2/07/2014

Legionarios, continuidad macielista


Sacerdocio y pederastia
Bernardo Barranco V.

La luna de miel del papa Francisco ha terminado. Todo el encanto de un religioso bien intencionado ha quedado atrás. Francisco tiene a corto plazo dos grandes desafíos que afrontar. El durísimo informe del Comité de los Derechos del Niño de la ONU, en Ginebra, y la renovación de los legionarios.

El papa Bergoglio tiene que adoptar decisiones que nos permitirán calibrar hasta dónde va a conducir a la Iglesia y el calado de las reformas que propone. Son un primer termómetro en el que podremos medir, más allá de los gestos, las palabras y los discursos. A casi un año de la renuncia del papa Benedicto XVI, las actitudes del nuevo papa Francisco habían hecho olvidar o matizar la profunda crisis de la Iglesia. El estilo más pastoral del Papa ha tenido una gran acogida en la sociedad secular mundial porque representa fundadas esperanzas de renovación de una Iglesia reticente a todo cambio. Una Iglesia encapsulada en letargos reacios de tradición, memoria y doctrina como ejes absolutos de su identidad, frente a la realidad contemporánea concebida como la decadencia de los valores y contaminada por el mal.

Sin embargo, a casi un año de pontificado, Francisco enfrenta intereses poderosos e inercias estructurales que conforman el modus operandi de las cúpulas eclesiásticas. De tal suerte que las reformas y nuevas actitudes que demanda son resistidas por los núcleos más conservadores y se provoca una profunda confrontación entre la misión y la institución.

El ejemplo más nítido de esta disyuntiva está en el proceso de los legionarios de Cristo. La elección en una asamblea capitular dominada por macielistas conservadores dio por resultado la elección del nuevo director general, Eduardo Robles Gil, también macielista. La novedad radica en que el Papa tardó 15 días en dar su aprobación e instruyó integrar en el consejo general a dos legionarios españoles de la corriente reformista: Jesús Villagrasa y Juan Sabadell.

El comunicado del capítulo general extraordinario de los legionarios es un texto político más que un mensaje evangélico. No hay novedades sustanciales en términos de contenidos, pero hay recovecos simuladores. Es notorio el deslinde respecto de Marcial Maciel, a quien le adjetivan muchísimos defectos, faltas y patologías. Pero lo dibujan como el asesino solitario que engañó a todos. El mensaje es claro: Maciel embromó y estafó a todos. Desde la nomenclatura legionaria hasta la propia cúpula del Vaticano.

Este enfoque es inaceptable porque el equipo más cercano de los legionarios conocía los detalles de su vida, bastaba seguir sus gastos. Sin embargo, lo arropó y hasta proveyó de la logística necesaria para que Maciel desarrollara su vida desenfrenada. Maciel es el Mario Aburto legionario en nuestra cultura política, un asesino sin nexos ni cómplices. Es el chivo expiatorio en la tradición abrahámica, es decir, el ritual religioso de sacrificar a un chivo macho para purificar las culpas de la comunidad. No sólo los Corcuera ni los Garza Sada ahí presentes en las deliberaciones debieron hacer un acto de contrición, sino también la propia curia vaticana a la que los legionarios sobornaban. Aquí hay silencio y omertà mafiosa. Los trabajos de Gianluigi Nuzzi y Jason Barry documentan plenamente la corrupción de la curia que explica el abrigo y benevolencia de pontífices como Juan Pablo II, quien llegó a expresar que Maciel era un ejemplo para la juventud. El propio Joseph Ratzinger, siguiendo los testimonios de Alberto Athié, siendo cardenal se plegó a la lógica del silencio que la ONU reprocha airadamente a la sede romana.

La cuestión más delicada del comunicado de diez puntos se refiere al carisma. El carisma en el sentido religioso es una gracia, un don especial que el Espíritu Santo dona para el bien de la Iglesia. Los fundadores de las órdenes religiosas son portadores de ese carisma, que marca el estilo, la misión y la identidad de la congregación. El texto legionario argumenta que quieren hacer una separación y ruptura entre el carisma y su fundador Maciel diciendo: los rasgos esenciales (de los legionarios) no tienen origen en la persona del fundador; son un don de Dios que la Iglesia acoge y aprueba, y que después vive en el instituto y en sus miembros. En otras palabras: el fundador, siendo incongruente, perverso y pecador, es capaz de fundar una comunidad religiosa sana. ¿Cómo es posible que Dios se sirva de hombres o mujeres corruptos e inmorales como Maciel para infundir el carisma de una obra divina? Esta tesis está inspirada en aquella entrevista que concedió Benedicto XVI a Peter Seewald, contenida en el libro Luz del Mundo 2010, en la que el Papa afirmó que Maciel era un misterio y una figura enigmática, porque siendo un personaje torcido edificó una comunidad religiosa sana. Es decir, un árbol podrido que produce generosos frutos. Con esta lógica se podría iniciar la beatificación de Carlos Slim u otros acaudalados magnates.

Las señales de la asamblea de los legionarios no son buenas. Los legionarios aparentan cambiar todo para que todo siga igual. Se atreven a insinuar que el papa y el Vaticano salvaron a la legión de su extinción. Por ello se entiende que, más que una refundación, hubo un rescate por parte de Roma. El problema de fondo es cómo reformar una estructura desde sus cimientos. No es un problema sólo de normas, sino de la cultura religiosa que está sustentada en el lucro y la eficiencia financiera. No hablamos sólo de la represión sicológica a que son sometidos sus miembros, reprochada por la ONU, sino de la pérdida de individualidad y libertad. Estamos frente a una corrupción interna y simulación, de doble moral y utilización del leguaje de la fe como lenguaje de negocios. En suma, cómo lograr que los legionarios dejen de ser una secta lucrativa pararreligiosa y convertirse en una orden que privilegia la salvación espiritual a la salvación material.

El perdón no basta, como tampoco reformas superficiales. Sin duda los legionarios son una prueba de fuego para el papa Francisco. Él tiene la última palabra.

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