"Sin el artificio del ventilador mecánico que es hoy día la Casa Blanca, los ultras latinoamericanos quedarían a merced de oposiciones combativas".

El presente de América Latina toma forma de páramo. Que Lula parta con desventaja en la segunda vuelta en Brasil es epílogo de una primera oleada de ultras. Antes, uno tras otro cayeron los gobiernos progresistas de la región: Bolivia, Chile, Honduras, Perú y Colombia. Como caso extremo, Venezuela está convertido en protectorado de Estados Unidos y entrega al postor mejor conectado los ricos campos petroleros antes reservados mediante las sanciones de Washington. Sólo dos excepciones, México y Uruguay, proveen estabilidad y progreso en un clima de agresiones y doctrinas de dominación continental. En las horas más oscuras, cabe recordar que el péndulo castiga, aunque también premia a quien siembra resistencia.
A pesar del cúmulo de decepciones electorales, existen motivos para ver el vaso medio lleno. Como hilo conductor de viraje potencial, Trump podría perder aura ganadora y control legislativo en noviembre. Sin el artificio del ventilador mecánico que es hoy día la Casa Blanca, los ultras latinoamericanos quedarían a merced de oposiciones combativas. Estas tienen a su favor el derroche de errores y corruptelas del rival. Sólo hace falta abrir la persiana que da al patio de los vecinos sudamericanos para comprobar que las derechas latinoamericanas decepcionan ahí donde gobiernan.
En Chile, Kast heredó una economía expansiva que poco tardó en descomponer. Los indicadores hablan solos. De estar en 8.6 por ciento hace un año, la tasa de desempleo escaló un punto a 9.6 por ciento, nivel no visto desde la pandemia. La actividad económica acumula varias caídas en lo que va del año, cuando crecía alrededor de dos por ciento antes de la alternancia presidencial. La inflación repunta por los gasolinazos y la depreciación del peso chileno. Como resultado de estos y otros tropiezos, una encuesta sitúa la aprobación de Kast en apenas 27 por ciento que deja al ultra a merced de líderes como Bachelet, Jara y Vallejo. El mismo Boric envejece mejor a un lado del sucesor. Kast no sólo nunca tuvo luna de miel, sino que rápido inició los trámites de divorcio con electores hoy arrepentidos.
En Argentina, Milei cierra el tercer año con cuentas decepcionantes hasta para el más ultra de sus simpatizantes. A pesar del hundimiento del gasto y la inversión, la inflación continúa por encima del 30 por ciento anual, lejos del cacareado “un dígito” y muy por encima del acumulado de los últimos tres presidentes en el mismo tramo de mandato. Lejos de amainar, el desempleo repunta. El PIB hila tres trimestres creciendo apenas al dos por ciento anual y entre abril y junio cayó 0.6 por ciento a tasa trimestral. Al sumar las galopantes tasas de morosidad de los hogares, el cielo sigue cerrado sin visos del azul celeste prometido. Inmerso con Kast en una feroz carrera al sótano, la aprobación de Milei registra tasas de 30 bajos. Nombres como el del Gobernador Kicillof (PBA) toman fuerza a un año de la elección presidencial.
En Ecuador, Noboa falla en el eje temático que lo encumbró. Como casi todos sus pares en la región, el hoy Presidente prometió orden y seguridad. Lejos ha estado del objetivo. El 2025 fue el año más violento con un récord de nueve mil 216 homicidios dolosos. La tasa de muertes violentas saltó 32 por ciento a 51 por cada 100 mil habitantes. En comparación, en México la misma tasa cayó a 21 por 100 mil habitantes, con tendencia bajista. Aunque la aprobación presidencial supera la de los ultras del sur, Noboa no convence ni a la mitad de los encuestados. La decepción popular, aunque más contenida que en Chile y Argentina, crece con el paso de los meses.
Otros gobiernos han tenido menos tiempo para cosechar resultados, aunque acumulan tempranos traspiés. En Bolivia, Paz provocó una crisis de gobernabilidad con la destitución del Fiscal general, y ya pesan la sombra de Trump y las corruptelas palaciegas. En Colombia, De la Espriella despertó feroces críticas tras un terremoto mal atendido y enfrenta debilitado un repunte de inflación. En Perú, Fujimori padece un acelerado desgate político por inestabilidad de ministros y el rebrote de la inseguridad. En El Salvador, la mano dura contra las pandillas sostiene la alta aprobación de Bukele, aunque los retrocesos en materia de democracia y derechos humanos van acumulándose.
Como en otras regiones del mundo, las promesas incumplidas del neoliberalismo abrieron puertas y ventanas en América Latina. A través de ellas entraron los ultras. El clan Bolsonaro abreva del sentimiento de era y de los favores de la Casa Blanca que encumbraron a sus pares. Otros bravucones menores en países como México intentan copiar marcos discursivos y tácticas electorales. Su ventana de oportunidad se cierra. Un giro regional de sentimiento podría ponchar las expectativas infladas en Washington.
Las nuevas promesas incumplidas de las derechas radicales del continente son un potente activo de campaña para las oposiciones, hoy lideradas por las izquierdas ante el colapso del centro, que carga con sus propios errores. La política se juega en ciclos, y en este tocó perder al progresismo. Lejos de sucumbir al pánico o la depresión, el tiempo de revanchas está próximo. El ocaso de Trump podría ser el revulsivo esperado. El cambio en la marea ahogará a los incumplidos.
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