1/26/2013

Beate Sirota Gordon, una feminista que redactó la Constitución de Japón

La estadounidense escribió el artículo de los derechos de las mujeres

 
Beate Sirota Gordon, en 1997. / AP

Beate Sirota Gordon creía firmemente que en la vida hay que tener suerte. Ella la tuvo. Por una combinación de circunstancias a cual más peculiar, participó en 1946, con solo 22 añitos, en la redacción de la Constitución del Japón ocupado por Estados Unidos. A ella se debe el artículo 24 del texto aún vigente, el que consagra la igualdad entre el hombre y la mujer, el derecho a casarse por mutuo acuerdo, sin interferencia familiar, el derecho de las mujeres a heredar, a la propiedad o al divorcio. Sirota Gordon, feminista dedicada al intercambio cultural entre Asia y EE UU, murió el pasado 30 de diciembre en Nueva York a los 89 años de un cáncer de páncreas. Hasta los años noventa mantuvo el secreto sobre su participación en aquella misión.

Hija única de una pareja de judíos rusos, nació en Viena en 1923. Llegó a Tokio con cinco años, cuando su padre, pianista, fue contratado como profesor por la Academia Imperial de Música. Aprendió japonés enseguida. Tenía facilidad para los idiomas, su madre insistió en que jugara con niños locales y “tuve la suerte de que mis padres no sabían japonés, yo era su intérprete para todo, también la burocracia”, contaba hace un lustro en su inglés con leve acento germano a unos universitarios estadounidenses. Agradecía a la Escuela Alemana de Tokio la gran educación que allí recibió pero la abandonó en los años treinta porque había sido nazificada. Para la adolescencia ya era consciente de que sus amigas japonesas, a diferencia de las protagonistas de las películas románticas de Hollywood que tanto le gustaban, tendrían que casarse con quienes sus padres dispusieran. A veces con un joven al que ni siquiera conocían. Aquella constatación la marcó. Tras una década en Japón y 13 días de travesía marítima, llegó a California con 16 años para estudiar en la Universidad de Mills, un centro femenino dirigido por una feminista.

Al estallar la II Guerra Mundial, trabajó en la traducción de las emisiones radiofónicas japonesas para la Oficina de Información de la Guerra. La CIA y el FBI —ansiosos por reclutar a quien hablara japonés— no la quisieron porque todavía era austriaca. Concluida la guerra fue brevemente documentalista en la sección de Internacional de la revista Time en Nueva York; en esos años el reporterismo estaba aún vetado a las mujeres. Necesitaba regresar a Japón para localizar a sus padres, con los que había perdido el contacto. En 1945, ya como estadounidense, desembarcó en Tokio como civil adscrita al Ejército.

Ejerció de intérprete —también dominaba el francés y el ruso— del equipo del general MacArthur y años después se casó con Joseph Gordon, jefe de aquellos traductores. Fue esa concatenación de circunstancias, de carambolas vitales, las que hicieron que fuera incluida en un grupo de una veintena de estadounidenses —todos varones salvo Beate— que redactaron la ley fundamental en siete días. A ella y a dos compañeros más les encargaron los derechos civiles. “¿Por qué no escribes los derechos de las mujeres?”, le planteó el general encargado de aquella especie de asamblea constituyente. Y Sirota Gordon entró en la historia como parte de una misión que fue oficialmente secreta hasta los años setenta —el texto fue presentado como escrito por los japoneses— y de la que no habló abiertamente hasta los noventa.

Sus memorias se titulan La única mujer en la sala. Japón la condecoró en 1998 y se convirtió en una heroína para las japonesas. Mantuvo el secreto durante medio siglo porque temía que su juventud fuera utilizada para desacreditar una Constitución que definía como “un modelo para el mundo” en diciembre pasado en declaraciones al diario Ashai Shimbun. Sirota Gordon, orgullosa de aquella ocupación en la que participó, veía con gran preocupación el creciente consenso para reformar la Constitución impuesta y dotar a Japón de un Ejército. En los últimos años se erigió en defensora del artículo 9 en el que Japón renuncia al derecho a ir a la guerra.

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