1/22/2013

Jazz; Víctor Ruiz Pasos, Vitillo


Antonio Malacara
El pulso y la personalidad de Víctor Ruiz Pazos, Vitillo (Veracruz, 1930), son parte de nuestro imaginario colectivo desde hace mucho tiempo, cuando apenas cumplidos los 20 años llegó a la ciudad de México para integrarse a la orquesta de Larry Sonn y después, en 1953, a la big band de Luis Arcaraz, donde su contrabajo, junto al sax y los arreglos de Héctor Hallal, resultó fundamental en la consagración de esta gran agrupación, sin olvidar nunca, por supuesto, los talentos de Chilo Morán, Cuco Valtierra, Juan Ravelo, César Molina, Roberto Nery, Tino Contreras, Mario Patrón, Pablito Jaimes, Freddy Manzo y otros tantos.

Además de su evidente papel protagónico en la introducción del contrabajo al jazz moderno en México (junto con Enrique Almazán y Leo Carrillo), la manifiesta musicalidad de Vitillo lo llevó a tocar y grabar con todo mundo y en casi todas las vertientes de la música (su trabajo y su matrimonio con Toña la Negra son parte de la historia musical mexicana). Pero la grandeza y la extensión de su historial artístico se documentan ya en una biografía que deberá aparecer este mismo año.

Pasemos entonces a un disco lleno de peculiaridades, un álbum que bajo el título de Víctor Ruiz Pazos, Vitillo, editado por Pólak Fórum Records, vio la luz en los últimos días de 2012. No sólo se trata de la primera producción compacta del maestro; también tiene la sorprendente particularidad de que por primera vez, después de 64 años de grabar en todas las latitudes y todos los aromas, se muestra a plenitud como compositor. Todas y cada una de las piezas incluidas son de su autoría.

Después de la primera vuelta, resulta evidente que los 12 temas incluidos fueron concebidos y escritos desde hace buen tiempo; el sonido es claro y específico, aparece incluso con altas dosis de frescura (un ewi que suena a oboe caribeño en el aliento de Jako González), pero las atmósferas, los compases y las emanaciones, todas son retratos en sepia de otras épocas, que se añoran y se evocan con cariño.

Y si estas evocaciones son ejercidas con la clase y el carácter de la veintena de músicos invitados por Vitillo (puro cuarto bat, diría Rabito), el momento se ilumina. Normalmente evitamos mencionar alineaciones demasiado extensas, pero aquí bien vale la pena dar fe de todo el drimtim. Veamos: Enrique Nery, Joao Henrique, Carlos Gallegos, Héctor Espinoza, Mario Patrón Jr. y Víctor Patrón (pianos y teclados); Joe d’Etienne; Israel Blancas Tlaxcaltécatl, y Pancho López (trompetas); Diego Maroto; Jako González; Alejandro Campos, y Mauricio Tlaxcaltécatl (saxos); Geovenel del Valle (trombón); Salvador Merchand; Salvador Agüero, Rabito; Giovanni Figueroa; Mario García, y Fernando Caballero (baterías); Leo Muñoz (percusiones), y Vitillo en el bajo eléctrico de cinco cuerdas.

El bajo de Vitillo cumple ampliamente con los formalismos. Ilumina, sostiene y envuelve con incuestionable destreza cada uno de los temas. Pero hay más, pero es más… es una voz que rebasa las formas y los tecnicismos, es esencia, es sustancia. Es jazz.

Ya en el plan de los asegunes –siempre tan necesarios–, podemos afirmar que un poco más de cuidado en proceso de mezcla hubiese mejorado notoriamente el resultado final. Pero bueno…

Al margen de la música (al margen y no), Víctor Ruiz Pazos comparte otros mensajes. Sin declararse abiertamente místico, Vitillo juega con diferentes símbolos en los forros y los interiores del álbum. La portada es una buena fotografía de Gerardo Infante, donde los claroscuros de Rembrandt nos muestran el rostro del bajista exhalando el humo de un cigarro, y abajo, a la altura del plexo solar y rebasando deliberadamente el terreno de los claroscuros, brillando con intensidad, una estrella pentágona.

Le preguntamos los porqués de este medallón y Vitillo responde: Es la estrella de los gnósticos, de los magos, una estrella de cinco puntas. Cuando el ángulo predominante está hacia abajo, mucha gente la relaciona con brujería y cosas oscuras; pero cuando este ángulo está hacia arriba sirve de protección. Yo lo uso de esa manera, de forma positiva. La punta de arriba es la cabeza, las siguientes son las manos, las de abajo son los pies, y el círculo que las rodea es la protección.


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