3/12/2016

Hotel Taselotzin: La cooperativa de cien mujeres indígenas


Hotel cooperativo, autogestionado y horizontal
El Salmón Contracorriente

En la Sierra Norte de Puebla (México), escondido entre verdes de helechos arborescentes, heliconias y colibríes, se erige el Hotel Taselotzin, que representa el fruto más evidente de la colectiva de mujeres indígenas nahuas, Masehual Sihuamej Mosenyolchicauanij (mujeres que trabajan juntas). Taselotzin es un hotel cooperativo, autogestonado y horizontal (tanto en su organización como en su arquitectura), que se ha convertido en una fuente de ingresos para 100 mujeres y sus familias.
Las socias de Taselotzin lo bautizaron hace más de 20 años como un hotel “con corazón indígena”, aunque también es una voz náhuatl que significa “retoñito” o “plantita”, e incluso podría decirse que la pacha mama se mete hasta las habitaciones, sencillas, limpias y con vista a la montaña o a Cuetzalan, el pueblo mágico.
El hotel germinó con la intención de evitar migraciones. “En una reunión de consejo nos planteamos este sueño, porque lo que queríamos era tener nuestros propios recursos, o sea no tener que andar pidiendo a una institución”, explica Rufina Edith Villa, mujer indígena náhuatl y administradora del lugar.
“Siempre nos ha preocupado generar empleo para que nuestra gente siga en la comunidad. Si la gente sigue, siembra en el campo lo que necesita para la familia pero si se van los señores, o los hijos, se va perdiendo este amor a la tierra o la mujer se queda con toda la carga y entonces es difícil hacer todo”.
Rufina Edith Villa, junto a sus cien compañeras lograron este espacio que es visitado constantemente por estudiantes, organizaciones y turistas, ubicado a unas calles del centro de Cuetzalan. Durante su construcción se emplearon a 50 personas de la comunidad y cada socia aportó 10 días de trabajo.
Taselotzin también se traduce como “lo que da la Tierra”, y lo que ella brinda son las plantas. “Este lugar tiene que ver con la naturaleza, el hotel es una planta, si no la cuidamos se puede acabar”, dice Rufina.
Mujeres que trabajan juntas
En esta comunidad, donde llueve casi todo el año y los niños venden pedazos de “meteoritos” que caen con los rayos, las integrantes de Taselotzin recuerdan que al principio, en 1985, buscaron vender su artesanía juntas, principalmente de telares de cintura o cestos de jonotes, pero se dieron cuenta de los problemas que tenían como mujeres y empezaron a realizar acciones para enfrentarlos, una de ellas fue “enseñar a leer y a escribir a nuestras compañeras”.
Se capacitaron en la producción de textiles, las que sabían enseñaban a las que no, y también comenzaron a aprender sobre Derechos Humanos. “Nosotras nunca habíamos escuchado hablar de nuestros derechos, nos llamó la atención y formamos un grupo de promotoras, se hicieron talleres, y se fue enfocando más hacia el derecho de las mujeres”, recuerda Rufina.
Desde entonces las mujeres hicieron cambios concretos en sus vidas. “Rompimos con la costumbre de que la mujer tenía que estar sólo en la casa, ir al campo a dejar la comida, a trabajar con el marido, venir cargando la leña, hacer todo el quéhacer, desgranar el maíz, atender a los enfermitos, a los abuelitos, pero no ir a una reunión”.
“Fue un cambio fuerte”, prosigue Rufina, “tanto la comunidad como la familia lo veían mal”, así que a raíz de los talleres comenzaron a educar de otra manera a los hijos, “les enseñamos a los niños que aprendieran a lavar un traste, a lavar su ropa, a barrer la casa, que antes sólo era el quéhacer de las niñas, entonces a la niña la privábamos de todas las libertades y juegos y el niño tenía toda esa libertad”.
Otra cosa que cambiaron fueron sus viviendas, “ahora no decimos que tenemos una mansión, siguen siendo viviendas humildes pero protegedoras del frío, ya no se nos mete el agua porque ya las hicimos de material, con su pisito, hemos trabajado en ello y eso nos hace sentir bien”, dice la integrante de Masehual Sihuamej Mosenyolchicauanij.
Herbolaria del corazón
En la zona de Cuetzalan se produce una bebida de caña y yerbas de nombre Yolixpa, que significa “medicina del corazón”, para todo lo demás las mujeres recuperaron los conocimientos de las abuelas e hicieron su temazcal y herbolaria.
“Hemos ido retomando mucho de las enseñanzas de nuestras abuelas y abuelos. La herbolaria, el masaje y el temazcal son las formas de curarnos de nosotros los indígenas”, cuenta Rufina. Relata que en algún momento la herbolaria se fue perdiendo, no era valorado, “pero nosotros le vemos muchas ventajas, no tiene químico y nos ayuda a que nuestro organismo no sufra reacciones”.
Conocen las plantas, aprendieron a aplicarlas en tinturas, maceradas, en jabones, en unciones “para la artritis y desinflamar las várices”, en jarabes y hasta en vino “para curar el susto”. Se aprovechan las plantas de temporada “y las podemos tener en un frasquito o gotero para cuando se necesiten”.
En la recepción de Taselotzin están a la venta los frascos de productos para sanar, champús de la cooperativa Tosepan, jabones y cremas, que hacen a partir de la miel de la abeja melipona, la que no pica.
Defensa del territorio
Defienden el derecho a recibir la lluvia constantemente. Cuando cae el chaparrón lo verde se hace más intenso y los vecinos lavan sus banquetas. Es por esa razón, aseguran, que Cuetzalan ha sido asediado por megaproyectos y grandes cadenas comerciales. Organizados a partir de los consejos de las comunidades (Tiyat Tlali, por la defensa del territorio, y el Cotic, de ordenamiento territorial), han hecho frente a las concesiones.
En el Cotic, presidido por Rufina, en una asamblea de 3 mil personas lograron cancelar los permisos de 4 hidroeléctricas de una subestación de la CFE. “No queremos que se instalen esos proyectos porque Cuetzalan es como un paraíso de biodiversidad, de cultura, un lugar donde nos llueve mucho, afortunadamente, y eso también despierta la codicia de quienes quieren implementar estos proyectos”.
Aunque una vez frenaron la instalación de un Walmart, los megaproyectos siguen latentes. Sin embargo hoy las mujeres Taselotzin, disfrutan lo que más les gusta: su territorio. “Yo me vengo caminando por la vereda tranquilamente admirando la vegetación”, dice Rufina. Y también de su ser indígena, “me gusta hablar en náhuatl, ponerme la ropa típica y me siento orgullos a de ser cuetzalteca, y de ser mujer indígena nahua”.

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