitales (Musk ha
insultado a Sheinbaum, a Lula, a Petro y a Sánchez. Al Presidente de
Uruguay todavía no porque no tengo claro que sepa dónde está Uruguay),
el fortalecimiento del multilateralismo y la lucha contra la
desigualdad. Hay también una agenda informal urgente: cómo responder a
la guerra arancelaria y geopolítica de Trump, a la crisis energética, a
las migraciones, y el giro a la derecha en América Latina y Europa.
Para Sheinbaum, ir a Barcelona no es rebelarse contra Trump. Pero sí
que es un movimiento propio de quien quiere mejorar su posición antes de
sentarse a la mesa: esto es, construir opciones alternativas visibles.
Si México demuestra que puede activar relaciones con Europa, que España
puede ser puente hacia la UE, que hay un mercado alternativo creíble,
que negociar con China es una opción, que el trato a los migrantes une a
los países, etc., su posición en la renegociación del T-MEC es menos
encarnizada. El vínculo con España es clave como puente para impulsar el
acuerdo modernizado de México con la Unión Europea (UE), diversificando
mercados, y obteniendo cooperación tecnológica, educativa y ambiental,
así como en términos de seguridad.
Un México que sale fuera reduce el coste de oportunidad real de
romper con EU. Es un movimiento de señalización. Como el del Papa, el de
Canadá, el de Naciones Unidas, el de la Unión Europea, etc.
Además, el hecho de que el rey Felipe VI reconociera que en la
Conquista de América hubo "mucho abuso", le da a Sheinbaum la cobertura
política interna para ir sin parecer que abandona el principio que
defendió AMLO. Es evidente que si Sánchez pierde las próximas elecciones
y llega la derecha española al gobierno, la ventana de Barcelona
desaparece. Ir ahora es racional.
Sheinbaum sigue construyendo silenciosamente su propio perfil
diferente al de Obrador. Claramente continuista en lo esencial, pero con
voz propia, Contrario a la postura de López Obrador de casi no salir de
México, Sheinbaum ya acumula varios viajes en casi año y medio de
Gobierno: el G20 en Brasil, una reunión de la Celac en Honduras, la
Cumbre del G7 en Canadá, y el sorteo del Mundial 2026 en Washington
junto a Trump y Carney.
Lo que Sheinbaum está construyendo no es una política exterior
distinta de la de AMLO en términos ideológicos —sigue siendo
no-intervencionista, progresista, soberanista— sino en términos de
estilo operativo. La presencia física importa. Las redes de confianza
entre líderes se construyen en persona. AMLO gobernó con la agenda
internacional mínima viable. Sheinbaum está descubriendo que en el mundo
de 2026 eso es un lujo que México no puede permitirse.
No en vano, la revista Time ha incluido a Sheinbaum entre
las 100 personas más influyentes del mundo, destacando su capacidad de
"combinar populismo con pragmatismo". Es el Time y, obviamente,
siempre estará más cerca de Salinas Pliego que de Sheinbaum. El perfil
de estadista internacional también va a servir para la audiencia
interna, porque sigue incrementado su autoridad, su independencia de
AMLO y sus credenciales propias.
No deja de ser relevante señalar que, como Sheinbaum recordó, la
iniciativa fue idea original del expresidente chileno Boric, apuntando a
fortalecer la cooperación entre gobiernos que comparten una agenda
progresista. Boric, sin embargo, cometió errores de coherencia
ideológica que han llevado a que hoy, no sólo no sea Presidente, sino
que ha dejado en la Moneda a un pinochetista. Si los líderes
progresistas que quedan no se coordinan ahora, cuando queden tres o dos,
ya no habrá masa crítica suficiente para articular una posición común
en los organismos internacionales. Barcelona es menos una cumbre de
ideas que un ejercicio de conteo de fuerzas antes de que el mapa cambie
más. Por eso también va a estar en Barcelona Axel Kicillof, que es quien
más oportunidades tiene de sacar a Milei de la Casa Rosada.
A Trump le va a gustar, al tiempo que le va a enfadar, la reunión de
Barcelona. Demuestra que hay un México independiente y con criterio con
el que puede negociar. Un socio sin opciones es un socio que pide ayuda,
no uno que firma acuerdos de igual a igual. El T-MEC le conviene a
Trump y negociar le gusta.
El arte de la cumbre para Sheinbaum es estar presente sin quedar
atrapada en marcos ajenos. Trump está interviniendo en las elecciones en
Colombia a través de Ecuador y ha querido intervenir en las elecciones
en Hungría, dentro de la Unión Europea, apoyando a Viktor Orbán. Trump
ha insultado a Sánchez y a Petro. Algo dirán del presidente del pelo
naranja.
Sheinbaum va a Barcelona porque sabe algo que AMLO nunca terminó de
asumir: la mejor política interior necesita política exterior. No porque
México dependa del mundo, sino porque el mundo está reorganizándose
—aranceles, guerra comercial, derecha en ascenso, debilitamiento del
multilateralismo— y un país que no tiene presencia en esas
conversaciones cuando se toman las decisiones tampoco puede defenderse
cuando las decisiones lo afectan. Sin olvidar que expresidentes como
Felipe Calderón, radicado en Madrid está constantemente conspirando con
la Presidenta madrileña Díaz Ayuso contra Claudia Sheinbaum. Para parar
los ataques internacionales hace falta una agenda internacional.
Al final, Sheimbaum va en la dirección correcta porque se mueve en la
paradoja de este siglo XXI, donde casi todo, como la luz, va a ser al
tiempo onda y partícula: independencia respecto de Washington sin
ruptura con Washington, independencia respecto de AMLO sin negación de
AMLO, presencia en un foro progresista en un momento cargado de
oportunidad y oportunismo sin quedar prisionera ni de sus socios más
confrontados con Trump ni tampoco de los más neoliberales.
Para la vieja Europa, la visita de Sheibaum es una enorme bocanada de aire fresco.