10/25/2026

Para leer a AMLO

 Fabrizio Mejía Madrid

"Lo que hace AMLO en sus dos libros es defender a persona en las distintas necesidades y autocreaciones morales que le impone el modelo económico".

Para leer a AMLO. Por Fabrizio Mejía Madrid

Cuando un movimiento llega al poder necesita construir su hegemonía. Esa palabra “hegemonía” quiere decir usar el consentimiento, el sentido común, y una forma de ver al mundo. Hegemonía es que la clase social que ha llegado al poder, en vez de sólo usar la coerción unilateralmente, tiene que elaborar una idea de Estado que le permita consolidar un régimen nuevo. Antonio Gramsci escribió dos mil páginas sobre ello desde la cárcel a la que fue arrojado por los fascistas italianos en los años treinta del siglo XX. Su mejor lector fue Peter D. Thomas que murió apenas esta semana. Esta columna se basará en su interpretación de Gramsci para responder a una pregunta: ¿para qué Andrés Manuel López Obrador escribió Grandeza y Pueblo?

Para entendernos. El movimiento es el obradorismo. La hegemonía es lo que llamamos 4T y su horizonte es el humanismo mexicano. La clase social que llegó al poder con Andrés Manuel y de la que él es su máxima creación como dirigente, son todos los que quedaron fuera del modelo neoliberal mexicano. Están, por supuesto, los trabajadores que fueron super explotados manteniendo los salarios en el mínimo de supervivencia. Están los ejidatarios del campo que se vieron en la necesidad de emigrar o sembrar drogas. Están, también, las clases medias sin opciones para estudiar ni tener una vivienda. Están, además, los empresarios y comerciantes que vieron pasar los beneficios del neoliberalismo porque no podían competir contra los monopolios ni contra las complicidades corruptas entre funcionarios y magnates repentinos. Son los que el neoliberalismo consideró desechables. Jóvenes, pobres, adultos mayores, y geográficamente, el sur y sureste de la República mexicana. Los profesores de marxismo criticarán esta caracterización porque las clases sociales ---me repetirán--- son el resultado de las relaciones de producción. Pero, desde una óptica política, esa mayoría desechada por el neoliberalismo es la que irrumpe en la elección de 2018 a favor de López Obrador. Y la llamo clases politizadas. Están contra el neoliberalismo y su corrupción. Hasta ahí. La 4T no se propuso ni una revolución socialista ni es socialdemócrata porque sus principales banderas son el rescate de los de abajo, no la corrección política o el feminismo islamofóbico.

Para ellas gobierna la 4T. Sus opositores son los empresarios que se beneficiaron del neoliberalismo con ventas de empresas del Estado a precios ridículos, rescates financieros hasta ahora impagables, y exenciones de impuestos, de luz, agua, y seguro social. Los medios de comunicación se convirtieron en parte de estos nuevos corporativos abusivos y corruptos. Los intelectuales tradicionales se hicieron al amparo de Carlos Salinas de Gortari como una casta de vanidades que se dijo independiente de la política mientras apoyaba el proyecto de saqueo nacional y los fraudes electorales. Las universidades tradicionales se orientaron hacia la ideología neoliberal. Los monstruos globales de la energía, la minería, y las finanzas no ven la hora que se desechen las reformas constitucionales que contuvieron el desarrollo neoliberal. Esos son los adversarios de la 4T como régimen.

Así, que se necesita la consolidación de la hegemonía. Esta es una doble práctica: generar entre todos los sectores aliados el consentimiento de que el proyecto es el deseable para todos, y mantener a raya a los opositores. A las clases aliadas que llegaron al poder ---nos dice Gramsci--- se les dirige, y a las que se oponen se les domina. La autorización para dirigirlos, el sentido común, la forma de ver el mundo se comparte dentro de la alianza política con otras clases para conformar un bloque histórico. La coerción sólo es para los adversarios políticos. A ellos no se les convence, se les obliga. Las clases aliadas consienten a esa coerción habida cuenta de que comparten todos la idea de que el dominio se mantenga estable en el tiempo. Es decir, que la clase que alcanzó el poder lleve a cabo su proyecto de transformación. En una frase: que el cambio de política se convierta en una cambio definitivo de régimen, sin vuelta atrás. A esta dirección/dominación se le acompaña de una táctica política de posiciones, es decir, de mantener el terreno a partir de fortificarse y desgastar al adversario. Antes de que el movimiento llegara al poder, se emprendieron las tácticas de maniobras con ataques certeros y casi de sorpresa, aprovechando cada oportunidad para derrotar al PRIAN. Ahora lo que se impone es fortificarse o, como lo ha dicho Andrés Manuel, anclarse en los principios.

El terreno natural para desplegar la hegemonía es el de la sociedad civil. Pero no es la de Claudio X. González y Lorenzo Córdoba. Los de la Marea Rosa se reivindican como individuos aislados, apartidistas, fragmentos de un revoltijo de intereses particulares sin mediación posible. Esa no es la sociedad civil de Gramsci y sobre la que escribió Carlos Monsiváis en Entrada Libre y No sin nosotros. La sociedad civil, escribe Gramsci, es “el contenido ético del Estado”. El poder del movimiento es justo que convierte en una ética pública ---no mentir, no robar, no traicionar al pueblo--- en una obligación del Estado.

Es una sociedad civil que no es ese engendro que se dice “apartidista” y sin mayor visión que sus propias necesidades particulares, pequeñitas, de su cuadra, su empresa, su salón VIP, sus arreglos de contratos, premios y puestos. No, la sociedad civil es el contenido ético del Estado que debe cumplir con esas obligaciones para generar una base social cuyo horizonte es la Nación y su continuidad en el tiempo. Eso es la hegemonía: ser capaces de ofrecer una dirección para la sociedad en su conjunto gobernada desde una clase social que ha conquistado el poder político. Esto le proporciona al Estado una base permanente que es, a final de cuentas, lo que le permitirá la continuidad en el futuro.

Andrés Manuel dejó el Gobierno de la República con un consenso probado por la continuidad con Claudia Sheinbaum, que obtuvo en 2024, seis millones más que los 30 millones de 2018. Los niveles de aprobación son muy altos y eso indica que el consentimiento en la opinión pública está consolidándose con los temas de la agenda. Aquí no debemos confundir los medios de comunicación, que son los señores y señoras de la radio, tv, periódicos y plataformas, con la opinión pública, que es el juicio mayoritario. Sin embargo, López Obrador fue muy insistente en desautorizar a las cabezas de la casta de vanidades que se llamó “intelectual” durante el neoliberalismo. Lo hizo para deshacer una autoridad que resultó muy endeble, no sólo moralmente, sino sobre todo en el contenido supuestamente culto y sabio que ostentaban. Pero, realmente, el aparato de la hegemonía neoliberal no dependió de sus dos revistas, Nexos y Letras Libres, que no se vendían sino que se almacenaban ni de sus editoriales.

 Si acaso, tuvo un poco de relevancia aquella serie de televisión de Clío que contó una historia de México en la que Porfirio Díaz era un modernizador y no un lacayo del capital extranjero, y Díaz Ordaz había ordenado asesinar a los estudiantes porque se sentía físicamente muy alejado del ideal de belleza clásica. En el aparato hegemónico del neoliberalismo lo que realmente contó fue la enorme difusión de los manuales de superación personal donde todo destino era responsabilidad individual y, al final, el pobre era pobre porque quería. Ese fue el manifiesto neoliberal de la pedagogía masiva que humilló a millones.

Pero, en el caso de la hegemonía, hay todavía mucho terreno por recorrer. Lo que tenemos enfrente es cambiar el contenido de la felicidad personal, de la acumulación de dinero, bienes, grados académicos, reconocimientos, hacia la convivencia con los demás. López Obrador ha dejado con sus libros un boceto de una visión del mundo llamada “humanismo mexicano”. En su libro, Grandeza, va hacia nuestro pasado indígena y comunitario para construir un modelo de felicidad futura: solidaria, sin interés por el lucro o los privilegios, honesta, libertaria, recíproca en la ayuda mutua, y conectada con la naturaleza. En su libro Pueblo la articulación es con una historia política de la Independencia, la Guerra de Reforma, la victoria sobre las invasión de Francia, la Revolución, el cardenismo, y la Cuarta Transformación. Es la historia de un pueblo que resiste sabiendo que sus luchas, dolores, y derrotas son para las generaciones futuras. Con estos dos textos, lo que AMLO busca es generar una hegemonía para la conducción política de la base social del Estado que es el obradorismo, los funcionarios y representantes populares, y para los que son aliados en tránsito de conformarse en bloque histórico.

Resulta crucial pensar en que este humanismo mexicano no es una romantización de una supuesta esencia humana que, en realidad, enmascara el hecho de que las relaciones sociales en el capitalismo y, en especial, en el neoliberalismo, son anti-humanistas. Se trata de una práctica política y de una ética del Estado. No es ni un punto de partida ni un punto de llegada. Es una práctica. El humanismo práctico al que, en algún momento, se refirió el filósofo marxista Louis Althusser, no está concebido desde el sujeto individual que es autoconsciente, introspectivo, que tiene intenciones y autoría, sino desde la persona. La persona no es una intimidad como el sujeto, sino una máscara en los juegos de funciones que le impone la sociedad en la que vive. La persona es producto de las necesidades a las que nos somete el sistema económico traspasadas por nuestra historia común, nuestra épica colectiva, y un campo de la acción política que genera una identidad, no individual, sino colectiva. Escribe Gramsci: “(La persona) no es un presupuesto ontológico ---es decir, de cuál es su esencia---, sino que es resultado de una autocreación moral, implícita en la realidad ética de una convivencia activa. La persona es un sujeto perecedero, y como tal, puede ser destruido, salvado o defendido”. La persona no se autoconstruye, no se jala a sí mismo de las botas, sino que es el resultado de los demás. Ayudar al otro en desgracia es sentir con él y, también, ayudarte a ti mismo a ser un poco mejor.

Y así, lo que hace AMLO en sus dos libros es defender un tipo de persona en las distintas necesidades y autocreaciones morales que le impone el modelo económico, el trajín de los acontecimientos políticos, las rupturas, los retrocesos y hasta la suerte. La historia nacional escrita por López Obrador es la épica de una Nación que ha resistido casi todo: invasiones extranjeras, golpes de Estado, dictaduras, y guerras de desgaste. Ha resistido el neoliberalismo y ha sido capaz de irlo conteniendo de manera pacífica. Si no, vean las tácticas de Claudia Sheinbaum delante de la ofensiva gringa de la nueva Doctrina Monroe, el Escudo de las Américas, los grupos de narcos ahora juzgados de terroristas, la injerencia descarada para distorsionar el debate público y con ello, el resultado de las elecciones latinoamericanas.

Por eso es un humanismo “mexicano”, porque no se trata de una esencia de lo humano, sino de sus encuentros, sus entrecruzamientos, con la historia de una comunidad nacional. El humanismo mexicano es la propuesta de Andrés Manuel para la formación de ese espíritu público que le dé continuidad a la hegemonía de la 4T.

Para ello la clase en el poder necesita conducir dos tipos de transformaciones. Una, la de una nueva función intelectual desde abajo que Gramsci llamó el “filósofo democrático”. Y otra, lo que llamó “aparato hegemónico”. La primera es reconocer que no existe una clase intelectual, sino que hay intelectuales en todas las clases. Gramsci los define como los organizadores sociales de la ética del Estado. Escribe el filósofo italiano: “los intelectuales no deberían caracterizarse en concreto por su trabajo intelectual, sino por la posición de este trabajo intelectual en determinadas relaciones sociales, incluyendo las políticas”. Así, realmente no importa desde el punto de vista de la hegemonía si un historiador, un politólogo o un novelista escriben de tal o cual tema o siquiera si son buenos y nos gustan, sino en dónde están situados en las luchas de bloques históricos. 

Para sorpresa de muchos, resultó que casi todos los de la casta de las vanidades intelectuales están en la derecha y, últimamente, bajo las órdenes de un autodeclarado “ultraderechista”, estafador y farsante, como Ricardo Salinas Pliego. Mientras se postulan como independientes, estos escritores sirven claramente a un bloque que se benefició de la corrupción y el remate de los bienesnacionales. La motivación de la casta intelectual para firmar desplegados junto a corruptos y payasos o para dar conferencias en la Universidad de TvAzteca es el terror a perder su carácter de casta, a no ser respetados simplemente porque hablan o escriben desde su altura sublime sino a verse obligados a escuchar a los intelectuales de abajo y a sentir con ello para aprender de ellos. El terror y menosprecio por la sabiduría popular y los seres humanos simples los arrojó a las butacas de TvAzteca. Qué lástima.

Ese fue justo uno de los puntos en que el proyecto de Nación se topó con pared, como en la salud: había que formar una nueva base social. En este caso de los pensadores que intervengan en la realidad y ayuden, al escuchar la voz de lo popular, a crear un clima cultural para el nuevo régimen. Gramsci, cuyo partido comunista italiano estaba en un relativa orfandad en los años treintas del siglo pasado, pensó en una nueva forma de función intelectual al que llamó “filósofo democrático”. Para visualizarlo, tomó una vieja metáfora que había sido utilizada por Marx en sus escritos de joven: el arpa del viento. 

Este fue un instrumento musical que consistía en una caja de resonancia y cuerdas de distintos grosores que tocaban música cada vez que el viento soplaba. Gramsci equipara las corrientes del viento con las contradicciones del sentido común popular y al filósofo democrático como la caja de resonancia que las reorganiza y las hace armoniosas. El filósofo democrático debe ser “un persuasor permanente”, escribe Gramsci, “que diga la verdad como una necesidad política”. Y agrega: “El moderno príncipe, el mito-príncipe, no puede ser una persona real, un individuo concreto; sólo puede ser un organismo, un elemento social en el que ya se comience a concretar una voluntad colectiva que se reconoce y afirma parcialmente en la acción. Este organismo ya está dado por el desarrollo histórico, y es el partido político, la forma moderna en que se resumen las voluntades colectivas parciales que tienden a devenir universales y totales”. En todo caso hay que organizar a un masivo contingente de personas que escuchen las contradicciones del sentido común popular para armonizarlas. No es tarea de unos cuantos elegidos.

La otra transformación necesaria es el llamado “aparato hegemónico”. Cuando las revoluciones liberales llevaron al poder a la burguesía ésta usó las escuelas, los periódicos, los pasquines ---cuyo equivalente actual son las redes sociales--- y los intelectuales orgánicos para su hegemonía. Los neoliberales usaron las universidades, los manuales de superación personal, y las competencias de los reality shows para  difundir y normalizar su visión del mundo codiciosa, egoísta, utilitaria y, al final, hueca. ¿Qué debemos usar en la 4T? Durante la pre- evolución usamos los medios a nuestra alcance: volantes, videos de mano en mano, el periódico del movimiento, Regeneración. Pero ahora en el poder, a quienes proponen series de streaming o memes. Sin duda ayudarán pero sospecho que quizás haya que construir un aparato hegemónico propio desde sus cimientos.

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