2/18/2011

Relaciones exteriores: injerencia y debacle



Editorial La Jornada
Al condenable ataque contra dos agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) de Estados Unidos en San Luis Potosí ha seguido una nueva escalada de presiones injerencistas del gobierno estadunidense y una creciente e inadmisible altanería en el tono de los funcionarios del país vecino para dirigirse a las autoridades nacionales. En su comunicación con el secretario de Gobernación, Francisco Blake, divulgada oficialmente por la embajada estadunidense en México, la secretaria de Seguridad Interior, Janet Napolitano, tuvo un acento de regaño al gobierno mexicano, tan inocultable como impertinente: Durante la llamada, la secretaria Napolitano le dijo enfáticamente al secretario Blake Mora que la violencia contra el personal del Departamento de Seguridad Interior (del que depende el ICE) en México representa un ataque contra todos aquellos que están al servicio de la nación y arriesgan la vida por nuestra seguridad, y que no será tolerado por ninguno de los dos países.

El envío a San Luis Potosí de un contingente de agentes de la FBI para encabezar las investigaciones de la agresión contra los dos estadunidenses, por otra parte, constituye una abdicación de las instituciones federales y estatales a las que, constitucionalmente, corresponde dicha pesquisa, y tiene la apariencia de una imposición de Washington.

En otro sentido, las circunstancias del asesinato de Jaime Zapata y las heridas de bala sufridas por su compañero Víctor Ávila resultan, por decir lo menos, extrañas, y ameritan una explicación a la opinión pública por parte de ambos gobiernos acerca de la clase de misión en la que se encontraban las víctimas al momento del ataque. Cabe preguntarse, por ejemplo, con qué criterio se decidió que ambos agentes viajaran por carretera y a bordo de un automóvil llamativo –blindado y con placas diplomáticas– para internarse en una entidad que, según lo revelan cables de Wikileaks publicados por este diario, ha sido considerada por el propio consulado estadunidense en Monterrey como “territorio zeta”.

La situación es alarmante por partida triple: el progresivo sometimiento de las autoridades nacionales a las del país vecino, lejos de disipar los afanes injerencistas de Washington, los alienta, y no frena el creciente deterioro de la relación bilateral.

Si no bastara con las graves y ominosas dificultades de México en su vínculo con Estados Unidos, se presenta en estos días una crisis diplomática con Francia, originada por las graves irregularidades cometidas en la detención de la secuestradora Florence Cassez, a finales del sexenio pasado. En la medida en que la actual administración se abstuvo de corregirlas y sancionarlas, se abrió un margen para la inadmisible descalificación, por parte de París, del conjunto de las instancias de justicia mexicanas, y para una exigencia –la de que la convicta sea entregada a su país de origen en el marco del Tratado de Estrasburgo– que coloca al gobierno calderonista en un predicamento irresoluble.

De esta manera, y así sea por razones diferentes, la diplomacia mexicana es colocada en la angustiosa situación de enfrentar diferendos simultáneos con el país más poderoso del mundo y con una potencia de primer orden que puede apelar al respaldo de toda la Unión Europea para su causa, así se trate de una causa equivocada y de un reclamo con olor a politiquería interna.

La torpeza diplomática del gobierno foxista llevó al país a graves incidentes diplomáticos con Cuba y Venezuela. Actualmente, el frente externo exhibe un deterioro aún mayor: el mal manejo de los asuntos de seguridad pública y de procuración de justicia desemboca en el brusco deterioro de las relaciones con Estados Unidos y con Francia, y crea condiciones que el primero de esos países se apresta a explotar para incrementar su injerencia en territorio nacional.


Tribulaciones de un inmigrante mexicano en Francia

Fernando del Paso

Nunca pensé que algún día estaría dispuesto a escribir sobre la malhadada experiencia laboral que tuve en Francia como inmigrante: el amor propio me obliga a ocuparme, en todo caso, de mis éxitos, y a olvidarme de mis descalabros.

Sin embargo, creo que ahora, en que las relaciones entre México y Francia sufren de uno de sus peores momentos, es una buena oportunidad para contarle a los lectores lo que me sucedió en el año de 1985 en Francia, a la que llegué convencido de que al fin se cumpliría uno de mis sueños más caros: el de vivir en esa maravillosa ciudad que es París.

Fue a mediados de ese año que el director de la Sección Latinoamericana de Radio France Internationale (RFI), de visita en Londres, me invitó a presentar un examen en la sede, en la capital francesa, de esa radiodifusora. Cumplía yo entonces catorce años de laborar en los Servicios Externos de la BBC de Londres y la Batalla de Las Malvinas había matado en mí todo deseo de seguir viviendo en Inglaterra. El orgasmo patriótico de los británicos y el despliegue de su inmensa soberbia me tenían harto. Viajé entonces a París en el mes de julio o agosto. Había dos vacantes y cerca de quince personas se presentaron al examen. Yo gané una de las vacantes. Me instalé en París en octubre y comencé a colaborar en la RFI de inmediato, como periodista, locutor y productor de programas, en el entendido de que estaría tres meses a prueba, y sólo hasta entonces se me daría el contrato definitivo. Mi esposa Socorro y mi hija Paulina, mientras tanto, se quedaron en Londres. Confiados, tanto ellas como yo, en que mi capacidad y la experiencia adquirida en la BBC me permitirían superar la prueba, se dedicaron a deshacerse de objetos y muebles inservibles, y a vender la casa que teníamos en el barrio de Sydenham. Un mes antes de que yo partiera para París, es decir, en septiembre, se le había otorgado a mi segunda novela, Palinuro de México, uno de los galardones Médicis más codiciados: el Premio al Mejor Libro Extranjero publicado en Francia, 1985-1986. Nunca antes se había otorgado este premio –que ya tenía más de 20 años de existir– a un escritor mexicano. Nunca, tampoco, se le ha otorgado después.

A mediados de enero del 86, Radio France Internationale me dio el contrato de planta, y el gobierno francés el permiso para permanecer en su territorio en calidad de trabajador. La casa de Londres ya estaba vendida y debíamos entregarla lo más pronto posible. La mudanza estaba lista. Le pedí entonces a mi esposa que se dirigiera con mi hija al consulado francés en Londres, para solicitar las visas correspondientes.

Las visas les fueron negadas.

En la radiodifusora me explicaron que en mi calidad de trabajador inmigrante en Francia, tenía que hacer una solicitud ante el Ministerio de Reagrupamiento Familiar –le Ministère de Reagroupement Familiel– cuya titular era entonces una tal Georgina Dufoix, para que autorizara que mi hija y mi esposa se reunieran conmigo. Esta idea de la reunión diferida de los seres queridos más cercanos surgió en 1974, cuando el gobierno francés decidió poner un alto a la inmigración de mano de obra asalariada en momentos en que cien mil inmigrantes llegaban cada año a Francia. Al mismo tiempo me advirtieron que los trámites para obtener el permiso solían prolongarse por un año. Cuando pregunté si eso mismo les sucedía a las esposas extranjeras de los dirigentes y altos funcionarios de empresas multinacionales o simplemente extranjeras que recibían un nombramiento en Francia, me dijeron que no, porque los salarios de esos ejecutivos estaban muy por encima del nivel abajo del cual era absolutamente necesario contar con la autorización para llevar al país a la esposa y los hijos. En la propia RFI me sugirieron que mi esposa y mi hija podrían ingresar con visas de turista y, cada tres meses, viajar a Bélgica para renovarlas, mientras se cumplía el año. Así fue como me enteré de que mi salario estaba dentro del margen de ingresos que ganaba cualquier inmigrante argelino, senegalés o somalí, y que se me pagaba no por mi conocimiento del idioma español, ni como intelectual, ni como traductor y productor de programas de radio, sino por mi mano de obra. Por otra parte, antes de hacer el examen se me había asegurado que con mi salario como periodista de Radio France Internationale podría vivir con holgura. No era cierto. Nunca me alcanzó para vivir con decencia. En los pocos meses que permanecí en la radio me vi obligado a complementar mis ingresos de inmigrante del Tercer Mudo con colaboraciones destinadas a varias publicaciones periódicas mexicanas y latinoamericanas.

No sé qué fue más grande: si el asombro o la humillación. Aparte de los años que había trabajado en una de las radiodifusoras internacionales de onda corta más importantes del mundo, yo era un escritor conocido, había obtenido uno de los premios literarios más importantes de Europa, creado por la misma Francia y, para colmo, había sido el propio gobierno francés el que me había invitado a colaborar en una de sus instituciones. Y ahora ese mismo gobierno me prohibía llevar a Francia a mi esposa y a mi hija antes de transcurrido un año.

Cuando le conté a mi esposa por teléfono, ella, profundamente herida, como yo, en su dignidad personal, me dijo que ella tenía un país, México, que era también el mío, y que regresaría a él antes de someterse a la vejación de salir cada tres meses de Francia para rogar que le renovaran la visa. Le di toda la razón, y me preparé a acompañarla. Mi sueño de vivir en París se había derrumbado. Había yo renunciado a la BBC y nuestra casa en Londres había sido ya vendida. Estaba en el aire. Lo único que podía hacer en esos momentos era repatriarme.

La sacudida que tuve no puede compararse por supuesto, en lo más mínimo, con el sufrimiento y la soledad de que han sido víctimas cientos de miles de trabajadores inmigrantes en Francia. Pero por unos días me invadieron el desaliento, la furia y la impotencia. Fue entonces que México nos salvó. El ministro en nuestra Embajada, Rafael Tovar, y el embajador, Jorge Castañeda, obtuvieron de nuestra Secretaría de Relaciones Exteriores un pasaporte diplomático para mi esposa, en calidad de trabajadora de la sede diplomática mexicana.

Se resolvió así la situación, pero sólo por unas semanas, durante las cuales comenzamos a planear nuestro regreso a México. Fue entonces que la Secretaría de Relaciones y la embajada de México me ofrecieron el cargo de consejero cultural. Tres año más tarde fui nombrado cónsul general en París. Nuestra estancia en esa ciudad se prolongó por siete años.

Ésta es, pues, la breve reseña de las tribulaciones sufridas en Francia por un ciudadano mexicano, escritor premiado y profesional de la radio, y del desprecio con el que las autoridades francesas trataron a ese ciudadano al que ellas mismas habían ofrecido un trabajo.

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