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9/11/2011

36 Festival de Toronto : Dos formas de histeria femenina

Leonardo García Tsao
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Los actores Keira Knightley y Viggo Mortensen, en la presentación de Un método peligrosoFoto Reuters


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oronto, 10 de septiembre. Aunque muy eficientes, los organizadores de Toronto no son infalibles. Hasta ahora las funciones de prensa e industria han sido programadas con más sadismo que acierto, pues las películas de mayor interés tienen horarios simultáneos o empalmados. Asimismo, uno de los títulos de mayor expectativa –la más reciente película de David Cronenberg, quizás el mayor talento que ha dado el cine canadiense– fue programada con una sola función de prensa, ocasionando tumultos y largas colas.

A Dangerous Method (Un método peligroso) había venido precedida de comentarios positivos a su estreno en el festival de Venecia. En un tono totalmente diferente a su previa filmografía, Cronenberg ha adaptado la obra teatral The Talking Cure de Christopher Hampton (quien también escribió el guión), que básicamente describe el proceso de ruptura en la relación profesional entre Sigmund Freud (Viggo Mortensen) y Carl Jung (Michael Fassbender), a partir del tratamiento de una paciente afligida por histeria sexual, Sabina Spielrein (Keira Knightley, luciendo sus limitaciones histriónicas).

No obstante los intentos de airear el asunto –hay varias tomas recreadas de Viena y Zurich a principios del siglo pasado–, el meollo se reduce a las comunicaciones verbales o epistolares –y cada vez en mayor desacuerdo– entre ambos pioneros del sicoanálisis. Cronenberg lo filma de manera fría y convencional, como si tratara de una modesta producción Ivory & Merchant. No hay filo ni en la conflictiva relación amorosa que se desarrolla, contra sus principios, entre Jung y la paciente.

Siendo la represión sexual uno de los motores temáticos de la obra del autor, resulta decepcionante que al abordarla directamente haya reprimido sus propios impulsos como cineasta. Nada que ver con el Cronenberg subversivo, aquél que filmaba películas de horror en las cuales el repugnante monstruo era nuestro propio organismo en revuelta.

Otra forma de histeria femenina está en plena evidencia en Sarah Palin–You Betcha!, documental de Nick Broomfield y Joan Churchill sobre la controvertida candidata a la vicepresidencia en las pasadas elecciones en Estados Unidos. Ya acostumbrado a filmar a mujeres temibles –la asesina en serie Aileen Wuornos, la rockera Courtney Love– Broomfield hace ahora un retrato obviamente devastador de su personaje titular. Un poco como sucedía en Roger & Me, de Michael Moore, la estructura de la película obedece a los fallidos intentos por entrevistar a Palin. Mientras tanto, el director entrevista a los pocos habitantes de Wasilla, Alaska –ex colaboradores, ex amigos– que se atreven a hablar mal de ella.

El documental no revela nada nuevo; es un compendio de lo que los medios han mostrado en los últimos cuatro años: la ignorancia, deslealtad, beligerancia, deshonestidad e incluso la sociopatía de una figura que inventó la derecha cristiana para ganar adeptos. O sea, Broomfield le está predicando al coro. El espectador potencial de Sarah Palin–You Betcha! ya está convencido que la señora es un peligro.

El cineasta se había caracterizado por su estilo guerrillero de filmación. Sin embargo, en este caso se ve algo influido por Moore, por lo que hay videos socarrones y hasta la payasada de intentar una entrevista en un acto público utilizando un megáfono. No es un registro que le funcione.

lgtsao@hotmail.com

Twitter: @walyder

9/10/2011

36 Festival de Toronto

Nostalgia para los viejitos

Leonardo García Tsao
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En la imagen, una escena del documental The Love We Make, sobre el concierto de beneficencia que organizó Paul McCartney en favor de los bomberos y policías de Nueva York, un mes después del 9/11, el cual se presentó ayer en el Festival Internacional de Cine de TorontoFoto Ap

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oronto, 9 de septiembre. El primer día del festival no ha empezado a todo vapor como ocurría en años anteriores, al menos en lo que a funciones de prensa e industria se refiere. Quizás la costumbre de echar varios títulos fuertes el primer jueves resultaba contraproducente dado que el grueso de los acreditados acostumbra llegar a partir del fin de semana.

No obstante, la muy azarosa programación de dichas funciones permitió ver The Love We Make (El amor que hacemos), documental de Albert Maysles y Bradley Kaplan, sobre cómo Paul McCartney, con un poco de ayuda de sus amigos, se dispuso a organizar un concierto de beneficencia en favor de los bomberos y la policía de Nueva York, un mes después de los ataques terroristas del llamado 9/11.

Maysles fue el primer documentalista que filmó a los Beatles en su primera visita a Nueva York, en 1964, y parecía la persona ad hoc para seguir ahora a McCartney con un equipo similar –una cámara de 16 mm., película en blanco y negro– mientras prepara el concierto, asiste a varias entrevistas de promoción y ensaya con la banda que había tocado en su anterior disco. Dado que el propio músico funge como productor ejecutivo del documental, no hay elemento alguno que pudiera sugerir una perspectiva crítica. El McCartney que se quiere publicitar es un hombre afable, paciente hasta con sus fans más rogones, muy cómodo con su fama y dueño de una energía formidable. Al margen del trabajo de RP, lo que se comprueba es su reputación de ser el Beatle más chambeador. Hasta donde muestra The Love We Make, McCartney no parece tener un botón de apagado. Siempre está interpretando a Paul McCartney.

Tal vez lo más interesante del documental sea verlo interactuar con la gente más disímbola. Hay una improvisada junta de trabajo en la que conversa con Pete Townshend y Harvey Weinstein, uno de los organizadores del acto, mientras compone una canción, Freedom, para el mismo. Mientras tras bambalinas se aprecia cómo toda celebridad, por célebre que sea, agradece ser irradiado por una figura mítica que finge no estar conciente de serlo. Por ahí circulan Bill Clinton, Billy Joel, Jim Carrey, Harrison Ford y James Taylor, entre otros. También hay extractos del concierto mismo pero son breves. No es esta una película de concierto.

El realizador que ha manifestado otra forma más extrema de nostalgia es el iraní Amir Naderi, quien ha hecho Cut (Corte) totalmente en Japón para contar el sacrificio de Shuji (Hidetoshi Nishijima), cineasta incipiente, militante del cine clásico, que organiza un cineclub en la azotea de su edificio, visita las tumbas de los tres grandes –Kurosawa, Mizoguchi y Ozu– y proclama con un megáfono que el cine debe volver a ser una mezcla de arte y entretenimiento, y no ser una mierda como la que se vende en los múltiplex. Por deudas de un hermano asesinado, el hombre se ve obligado a pagar una fortuna a un yakuza. Y en un martirologio para su causa, decide alquilarse como un punching bag humano.

Esa especie de manda a punta de madrazos le servirá a Shuji para rendirse de lleno a su cinefilia. Naderi es tan apasionado como su protagonista en apostar por una revisión y revaloración de lo clásico por lo que son constantes las escenas de títulos reverenciados por el director: Kwaidan, de Kobayasji; Más corazón que odio, de Ford, Mouchette, de Bresson; Sherlock Jr., de Keaton; La strada, de Fellini, y, claro, El ciudadano Kane, de Welles. Uno participa del entusiasmo –y la edad, tal vez– del cineasta con el pensamiento casi instintivo que dice: Ahhh, eso sí era cine.

lgtsao@hotmail.com

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