2/02/2014

Ella




Carlos Bonfil

Inteligencia artificial. Luego de las excelentes colaboraciones de Spike Jonze y su guionista Charlie Kaufman (El ladrón de orquídeas, ¿Quieres ser John Malkovich?), comedias del absurdo donde los personajes viven experiencias límite de enajenación, el realizador explora ahora, con un guión propio, la experiencia de Theodore Twombly (Joaquín Phoenix), un hombre enamorado de una joven (Scarlett Johanssen), de quien sólo conoce la voz.

Ella (Her) es una fantasía futurista ambientada en Los Ángeles y en Shanghai, lugares donde la realidad virtual se ha vuelto un fenómeno común integrado ya a la vida doméstica. La labor de Theodore, escritor público número 612, consiste en redactar cartas sentimentales para el sitio beautifullyhandwrittenletters.com, frecuentado por usuarios deseosos de establecer correspondencias más íntimas y artesanales en una época de despersonalización absoluta.

Cuando el escritor acepta formar parte de un ambicioso sistema operativo de inteligencia artificial que mediante agentes anónimos se ocupa de satisfacer las necesidades de cada individuo, se le asigna un corresponsal femenino (ese Ella impersonal que da título a la cinta), con quien podrá estar en contacto las 24 horas del día. El arquitecto de vidas sentimentales ajenas acepta así que una organización diseñe, organice y controle su vida diaria y de paso su propio universo afectivo. Una cámara minúscula instalada en la solapa de su saco y un potente audífono completan la integración interactiva de Theodore y ese interlocutor femenino de quien irá enamorándose con la ilusión creciente de vivir a lado suyo una pasión correspondida.

En 1986 el realizador italiano Marco Ferreri imaginó una fantasía similar, igualmente perturbadora, en la cinta I love you, estelarizada por Christophe Lambert. En ella un hombre se enamoraba de un llavero con la forma de un rostro femenino que respondía con un Te amo cada vez que el propietario silbaba en dirección suya. La infatuación del hombre por esa imagen fetiche de un ideal femenino inalcanzable, se volvía obsesiva y totalmente absurda. No menos absurda que algunas de las historias que años después elaboraría Spike Jonze, el inquieto realizador estadunidense de Donde viven los monstruos.

En Ella el fetiche femenino es una nueva construcción que participa de lleno del universo de las nuevas tecnologías y, en particular, de dispositivos como el IPhone y de redes sociales como Facebook o Twitter. A través de la dependencia de Theodore con Samantha o Ella, ese agente de sistemas operativos e interlocutor suyo que le brinda la ilusión de ser propietario único y destinatario exclusivo de todas sus atenciones, el realizador elabora un comentario ácido sobre las nuevas formas de enajenación que suscita y alimenta la modernidad tecnológica.

Ella es una comedia irónica con tintes surrealistas, cuyo melancólico protagonista descubre paulatinamente que la realidad virtual es preferible al mundo físico que le rodea. Incapaz de sostener una relación afectiva con un ser real (está en trámites de divorcio con su pareja), incapaz también de tener una relación sexual satisfactoria, su fantasía se vuelca hacia la posesión imposible de Samantha, ese robot sentimental invisible, de quien sólo escucha la voz y que satisface simultáneamente miles de solicitaciones similares a la suya y se enamora cientos de veces, con idéntica patente de exclusividad, de otros usuarios como él en un vasto sistema operativo.

¿Qué sucede cuando el llavero femenino en la cinta de Ferreri no responde ya al llamado del supuesto propietario único? ¿Se habrán agotado las pilas? ¿Se habrá puesto un punto final a la ilusión amorosa? ¿Qué sucede ahora cuando el Theodore de Ella no encuentra en las pantallas de sus dispositivos rastro alguno del objeto amado? ¿Tienen los teléfonos celulares y las computadoras una vida propia susceptible de darles la espalda a sus usuarios y condenarlos al naufragio existencial absoluto?

Evidentemente, Spike Jonze no ofrece en su comedia una respuesta a este asunto ni tampoco se plantea hacerlo. Expone, eso sí, una analogía interesante entre la dependencia amorosa y la dependencia a esas nuevas formas de comunicación interactiva que paradójicamente tienen la doble virtud de incomunicar a las personas y de sumir en la ansiedad total a los usuarios o a los amantes que súbitamente se ven privados de sus bondades. Theodore Twombly podría despertarse cada mañana con una mujer real, pero prefiere hacerlo con un dispositivo electrónico que instantáneamente lo comunica con un ideal femenino.

El riesgo evidente en esta apuesta es la inevitable obsolescencia de cada dispositivo nuevo. Condenado a vivir en consonancia con una modernidad siempre cambiante devoradora, jamás podrá permanecer fiel a sus primeros entusiasmos. Ella expone este dilema y describe de modo fascinante esta realidad aparentemente extraña y sin embargo cada vez más familiar e ineludible para todos nosotros.

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