11/02/2014

La fractura nacional



Enrique Calderón Alzati

Observando el miércoles por la noche la videoconferencia transmitida por La Jornada, con los padres y familiares de los normalistas de Ayotzinapa, luego de su reunión con el Presidente, apareció ante mí la imagen de la gran fractura nacional que sufre hoy nuestro país, la República Mexicana, surgida a la luz pública como resultado de la tragedia causada por supuestos elementos identificados como servidores públicos.

Es la visión que toma fuerza ante la actitud de los padres y acompañantes, que de manera natural representan a la sociedad mexicana, que ha retirado su confianza a todas las instancias de gobierno, representadas por un solo ícono en la figura del Presidente de la República, visiblemente incapaz ya de poder garantizar la seguridad y la vigencia de la ley, pero que es también, él mismo, símbolo e imagen de la clase política mexicana, caracterizada por su desdén y desprecio al pueblo y a la sociedad que gobierna y representa, la cual puede ser tratada unas veces como daños colaterales, otras, como grupos delictivos potenciales, y a veces como mercancía comprable que puede ser envilecida con monederos electrónicos, como posible recurso para ganar elecciones que sabe perdidas, luego de sus respuestas insolentes a la prole juvenil que le rechaza.

Se trata, así, de una fractura entre el pueblo y el sistema, es decir, los grupos de interés que desdeñando los derechos de las mayorías han usado todos los recursos a su alcance para apoderarse del control de la República, pretendiendo que la sociedad olvide las fracturas anteriores que se dieron cuando sus antecesores le ofrecieron el trono de México a un príncipe europeo; o de aquella surgida a la luz en 1910, desde la oscuridad de la prisión de San Luis Potosí, como tajante rechazo a la descomposición del gobierno, fracturas que como la de ahora, se fueron gestando en el tiempo, a partir de engaños, de abusos de poder y de violencia contra el pueblo cansado de ser explotado y lanzado a la miseria.

Es la fractura de dos visiones de futuro: una, la del pueblo que busca zafarse del yugo de sus explotadores, para buscar mejores horizontes; que cree en la solidaridad, en el bienestar común y en la justicia aplicada con igualdad, y que además tiene miedo de la violencia de los poderosos, pero que finalmente cansado de promesas y engaños llega a comprender la magnitud de su fuerza y del valor de sus razones y se decide a hacer uso de ellas, como sucedió en la reunión de Los Pinos.

La otra es la visión milenaria y arrogante de los que sintiéndose poderosos se niegan a atender reclamos que no provengan del extranjero, pero que en su escasa preparación y conocimientos de la historia y de las hazañas del hombre se sienten también inferiores y pertenecientes a una etnia dominada e ignorante, incapaz de manejar su propio destino, y que por ello requieren que vengan otros seres de culturas superiores a enseñarnos y a dirigirnos en la conducción del destino nacional, sin reparar en la importancia de nuestra soberanía, llegando así a la contradicción de sentirse amos de México y a la vez lacayos de grupos extranjeros que deben venir a decirnos los qué y los cómo, sin importar cuáles sean sus propios objetivos, que desde luego serán siempre de despojo y depredación, lo que ellos llaman ganancias y califican de lícitas.

Pienso entonces en otras fracturas más pequeñas, pero también visibles, que son parte y consecuencia de ésta, formadas por todo un espectro de pequeños grupos de la sociedad agraviada, que van desde los que ven sólo la posibilidad última de destruirlo todo, o en el otro extremo, de aceptarlo todo como destino inexorable; destacando entre ellos quienes en forma pausada y reflexiva se deciden a enfrentar la situación en busca de un cambio posible que implica riesgos y fracasos, pero que con acciones firmes y ejemplares logran rescatar sus sueños.

Del otro lado de la fractura, es también clara la existencia de grupos e individuos que con sus acciones buscan complacer a quienes mantienen el poder. Entre estos grupos podemos identificar a los policías homicidas, que en su intención de satisfacer a los caciques asesinos de Guerrero, son capaces de disparar sus armas y de masacrar, torturar o desaparecer a quienes identifican como indeseables y problemáticos para sus amos, pensando que éstos los premiarán por sus hazañas, tal como en su momento las autoridades electorales determinaron que las elecciones habían sido inobjetables, para dar el triunfo a Peña Nieto.

Las afirmaciones de los padres de familia y maestros de Ayotzinapa, dando a conocer que las amenazas y agresiones a estudiantes y maestros de la escuela provenían por igual de los gobiernos municipal, estatal y federal, complementados con las declaracione del padre de familia que, con su hijo herido, recibe la frase de un mando del Ejército: Ustedes se la buscaron, cabrones, no dejan lugar a dudas sobre la responsabilidad del gobierno federal en la tragedia. El hecho de que el Presidente de la República tardara un mes en recibir a los padres de familia, así como sus declaraciones de que él ha contestado su pliego petitorio, luego de la infructuosa reunión en Los Pinos, sólo confirma su desdén por el pueblo y su incapacidad de entender el tamaño del problema que tiene enfrente.

En este escenario no podemos ver como un hecho aislado la resolución de la Suprema Corte de Justicia de eliminar como improcedente la consulta solicitada por dos partidos políticos y apoyada por millones de firmas de ciudadanos y ciudadanas, que han preferido seguir el camino constitucional para impedir que se modifiquen tres artículos de la Constitución en forma arbitraria y lesiva para el futuro de la nación; la conducta de los magistrados de justicia coincide con la de los policías agresores de los normalistas, sus objetivos son los mismos, agradar a sus amos, sin entender que lo que han hecho no ha sido otra cosa que magnificar la actual fractura nacional.

La tragedia de Ayotzinapa nos indica el camino a seguir para eliminar esta fractura, la oposición pacífica a un gobierno terrorista y dispuesto a transgredir la ley con acciones y omisiones, ignorando sus responsabilidades y mandatos. La realización de la consulta por cuenta propia, para señalarle al mundo cuál es la voluntad y el sentir del pueblo de México, es el mejor reconocimiento a sus profesores y estudiantes, que hoy nos han enseñado con claridad lo que podemos y debemos hacer para poner en su lugar a los gobernantes y políticos, que tan claros han sido en su desprecio por el pueblo de México.

Truco sin magia



Leonardo García Tsao
Después de la revisión tragicómica de Un tranvía llamado deseo efectuada en Jazmín azul (2013), le tocaba a Woody Allen volver a un tono más ligero, que ha caracterizado el último tramo de su filmografía. El rumbo que toman esas producciones parece decidido por el sitio europeo donde el tío Woody quiera pasar unas vacaciones. Ahora tocó a la Costa Azul ser el escenario donde se desarrolla Magia a la luz de la Luna, su largometraje número 44.

La canción You Do Something to Me, de Cole Porter, acompaña la secuencia de créditos (escritos en fuente Windsor, claro) y será el tema recurrente de la película. Situada a finales de los años 20, la acción se inicia en un teatro de Berlín, cuando el mago Stanley Crawford (Colin Firth, quien ha hecho carrera de interpretar ingleses pedantes), caracterizado como el chino Wei Ling Soo, realiza espectaculares actos. Tras bambalinas, su único amigo y colega Howard (Simon McBurney) le cuenta de una espiritista estadunidense que parece auténtica. Aunque ella se encuentra en la Costa Azul, como huésped de la pudiente familia gringa Catledge, Crawford no puede resistir la tentación de viajar hasta allá para delatar a otra supuesta médium como el fraude que es.

Arrogante y escéptico, Crawford se queda estupefacto cuando Sophie Baker (la encantadora Emma Stone) adivina su pasado y, en la noche, realiza una convincente sesión de espiritismo. Todo el cuadro de valores del británico se viene abajo cuando la posible existencia de un más allá, pulveriza su noción racional y científica de la vida. Por supuesto, aunque está comprometido con otra mujer, Crawford se enamora perdidamente de Sophie, quien al mismo tiempo está siendo cortejada por el baboso Brice Catledge (Hamish Linklater).

Allen no se ha tomado mucho tiempo para disfrazar lo que es perfectamente previsible. Tomando prestados ciertos elementos de Pigmalión, de George Bernard Shaw, el cineasta plantea nuevamente el romance entre un culto hombre mayor y una chica iletrada y aparentemente ingenua. (En efecto, Firth dobla la edad de Stone.) Si bien las convincentes actuaciones de los dos actores principales brindan cierta chispa a su rapport, estamos atestiguando un enamoramiento por conveniencia del guionista. El amor, aunque forzado, es la vieja panacea a una actitud –compartida por Allen– de pesimismo sobre la condición humana.

Ese mismo esquematismo reduce a los demás personajes a cartones. Así, Brice se la pasa canturreando con su ukelele, la calculadora madre (Marcia Gay Harden) de Sophie no cumple función alguna, Howard es sólo el alcahuete de un engaño y, en el colmo de la flojera, Allen se inventa dos accidentes automovilísticos –una descompostura y un choque– para darle empujones a su estancada trama.

Eso sí, bajo la lujosa fotografía de Darius Khondji, todo se ve bañado por una luz dorada, los gags verbales provocan sonrisas no carcajadas y el asunto se digiere fácilmente a pesar de lo endeble de su concepto. No es un horror como Vicky Cristina Barcelona (2008) o Así pasa cuando sucede (2009) pero es, en definitiva, un Woody Allen menor. Tan menor que ni siquiera la Cineteca Nacional se sintió obligada a incluirla en el programa de la 57 Muestra Internacional.

Magia a la luz de la luna
(Magic in the Moonlight)
D y G: Woody Allen/ F. en C: Darius Khondji/ M: Canciones varias/ Ed: Alisa Lepselter/ Con: Colin Firth, Emma Stone, Eileen Atkins, Hamish Linklater, Simon McBurney/ P: Dippermouth Productions, Gravier Productions, Perdido Productions, Ske-Dat-De-Dat Productions. EU, 2014.
Twitter: @walyder

John Wick: el regreso de Keanu Reeves


El Salón Rojo
Por Alejandro Alemán I Octubre 31, 2014 I 1:24 am

John Wick (Dir. David Leitch & Chad Stahelski)

A veces no se necesita reinventar el hilo negro sino simplemente seguir al pie de la letra las viejas recetas, usar los ingredientes correctos y cocinarlo todo con buena sazón. John Wick, la ópera prima de David Leitch y Chad Stahelski, no es más que una retahíla de clichés pero cuya eficaz ejecución da como resultado una experiencia sorprendentemente gozosa en un género a últimas fechas dominado por la pirotecnia más ramplona.

Los primeros cinco minutos de la cinta bien podrían ser una lección de cine para todos aquellos que hacen del frenesí sinónimo de acción. El tándem de directores inicia este festival de sangre y balazos mediante un flujo de imágenes que, con lujo de mutismo, definen con solvencia el escenario: un hombre (cuya identidad desconocemos), perturbado aún por la reciente muerte de su esposa, recibe un tierno cachorrito como último regalo preparado por ella misma antes de morir de cáncer. Una noche, un grupo de maleantes entra a su casa, lo golpea salvajemente, le roban su precioso Mustang y le matan al perrito.

Lo que los malandros desconocían es que aquel hombre no es otro que John Wick(Keanu Reeves), un matón a sueldo retirado cuya fama de letal máquina de muerte le precede. “Este hombre no es el coco, es la persona que llamas para ir a matar al coco” explica en algún momento el jefe de la mafia rusa (Michael Nyqvist), al enterarse que su propio hijo (Alfie Allen) fue quien, estúpidamente, robó el carro de Wick y masacró al pobre perro.

La inesperada destreza de los directores se hace patente en secuencias de balazos, acción y peleas cuerpo a cuerpo que están inusualmente bien filmadas, mejor editadas e increíblemente musicalizadas. Alejados del vicio de la edición rápida y el plano cerrado (trucos baratísimos para ocultar la falta de destreza), Leitch y Stahleski saben cómo filmar una escena de pelea cuidando los espacios, el ritmo y sin ocultar la acción al público, por más sangrienta que esta sea.

Y es inesperado porque si uno revisa la filmografía de este par de directores verá que su experiencia no es detrás de cámaras sino justo frente a ellas: como dobles de acción de Brad Pitt en Fight Club (Fincher, 1999) y del propio Keanu Reeves en Matrix (Wachowski, 1999). ¿Cómo hicieron este par de individuos para en tan sólo 15 años pasar de meros costales de golpeo a eficaces armadores de escenas?, no tengo la menor idea, pero queda claro que en ese tiempo aprendieron algo más que saber caer y soltar trancazos.

La película tiene la virtud de jamás tomarse en serio; el guión del también debutante Derek Kolstad deja mucho espacio al humor, aunque no por ello carece de elegancia en su ejecución y referencias: aquí se encontrarán homenajes a Matrix, pasando por Collateral (Mann, 2004), Drive (Refn, 2011), el cine de Jean-Pierre Melville (Le Samouraï, Le Circle Rouge) y el de Luc Besson (Fifth Element, Lucy).

Por eso no deja de ser decepcionante que rumbo al final, guionista y directores decidan dejar el auto en neutral y llevarlo de bajadita rumbo a un final obvio, sin propuesta, y donde lo único que queda por hacer es recurrir al simple videojuego como machacada opción estética para dar cierre a toda esta fiesta.

Con todo, John Wick es un sorpresivo despliegue de elegancia, coreografía, ritmo y buen humor en un género cada vez más habituado a las explosiones excesivas, el ritmo frenético y la petulancia infinita; y sí, ya saben de quién Michael Bay estoy hablando.

John Wick (Dir. David Leitch & Chad Stahelski)
3.5 de 5 estrellas.

 
 


La masacre como forma de dominación



Mientras sostenía el Premio Tata Vasco 2014, entregado por la Universidad Iberoamericana en Puebla a Fudem (Fuer­zas Unidas por Nuestros Desaparecidos en México), uno de los pocos varones del grupo de 25 familiares que acudieron al acto gritó: Esto es una guerra. El dolor inimaginable de los familiares los fuerza a mirar de frente y sin vueltas la realidad que sufren.

En efecto, hay una guerra contra los pueblos. Una guerra colonial para apropiarse de los bienes comunes, lo que supone la aniquilación de aquellas porciones de la humanidad que obstaculizan el robo de esos bienes, ya sea porque viven encima de ellos, porque se resisten al despojo o, simplemente, porque sobran, en el más crudo sentido de que son innecesarios para la acumulación de riqueza.

Una guerra colonial, además, por el tipo de violencia que utiliza. No sólo se asesina. Se decapita y se desmiembra para regar las partes a la vista de la población, como escarmiento y advertencia. Para infundir miedo. Para paralizar, impedir cualquier reacción, en particular las acciones colectivas.

No se trata de una tecnología novedosa. Fue utilizada por la Corona española para aniquilar las luchas indígenas. Allí la aprendieron los nuevos colonizadores. Túpac Amaru fue descuartizado vivo delante de la multitud reunida en la plaza de armas de Cusco.

Amaru fue obligado a presenciar la tortura y asesinato de sus dos hijos mayores y de su esposa, además de otros familiares y amigos. Antes de morir fueron torturados, les cortaron la lengua, todo un símbolo de lo que realmente molestaba a los conquistadores. El hijo menor, de sólo 10 años, fue obligado a presenciar la tortura y muerte de toda la familia, para ser luego desterrado a África.

La cabeza de Amaru fue colocada en una lanza exhibida en Cusco y después en Tinta, sus brazos y piernas fueron enviados a ciudades y pueblos para escarmiento de sus seguidores. Túpac Katari y sus seguidores sufrieron más o menos los mismos tormentos y sus restos fueron también esparcidos por los territorios de lo que hoy es Bolivia. No es nueva la crueldad de los nuevos conquistadores. Antes se trataba de apoderarse del oro y la plata; ahora es la minería a cielo abierto, los monocultivos y las hidroeléctricas. Pero en el fondo, se trata de mantener a los de abajo en silencio, sometidos y quietos.

La masacre es la genealogía que diferencia nuestra historia de la europea. Aquí las formas de disciplinamiento no fueron ni el panóptico ni el satanic mill, la fábrica del diablo de la Revolución Industrial y la explotación capitalista, retratada por el poeta William Blake y analizada con rigor por Karl Polanyi. El cercamiento de campos a partir del siglo XVI en Inglaterra, una revolución de los ricos contra los pobres, es analizada como el quebrantamiento de los viejos derechos y costumbres por los señores y nobles, “utilizando en ocasiones la violencia y casi siempre las presiones y la intimidación” (La gran transformación, La Piqueta, p. 71, subrayado mío).

Aquí la violencia fue, y es, la norma, el modo de eliminar a los rebeldes (como en Santa María de Iquique, Chile, en 1907, cuando fueron masacrados 3 mil 600 mineros en huelga). Es el modo de advertir a los de debajo de que no deben moverse del lugar asignado. Aquí hemos tenido, y tenemos, esclavitud; nada que se parezca al trabajador libre que promovió el desarrollo del capitalismo europeo al robarles las tierras a los campesinos.

Nótese que en las guerras de independencia entre criollos y españoles, los insurgentes apresados por los realistas no fueron torturados. Miguel Hidalgo y José María Morelos, por mencionar destacados rebeldes criollos, fueron juzgados y luego fusilados como se hacía en la época con los prisioneros de guerra. Sólo el color de piel explica el diferente trato que tuvieron Túpac Katari y Túpac Amaru, como todos los indios, negros y mestizos de nuestra América.

No es historia. En el Brasil democrático, la organización Madres de Mayo contabiliza, entre 1990 y 2012, 25 masacres, todas de negros y pardos, como la que dio origen a su militancia: en mayo de 2006, en el contexto de la represión al Primer Comando de la Capital de Sao Paulo (narcos organizados desde las cárceles), fueron asesinados 498 jóvenes pobres, varones de 15 a 25 años, entre las 10 de la noche y las 3 de la madrugada por la policía.

El narco es la excusa. Pero el narco no existe. Son los negocios que forman parte de los modos de acumular/robar de la clase dominante. No estamos ante excesos policiales esporádicos, sino ante un modelo de dominación que hace de la masacre el modo de atemorizar a las clases populares para que no se salgan del libreto escrito por los de arriba, y que le llaman democracia: votar un día cada cinco o seis años y dejarse robar/asesinar el resto del tiempo.

Lo peor que podemos hacer es no mirar la realidad de frente, hacer como si la guerra no existiera porque todavía no te han golpeado, porque todavía sobrevivimos. Esto es contra todos y todas. Es cierto que hay una porción que aún pueden expresarse libremente, manifestarse incluso, sin ser aniquilados. Siempre que no se salgan del libreto, que no pongamos en cuestión el modelo. Bien mirado, los que podemos manifestarnos a cara descubierta somos algo así como los criollos de las guerras de independencia, los que pueden esperar una muerte digna, como Hidalgo y Morelos.

Pero el tema es otro. Si queremos de verdad que el mundo cambie, y no usar la resistencia de los de abajo para treparnos arriba, como hicieron los criollos en las repúblicas, no podemos conformarnos con maquillar lo que hay. Se trata de tomar otros rumbos.

Tal vez un buen comienzo sea continuar los pasos de los seguidores de Amaru y Katari. Reconstruir los cuerpos despedazados para reiniciar el camino, allí donde el combate fue interrumpido. Es un momento místico: mirar el horror de frente, trabajar el dolor y el miedo, avanzar tomados de las manos, para que los llantos no nos nublen el camino.

Alexis Baró


Jazz
Antonio Malacara

Del 8 al 17 de octubre, en una intensa y agitada y lluviosa gira por la ciudad de México, las trompetas de Alexis Baró sonaron por primera vez en estas tierras. Entre los músicos mexicanos que lo acompañaron, diferentes teclados y baterías se iban rotando a lo largo del recorrido, sólo el bajo eléctrico de Gabo González y el sax tenor de Diego Maroto permanecieron fijos durante las nueve presentaciones.

Mi subconsciente y yo fuimos al concierto de clausura. Llegamos media hora antes de lo anunciado al foro abierto de Plaza Loreto, y desde lo alto de una sillería que empezaba a poblarse pudimos ver al experimentado jazzista cubano (afincado en Montreal) que se paseaba serenamente entre bafles e instrumentos. Atrás, Diego socializaba sonriente con Marco Castro y Carlos Sustaita (batería y teclado de este viernes), mientras Gabo afinaba detalles con los técnicos de sonido.

El quinteto empezó soltando amarras y alientos con precaución, parecía que sólo checaba niveles de audio, pero un instante después se escucharon las primeras notas de Beautiful love, el clásico de Wayne King, que surge rediseñado en sutiles ecos de rumba, con la cadencia caribeña de Baró. Maroto lanzó un primer solo con la garra y la contundencia de toda la vida, con una resolución que haría pensar que el cuate llevaba media hora de concierto y no que acababa de empezar. La trompeta tomó la palabra con la misma intensidad, aunque circuló más reflexiva, menos reptante.

Otro de los grandes arreglos de Alexis Baró fue para Lover man –la misma, la que inmortalizó Billie Holiday–, pero ahora en la estupenda y vibrante voz de una trompeta con sordina que desde lo alto, allá donde (dicen) se pueden tocar las pestañas de Dios, nos estremeció y documentó una vez más nuestra confianza en el quehacer humano (Me emocioné, ni modo).

El resto de la tarde-noche fue alimentada por las composiciones y el groove del trompetista, que entre la evocación africana, la sangre latina (saludos a Lacio) y el funk logró orquestar un discurso harto disfrutable y agradecible. Gabo González se mantuvo firme y discreto en su bajo eléctrico (llegamos a pensar que había dejado el punch guardado en casa, para dedicarse hoy a acompañar al trompetista cubano), hasta que, casi al final, decidió empezar Wake up Call con impresionante solo, golpeando, arañando las cuerdas (siempre serio), trazando acordes y haciendo zumbar el aire en medio de una lluvia que arreciaba y escandalizaba en el domo de Loreto. Ése era el Gabo González que recordábamos. El tema de Baró, el fuego de Maroto y el oficio de Castro y Sustaita hacían lo demás.

Derbez y Cortázar y la Música

Cuatro miércoles consecutivos, Alain Derbez impartirá el curso Julio Cortázar y la música. Esto, que luce atractivo y tentador, empezó el pasado 22 de octubre en la Universidad del Claustro de Sor Juana, y quién mejor que Alain (prosista, poeta, melómano, crítico, músico, compositor, historiador, maestro, mago, promotor cultural, conductor y productor radiofónico) para hacer esto.

El curso se divide en cuatro sesiones: 1) Introducción: ¿Qué música suena y cómo en la escritura de Cortázar? 2) El jazz en El perseguidor, Rayuela y más allá (esperamos que en el más allá esté La vuelta al día en 80 mundos). 3) El tango y otras músicas. 4) Cortázar con audífonos buscando escuchas cómplices. Un agasajo que debe repetirse.

Ya Son +, dirigido por Alberto Bellon

El grupo Ya Son +, dirigido por el pintor y guitarrista Alberto Bellon, partió este 25 de octubre a Huelva y Sevilla (Andalucía) para participar en la séptima edición del Otoño Cultural Iberoamericano; específicamente, en un acto denominado Altar de Muertos Conceptual La Cultura descansa en Paz. Centenario del Nacimiento de Octavio Paz, Premio Nobel de Literatura.

Desde hace un buen rato, el maestro Bellon se sumerge en la música tradicional mexicana para filtrarla a través de los códigos del jazz, y con una buena dotación de guitarras, violín, clarinete, saxos, percusiones y bajo eléctrico, nos entrega su muy particular percepción de la mexicanidad. Enhorabuena. Salud.

11/01/2014

De Ibn Rushd a Evita en la construcción del poder político de la mujer


Más de ocho siglos atrás un gran pensador cordobés, Ibn Rushd, más conocido como Averroes por la castellanización de su nombre, impulsó la implementación de los derechos de las mujeres tanto en el más reducido ambiente familiar como en el más amplio de la política al punto de aseverar que el mundo de los humanos iba a ser mejor cuando las féminas tuviesen una activa participación en el manejo de las cosas públicas. La sabia Ismat ad-Din Khatun, contemporánea y seguidora de sus ideas, influyó su esposo, el kurdo Salah ad-Din, también más conocido por su castellanización como Saladino, gran jefe musulmán de aquellos tiempos, quién debió atender sus planteos en esa dirección en tiempos en los que también difundía sus ideas en la misma El Cairo el gran filósofo judío, también cordobés, Amr Ibn Maymun (Maimónides).

 El rol de las mujeres heroicas pasó de las leyendas de las Amazonas griegas, a las que Heródoto de Halicarnaso reconoció existencia real y hasta participación en la Guerra de Troya, con personajes con Hipólita (la que libera los caballos), hasta tiempos más cercanos con personajes de existencia real comprobable como Juana de Arco, hasta luchadoras sociales, no guerreras, como Mary Burns, la irlandesa esposa sin papeles de Friedrich Engels, feminista y militante integrante de la Hermandad Feniana, el movimiento nacionalista celta que pugnó por la independencia de su país, por entonces totalmente subordinado al Reino Unido, y que con el tiempo logró, en 1916, la separación del actual Eire, o Irlanda del Sur.

También hubo muchas que llegaron a gobernar sus países y que jugaron roles decisivos como Isabel I de Castilla, bajo cuyo reinado se inició la colonización de América o Isabel I de Inglaterra, verdadera propulsora de los cambios que modernizaron a su país y que fueron decisivos para poder sentar las bases de la futura Revolución Industrial, sobre todo con la Ley de Pobres de 1601 que sentó las bases de una proto clase obrera esencial para ese proceso transformador. Pero si bien estas y otras tantas reinas gobernaron sus estados en el marco social el poder familiar y político seguía concentrado en los hombres.

La historia americana tiene como figura notable a la princesa Aqualtune, la guerrera princesa congoleña que participó en guerras tribales en el Africa hasta que fue tomada prisionera por los portugueses y vendida como esclava en el Brasil. En esos tiempos se había conformado en Alagoas la República de los Palmares hacia donde huyó para sumarse a las luchas del primer estado libre de América de la dominación colonial que tuvo como gran líder, a lo largo de un siglo de existencia, a Zumbi dos Palmares, probablemente hijo suyo, epónimo de la nueva universidad nacional que privilegia la educación de los afro descendientes. Y en él ámbito hispanoamericano a la gran luchadora altoperuana Juana Azurduy.

En lo que hoy es la Argentina la presencia femenina en la política tuvo protagonistas importantes como Encarnación Ezcurra, la esposa de Juan Manuel de Rosas, alma mater de la Revolución de los Restauradores que derrocó a Juan Ramón González Balcarce en 1835 y creadora de la Sociedad Popular Restauradora, lo que dio lugar a la permanencia de aquél al frente del gobierno bonaerense, motivo por el cual se le otorgó la distinción de Heroína de la Santa Federación.

Unas décadas más tarde la intervención femenina se hizo manifiesta en el término electoral a través de Julia Magdalena Angela Lanteri, más conocida como Julieta, quién había nacido en Italia y llegado de niña al país en el que, no sin dificultades, logró inscribirse como estudiante de medicina y convertirse en la sexta graduada en dicha disciplina en el país. Fue la primera abanderada del voto femenino en estas tierras cuando en 1911 el gobierno porteño convocó a un empadronamiento para las próximas elecciones. En el mismo se estableció que podían hacerlo: “los ciudadanos mayores, residentes en la ciudad por lo menos desde un año antes, que tuvieran un comercio o industria o ejercieran una profesión liberal y pagasen impuestos comunales por valor de 100 pesos como mínimo”. El 15 de julio Julieta recibió la carta de ciudadanía y el 16 se inscribió ya que la norma no establecía limitaciones sexuales. El 26 de noviembre se presentó en la Iglesia San Juan Evangelista del barrio de La Boca y votó en una mesa presidida por el historiador Adolfo Saldías. Este expresó su alegría “por ser el firmante del documento del primer sufragio de una mujer en el país y en Sudamérica”.

 A raíz de ello el entonces Concejo Deliberante porteño prohibió el voto femenino, pero Julieta siguió su lucha y al observar que la Constitución Nacional impedía el voto de las mujeres pero no que se candidatearan creó el Partido Nacional Feminista y si bien no logró ser elegida no le faltaron votos masculinos como el del escritor Manuel Gálvez, uno de los 1.730 cosechados en 1919. Luego se sumó al Partido Socialista cuyas listas también integró.

En 1921 en Santa Fe, bajo el liderazgo de Lisandro Nicolás de la Torre, se reformó la constitución provincial y se otorgó el derecho a sufragar a las mujeres en las elecciones comunales. El paso, si bien restringido, marcó una ruptura con los esquemas tradicionales. Esa constitución no fue implementada por los gobiernos santafesinos de entonces y recién se aplicó en 1932 al llegar a la primera magistratura el demócrata progresista Luciano Florencio Molinas.

 En 1926 Aldo Cantoni, que en 1918 había sido cofundador del Partido Socialista Internacional, luego Partido Comunista, llegó a la gobernación de San Juan por la Unión Cívica Radical Bloquista, hoy Partido Bloquista. Un año más tarde convocó a una reforma constitucional que otorgó el voto a las mujeres. De hecho ya en 1862 en la capital de esa provincia cuyana se había habilitado el voto para las que pagaran impuestos; es decir, un voto censitario. La constitución bloquista hizo que en 1928 por primera vez una mujer, Emilia Collado, fuera electa intendente, en la ciudad de Calingasta, y que otra, la riojana Emar Acosta, obtuviese una banca como diputada provincial, la primera en el país y en América Latina. Claro que eso duró poco ya que Hipólito Yrigoyen intervino San Juan y ello quedó en la nada.

Aunque en 1938 Imelda Romero fue designada como interventora en la comuna riojana de Aimogasta, en realidad hubo que esperar casi dos décadas hasta que otra gran luchadora, María Eva Duarte (Evita), la esposa del presidente Juan Domingo Perón, lograse que el Congreso de la Nación sancionase con valor universal en el país el voto femenino el 23 de septiembre de 1947 la ley 13.010 que se aplicó por vez primera el 11 de noviembre de 1951 cuando 3.816.654 mujeres sufragaron y de resultas de ello el Partido Justicialista incorporó al Congreso de la Nación a 23 de ellas en un verdadero homenaje a la que pudo ver plasmado con alegría otro de sus grandes aportes cuando sólo le quedaban unos pocos meses de vida.

Fernando Del Corro
Historiador, periodista y docente universitario. Vocal de la Comisión Directiva del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego.


http://alainet.org/active/76888

Programa es Tiempo de Mujeres en la radio universitaria de Guelph CFRU sabado 1o de nov

Desde cfru 93.3 fm la Radio de la Universidad de Guelph 
en Ontario, Canadá 
escuchalo cada sabado en www.cfru.ca

MUJERES POR LA DEMOCRACIA

Bienvenida al programa de hoy
 con Hilda Venegas 
Noticias de Género en la Red

Género en la mira con
 Hoy eGénero ELMira el espacio de nuestra amiga y compañera la mexicana maestra en estudios de género Daniela Villegas, nos habla sobre la importante contribución del pensamiento decolonial en Latinoamérica para la construcción de agendas políticas incluyentes y contextualizadas para la comunidad LGBTTI en el marco de la Conferencia Ilga que se realizo en la Ciudad de México

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Mujeres y activistas de Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y México anunciaron su próxima participación en la Caravana de Madres en Busca de sus Hijas e Hijos Migrantes, que el próximo 20 de noviembre se reunirá en El Ceibo, Chiapas, hacia Tenosique, Tabasco, en la frontera sur de México, para comenzar su recorrido por el país.
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YLas Madres de Plaza de Mayo, las Madres de Soacha, las Madres de Ituzaingó, las caravanas de madres… ¿Por qué hay tantos colectivos de mujeres que se enfrentan a la violencia extrema bajo esa etiqueta? ¿Lideran las madres la defensa de los derechos humanos? Activistas latinoamericanas y europeas analizan si la madre como sujeto de lucha representa una estrategia efectiva o un reflejo de esquemas patriarcales.

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Por mis hijos monto una revolución

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Las Madres de Plaza de Mayo, las Madres de Soacha, las Madres de Ituzaingó, las caravanas de madres… 

¿Por qué hay tantos colectivos de mujeres que se enfrentan a la violencia extrema bajo esa etiqueta?

 ¿Lideran las madres la defensa de los derechos humanos?

 Activistas latinoamericanas y europeas analizan si la madre como sujeto de lucha representa
 una estrategia efectiva o un reflejo de esquemas patriarcales.

El Grupo de Apoyo Mutuo de Guatemala surgió en 1984 en las morgues: las familias decidieron
 movilizarse y denunciar las masacres./ E. Gascó

“Sencillamente no están, desaparecieron”, decían al principio los máximos responsables de la dictadura argentina. Como no había cuerpo, no había delito. La desaparición forzada se convirtió en la práctica estrella de las dictaduras latinoamericanas de los años 70 y 80 para silenciar el descontento popular. Mientras los movimientos recibían la embestida, colectivos de mujeres, y en concreto de madres, generaban nuevas formas de protesta.

Las Madres de Plaza de Mayo aunaron sus luchas individuales y las convirtieron en colectivas, tan colectivas que “todos los desaparecidos” eran sus hijos. Socializaron su maternidad y la transformaron en un asunto político. Para la socióloga Silvia Trujillo, mientras desnudaban los crímenes de Estado, fueron cuestionando su propio rol de madres: “De la madre-sumisión, de la madre-abnegación, de la madre-espacio privado se colocaron en un lugar nuevo: la madre que toma la calle, la madre-lucha, la madre-fuerza”.

Las Madres de la Plaza de Mayo socializaron su maternidad y la transformaron en un asunto político. Fueron cuestionando su propio rol de madres, de la madre-abnegación a la madre-lucha

Se volvieron peligrosas y el Ejército mató a muchas: la fundadora de las Madres de Plaza de Mayo, Azucena Villaflor, fue arrojada desde un avión al océano Atlántico. Sin embargo, sostiene la investigadora social que “el hecho de ser madres de alguna forma evitó que descargaran contra ellas todo el odio que tenían, porque desde la mirada patriarcal representaban a una de las instituciones que suele venerarse”.

Las Madres de la Plaza de Mayo socializaron su maternidad y la transformaron en un asunto político. 
Fueron cuestionando su propio rol de madres, de la madre-abnegación a la madre-lucha

La maternidad ejerce un poder simbólico, explica Lucía Barbosa Díaz, parte de Casa Amazonía, una organización feminista colombiana: “No hay la duda o la sospecha de por qué estas mujeres se organizaron. Son madres y ya. Eso te da una legitimidad”. Una legitimidad particularmente útil en el contexto colombiano, donde a la primera de cambio te califican de guerrillera. Pero, ojo, depende del actor al que se enfrenten, matiza la psicóloga Sirley Cely, también de Casa Amazonía: “En el caso de las Madres de Soacha han sido perseguidas porque apuntan directamente al Estado”.


El Ejército colombiano secuestró, desapareció y disfrazó de guerrillero al hijo de Luz Marina Bernal./ E.G.

“Cuando a mí me citaron para identificar la foto de mi hijo y me leyeron la lista de 30 muchachos me di cuenta de que no era solamente mi caso”, cuenta la colombiana Luz Marina Bernal, una de las Madres de Soacha. Era septiembre de 2008. Bernal y una decena larga de mujeres estaban a punto de destapar uno de los ejemplos más brutales de la política del expresidente Álvaro Uribe: el escándalo de los “falsos positivos”.

Al menos 17 muchachos humildes del municipio de Soacha, en la periferia de Bogotá, habían sido engañados, secuestrados y desaparecidos por el Ejército. Les habían enfundado un traje de camuflaje y un arma —que a veces ni servía— para hacerlos pasar por guerrilleros. Así se aparentaba un avance en la guerra contra las FARC. Podrían ser miles de casos. El ministro de Defensa del Gobierno uribista y, por tanto, máximo responsable, era el reelegido presidente Juan Manuel Santos.

Cuando los demás están a por uvas

El colectivo de madres más conocido es quizás Madres de Plaza de Mayo, pero no es el único. En 1983, la peruana Angélica Mendoza de Ascarza, con cariño llamada Mamá Angélica, fue de las primeras personas en denunciar las masacres, desapariciones y torturas perpetradas por el Ejército en la guerra sucia contra Sendero Luminoso. Cuando ellas empezaban a coordinarse y a enfrentarse a los militares, en Lima todavía apenas se conocía lo que sucedía en Ayacucho.

Un año más tarde, unos 3.600 kilómetros al norte, otras mujeres iniciaban un recorrido similar. En aquellos años, todos los días aparecían en la Ciudad de Guatemala tres o cuatro cadáveres, jóvenes en su mayoría. Sus familiares —mujeres sobre todo— coincidían en las morgues. “Después de juntarnos dos o tres veces en el mismo lugar, surgió la idea de hacer una organización para denunciar lo que estaba sucediendo”, explica Blanca Bernal, una de las fundadoras en 1984 del Grupo de Apoyo Mutuo (GAM).

En esos años, bajo una altísima represión, el movimiento popular guatemalteco se encontraba en reflujo o directamente exiliado, recuerda el líder del Comité de Unidad Campesina Domingo Hernández Ixcoy. Y en ese momento, según explica, “las mujeres rompen el terror”. A raíz de su trabajo, empiezan a surgir o a recomponerse otros colectivos. Algo muy parecido, según explica Silvia Trujillo, a lo que ocurrió en Argentina, donde las madres abrieron “brecha para el resurgimiento de otros movimientos populares”.

“Lo único que nos quedaba”

A las denuncias y acciones del GAM se sumaron las de otro colectivo, este solo de mujeres, viudas, mayoritariamente indígenas: la Coordinadora Nacional de Viudas de Guatemala (Conavigua). El reclutamiento forzoso de sus hijos fue el último de los agravios y uno de los principales motivos para movilizarse. “Era quitarnos lo único que nos quedaba. De allí vino la fuerza”, recuerda la líder maya kakchiquel Rosalina Tuyuc.
Según analiza Aura Marina Yoc, del colectivo Actoras de Cambio de Guatemala, esa “figura de madres las protegió relativamente de las agresiones del Estado, puesto que no fueron vistas como causa, sino como efecto de la guerra”. Compartían el dolor de ser viudas, supervivientes de los asesinatos y la tortura sexual, “pero el reclutamiento forzoso estaba además —explica Yoc— quitándoles a los hijos, muchos de ellos último recurso de subsistencia económica para las familias, dejándolas desprotegidas en el marco de un sistema patriarcal, machista y racista”. Hoy Conavigua agrupa a 15.000 mujeres.


El reclutamiento forzoso de los hijos en Guatemala animó a las mujeres a movilizarse, recuerda la lideresa 
Rosalina Tuyuk./ E.G.
¿Por qué, en un contexto de represión y de reflujo del movimiento popular, fueron mujeres viudas las que alzaron la voz?, ¿por qué no grupos mixtos? En las masacres, primero se asesinaba a los hombres, expone Yoc. Y a los que sobrevivían se los llevaban a los polos de desarrollo, aldeas vigiladas por destacamentos militares.

“Además, en el caso de familias de tradición militante, los hombres respondían a otras emergencias, de subsistencia o de participación en luchas sociales. Pero tampoco se opusieron a la actividad política de las mujeres, quizás porque consideraban estas luchas como ‘naturales’ de su rol. No sé si hubiese sido lo mismo si las demandas hubiesen sido más identificadas a procesos de emancipación feminista”, contrapone Yoc.
¿Dónde están los padres?

¿Hay casos de padres implicados en la búsqueda de la verdad y la justicia? Haberlos, haylos: Pedro Restrepo, padre de dos adolescentes desaparecidos en Ecuador en 1988 a manos de la Policía y el colombiano Yuri Neira, cuyo hijo murió como resultado de la represión policial, son dos ejemplos. En 2011 el poeta mexicano Javier Sicilia, cuyo hijo fue asesinado por el cártel del Golfo, se incorpora a la triste lista.

En México, la —mal llamada— guerra contra el narco ya es responsable de más de 60.000 muertos, las personas desaparecidas podrían superar las 70.000. Las primeras caravanas de búsqueda y denuncia empezaron en 1999, principalmente de madres centroamericanas y mexicanas. Pero fue Javier Sicilia —varón y blanco— el que le dio visibilidad al movimiento de familiares de víctimas. Al poco tiempo del asesinato de su hijo, Sicilia encabezó una marcha hasta México DF para denunciar la criminalización de las víctimas. En los carteles rezaba el lema “Hasta la madre”.

Al principio se las tacha de “mamás chillonas”, como en el caso de Las Madres de Soacha, o de “locas”, como a las Madres de Plaza de Mayo, a las que un cura de una iglesia militar les llegó a recomendar “santa paciencia”. Luego se las tortura igual

Para Lucía Barbosa, el hecho de que suelan ser madres las que buscan y reclaman por los desaparecidos tiene que ver con el rol de protectoras y de cuidadoras de las mujeres. “En países en conflicto son las mujeres las que están poniendo la cara. Muchas de estas violaciones a los derechos suceden en entornos muy vulnerables y la composición de la familia tiene casi siempre por cabeza de hogar una mujer”, explica Barbosa.

Al principio se las tacha de “mamás chillonas”, como en el caso de Las Madres de Soacha, 
o de “locas”, como a las Madres de Plaza de Mayo, a las que un cura de una iglesia militar 
les llegó a recomendar “santa paciencia”. Luego se las tortura igual

Valentina González, también de Casa Amazonía, apunta que entre los sectores populares la mayoría de las mujeres son madres. “Esa es la diferencia. No exclusivamente por ser madre se adopta la defensa de los derechos humanos”, concluye.

Sirley Cely pone como ejemplo para entender la diferencia de clase el caso de los secuestros: “En la defensa de los secuestrados se implica el grupo familiar, más completo, mientras que en estas vulneraciones de sectores populares sí son más las mujeres las que están al frente”.

Desde que se iniciaron los diálogos de paz, en el departamento del Putumayo, donde se encuentra Casa Amazonía, se ha incrementado el conflicto. Se está viviendo una “pacificación para poder extraer los recursos”, resume González. “Y se está haciendo más visible el papel de las mujeres en la defensa del territorio. Se está dando una fuerte reflexión en comunidades indígenas campesinas de la madre tierra, una concepción muy andina, con simetría con las madres”, describe Cely.

“En Guatemala es particularmente significativa la lucha de las mujeres en la defensa del territorio”, apunta Aura Marina Yoc. Pero, según explica, las activistas cada vez recurren menos al símbolo de la maternidad y su discurso está más articulado en torno a su lucha como mujeres indígenas y la legalidad internacional.

Madres… o no

¿Y en otros lugares?, ¿hay tantos colectivos de madres?, ¿qué papel cumplen? La terapeuta y activista bosnia Alma Prelic, ligada al colectivo guatemalteco Actoras de Cambio, no pondría el acento en la maternidad al hablar de la defensa de los derechos humanos. Mucho menos hablaría de liderazgo de los colectivos de madres. Prelic, que coordina la traducción al bosnio del libro ‘Tejidos que lleva el alma. Memoria de las mujeres mayas sobrevivientes de violación sexual durante el conflicto armado’, explica que en el caso de la ex Yugoslavia, el papel de las madres depende del área de denuncia.

“En el caso de los desaparecidos, las mujeres/madres son la mayoría, ya que en los genocidios matan a hombres mayores de 18 años, como en el caso de Srebrenica en Bosnia y Herzegovina. A ellos les matan y a nosotras nos violan. Usan nuestro cuerpo —nos encarcelan para no poder abortar— para llevar el mensaje al bando contrario: ¡Te la agredimos! ¡Fue nuestra! ¡Esta contaminada por nuestra sangre! ¡Tu sangre ya no es limpia!”, describe esta terapeuta.


Ana Delina Páez fue la primera de las madres de Soacha en conseguir una condena, en julio de 2011./ E. G.
La Fundación Madres de Srebrenica, explica Prelic, reúne a viudas y madres del genocidio de unos 7.000 musulmanes ocurrido en 1995. Fue una de las primeras asociaciones de víctimas en formarse. “Pero no es la única ni la más activa en Bosnia y Herzegovina”, según matiza Gorana Mlinarevic, investigadora feminista especializada en justicia transicional en los Balcanes.

“Normalmente las víctimas civiles se organizan en torno a los violaciones de derechos que les afectan. En otras áreas no se han organizado madres, sino supervivientes de violaciones o personas retornadas. En relación con los desaparecidos, es difícil de decir por qué son las mujeres las más visibles en Bosnia-Herzegovina en cuanto a la búsqueda de la verdad”, expone Mlinarevic. A la ya clásica explicación de que las mujeres son las supervivientes, la activista añade otros factores.

Los colectivos de madres han contribuido a hitos contra la impunidad, como la condena contra Alberto Fujimori en Perú, el reconocimiento de los ‘falsos positivos’ como crímenes de lesa humanidad en Colombia, o los procesos contra torturadores en Argentina

“En la narrativa de la guerra, se percibe a los hombres como combatientes veteranos y a las mujeres principalmente como víctimas. Y la victimización de los hombres, en la sociedad patriarcal, no es que esté precisamente muy bien vista. Los hombres quieren mantener una actitud activa y la posición de víctima es una posición pasiva, excepto en los momentos en los que los partidos políticos de corte étnico llaman a la movilización. Entonces la posición de víctima se utiliza para movilizar o ganar votos. Y, aún en esos casos, los líderes políticos son hombres”, describe Mlinarevic.

Los colectivos de madres han contribuido a hitos contra la impunidad, 
como la condena contra Alberto Fujimori en Perú, el reconocimiento 
de los ‘falsos positivos’ como crímenes de lesa humanidad en Colombia, 
o los procesos contra torturadores en Argentina

Pero hay otro motivo para la visibilidad de las Madres de Srebrenica, explica la analista. A los medios de comunicación les encantan las historias de madres que buscan a sus hijos. Para Alma Prelic, hay que tener mucho cuidado para no abordar el tema de forma simplista: “Primero habría que definir la maternidad, analizar la sociedad en que vivimos. ¿A quién damos el derecho y el deber de construir y concebir a un ser humano? ¿Y a quién se da derecho a destruirlo y en nombre de qué? Para luchar también se necesita tiempo y muchas veces las madres no lo tienen. Y son muchos los colectivos de mujeres donde encontramos lesbianas sin hijos, transexuales, mujeres que no quieren tener hijos. Podemos hablar de tantas formas de la maternidad y paternidad…”.

Ahora bien, esa diversidad se reduce, según Prelic, cuando se trata del ámbito institucional: entonces la defensa de los derechos humanos, de repente, está más relacionada con los hombres. “El espacio público trae un reconocimiento social, mientras que los espacios no institucionales son espacios de mujeres en la lucha, como Actoras de cambio en Guatemala o Mujeres de Negro Internacional”, afirma.

Según Inés Giménez, periodista de LolaMora producciones, el papel de las mujeres, de las mujeres madres y si se autoidentifican como colectivos de madres o no depende del contexto: “No es lo mismo un contexto urbano donde se manejan feminismos de tercera generación a un contexto rural disperso donde todavía se ven estructuras patriarcales bien claras y una interiorización muy marcada de esos roles”.

¿Funciona la estrategia?

Para hablar de genocidio solemos viajar unos cuantos miles de kilómetros. Pero, ¿qué tal si reducimos la huella ecológica de este artículo? ¿Qué ocurrió con la dictadura franquista? “Las fuentes documentales certifican que fueron las mujeres quienes llevaron a cabo, y desde fechas bien tempranas, actos de dignificación y memoria”, describe la historiadora Irene Murillo, especialista en posguerra española y género. Y cuando dice tempranas se refiere a los 40, primera posguerra e implantación de la dictadura. Explica Murillo que esos grupos de mujeres “desvelaron los eufemismos del régimen, calificaron de asesinatos lo que el franquismo denominaba desapariciones y denunciaron que la violencia había estado orquestada y legitimada desde arriba”.

Para Murillo, que históricamente las mujeres se hayan situado en primera línea forma parte de una “estrategia colectiva para apaciguar una violencia que estaba asegurada por parte de las fuerzas militares”. Pero no significa, apunta, “que por ser mujeres no reciban esa violencia”.

Al principio se las tacha de “mamás chillonas”, como en el caso de Las Madres de Soacha, o de “locas”, como a las Madres de Plaza de Mayo, a las que un cura de una iglesia militar les llegó a recomendar “santa paciencia”. De alguna forma, todo el peso patriarcal del símbolo de la madre —inofensiva, apolitizada, entregada a la familia— se utiliza como escudo. ¿Pero hasta cuándo la visión patriarcal de la vida es más fuerte que los intereses de muerte que defienden?, se pregunta Silvia Trujillo.

“Los agentes de la violencia (sobre todo los oficiales) se muestran normalmente reacios a utilizar violencia contra las mujeres al principio (probablemente porque las consideran menos peligrosas que a los hombres). Pero luego ejercen esa violencia sin importar el género (y me refiero al género, no la maternidad). A las mujeres se las tortura igual”, describe Gorana Mlinarevic. Los asesinatos en Guatemala a integrantes del GAM o el reciente secuestro de Paola Quiñones, destacada vocera de las caravanas migrantes, son solo algunos ejemplos de los peligros que corren las activistas.

Victorias

Pese a todo, los colectivos de mujeres, y los colectivos autoidentificados como madres han ido consiguiendo, a veces tras una lucha de décadas, no solo romper el silencio sobre los procesos de extrema violencia, sino conseguir llevar a algunos de sus máximos responsables a prisión. Contribuyeron de forma clave a la caída de las dictaduras latinoamericanas. Hoy, mujeres insertas principalmente en colectivos mixtos protagonizan resistencias y victorias frente a la implantación de megaproyectos, como uno de minería en La Puya, Guatemala.


María Godoy y Corina Barbosa, Madres de Ituzaingó, en guerra contra los agrotóxicos en Argentina./ E.G.

En 2011 las Madres de Soacha lograron las primeras condenas a militares implicados en el asesinato de sus hijos y un tribunal calificó el crimen “de lesa humanidad”. En Perú, la asociación que creó Mamá Angélica fue una pieza fundamental para el incipiente movimiento de derechos humanos que, años más tarde, lograría condenas tan relevantes como la del exdictador Alberto Fujimori. La lucha del GAM y Conavigua consiguió abrir camino hasta los acuerdos de paz en Guatemala. Las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo fueron fundamentales para que los principales torturadores y responsables del Estado argentino fueran detenidos, juzgados y condenados.

En Argentina, todavía hoy sigue habiendo al menos un colectivo de madres verdaderamente incómodas para el Gobierno: las Madres de Ituzaingó, en la periferia de Córdoba. Se empezaron a coordinar en 2002 al darse cuenta de que en su barrio, sus hijos y sus vecinos estaban enfermando: cáncer, malformaciones, enfermedades respiratorias.

Investigaron y descubrieron los efectos de los agrotóxicos utilizados en el cultivo soja transgénica, responsable en gran parte del crecimiento económico argentino de los últimos años. Gracias a su lucha, se inició un debate nacional sobre el tema y se aprobaron las primeras leyes que regulaban las fumigaciones. En la actualidad este colectivo sigue movilizado contra la implantación de una gran fábrica de Monsanto en la provincia de Córdoba. De momento, con éxito. Los juicios contra varios empresarios y fumigadores siguen su curso. En mayo de 2014 se confirmaba el juicio contra seis imputados. Al proceso se le ha llamado ‘Causa Madre’.