6/15/2016

Ni los veo ni los oigo… pero qué bien les atino



Tatiana Coll
La Jornada 
Recuerdo una excelente caricatura de Naranjo donde aparecía Salinas de Gortari con un hacha en la mano y todo su alrededor salpicado de sangre, bajo el título de “Ni los veo, ni los oigo… pero qué bien les atino”, que reflejaría de ahí en adelante el sentir popular. Creo que esta magnífica frase y las implicaciones que tiene se pueden aplicar perfectamente al gobierno de Peña Nieto. Salinas no veía ninguna de las movilizaciones, acciones y plantones de múltiples movimientos sociales; no escuchaba sus demandas y, sin embargo, atinaba perfectamente a reprimir con toda saña a todos y cada uno. A Peña le sucede lo mismo.
Salinas y Peña creyeron que el hecho de haber eliminado al vitalicio y gangsteril líder Jonguitud Barrios, el primero, y a su sucesora, no menos mafiosa y corrupta, Elba Esther Gordillo, el segundo, les otorgaría para los seis años de gobierno un incuestionable certificado de demócratas. Tanto uno como el otro se aseguraron de sostener a un nuevo líder escogido cuidadosamente entre las filas inmediatas del desplazado, que pudiera mantener el control y sumisión del gremio. Tanto uno como el otro soltaron una aparatosa campaña propagandística que les garantizara la imagen.
En el gobierno de Salinas se realizaron las primeras modificaciones de fondo contra el viejo modelo, para introducir lo que se perfiló como la educación neoliberal. Se reformó el artículo tercero constitucional, se impuso la descentralización y se establecieron los sistemas de evaluación sobre los estudiantes, para controlar las matrículas, sobre los profesores de todos los niveles para controlar sus actividades y los salarios otorgando contados estímulos, sobre los programas educativos para sólo financiar plenamente algunos. Procesos que, como bien sabemos, profundizaron la desigualdad educativa a niveles agudos, introdujeron todas las lacras de la mercantilización y privatización en la educación. Ayer como hoy se propagaron por todos los medios una sarta de falacias sobre las verdaderas implicaciones que las reformas tendrían.
El gobierno de Peña culminó esta sucesión de reformas, a las cuales tanto Zedillo como Fox y Calderón fueron añadiendo elementos, con la medida más dura y desmanteladora del sistema educativo nacional. Igual que sus predecesores contó con el apoyo incondicional de los empresarios y sus medios de comunicación, con el SNTE y con los partidos dominantes. La contrarreforma peñista, como la denominan muchos investigadores, se enfocó directamente contra todos los maestros: eliminó los derechos laborales del magisterio; introdujo un sistema de permanente control mediante evaluaciones estandarizadas sobre el ingreso, permanencia y promoción, con la consecuente deformación de las prácticas docentes; se propone terminar con los perfiles docentes forjados en las normales y la profesionalización magisterial, etcétera.
Veintiocho años de imposiciones, realizadas todas con represión y más represión, sin mediar diálogo alguno, a no ser con los incondicionales. Veintiocho años y el señor Peña no sabe realmente por qué los maestros protestan, si todo ha sido en su beneficio y en beneficio de la educación. Los merolicos de la televisión tampoco saben cómo es posible que los maestros democráticos lleven 30 años protestando. Vociferan en los canales televisivos ¿cómo es posible que se haya tolerado durante 30 años a estos vándalos? Piden cabezas en nombre de sus patrones. Montan provocaciones y arman juicios de todo tipo.
Efectivamente, los maestros democráticos organizados llevan mucho más que 30 años luchando, si contamos desde las movilizaciones encabezadas por Othón Salazar, y mucho antes, desde la agitada fundación del SNTE y el efímero paso de Luis Chávez Orozco al frente. Nunca todos los maestros han aceptado convertirse en incautos reproductores del sistema de dominación, en meros ejecutores u operadores de las instrucciones emitidas desde la SEP bajo forma de planes de estudio. Siempre han sostenido una doble lucha: por la democratización de su gremio, junto con sus reivindicaciones laborales, y por sostener una educación pública, gratuita, equitativa, crítica, digna, comunitaria, humanista y científica.
Pero Peña, como su devoto funcionario en la SEP, no los ve ni los oye. Las densas filas de policías y soldados que los rodean siempre y en todos lados, seguramente les impide verlos y oírlos. Así como sus prejuicios ampliamente compartidos con las cúpulas del dinero, les impiden ver las condiciones reales en que los maestros, y muy particularmente en los conflictivos estados del sureste, trabajan los docentes día a día. Las miles y miles de escuelitas multigrado e incompletas, precarias y abandonadas; los cientos de miles de maestros contratados por horas que atienden a seis y siete grupos con 600 alumnos y reciben salarios de miseria; las telesecundarias, sin luz y con un solo maestro al frente. Nada de esto ven ni oyen el Presidente, el se­cretario, los funcionarios, el INEE, el Servicio Profesional Docente… pero bien que les atinan.

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