5/10/2014

¿Avance en temas de género o letra muerta?

Promulgación de la ley del “piropo”

coteavello.wordpress.com

El 4 de febrero del año en curso, se dio a conocer por El Mostrador, parte del trabajo que el Observatorio Contra el Acoso Callejero de la Universidad de Chile, está realizando en torno a esta materia, bajo el titular: “Sociólogos chilenos luchan contra el acoso callejero que sufren las mujeres”[1] . En esta escueta columna, se abordan algunas nociones respecto a los tipos de acoso que sufren las mujeres en espacios públicos, los efectos psicológicos que estos les ocasionan, algunos análisis someros en cuanto a las implicancias politico-culturales de género y la necesidad de legislar en torno a esta problemática; junto a algunos esbozos acerca de los avances de investigación del centro y su trabajo publicitario en su página de facebook.

Previo a esto, Chilevisión exhibió en su noticiero una nota periodística para dar a conocer la propuesta del observatorio, que en su versión online figura con el título: “La insólita campaña pretende censurar los clásicos piropos callejeros”[2]. En ella, se comenta en tono pseudo-jocoso acerca de la iniciativa, señalándola como una campaña que surge de las redes sociales y que es seguida por “unas 7.000 fanáticas”, mencionando al observatorio y mostrando fragmentos de entrevistas a sus profesionales, sin señalar su carácter investigativo o procedencia. Por otro lado, la mayor parte de la nota se centra en la opinión de mujeres acerca de cómo reaccionan frente al piropo, de hombres acerca de si los efectúan y cuáles, mientras la cámara se aboca a mostrar traseros de mujeres.

Como era de esperarse, estas incursiones en los medios de comunicación, acerca de lo que parece ser una propuesta de investigación seria, ha redundado en simplificaciones y reforzamiento de estereotipos culturales que poco aportan a un debate necesario e indefinidamente postergado, tanto por los mismos medios, como por los distintos agentes que intervienen directamente en la posibilidad concreta de su legislación. Más aún, ha levantado una serie de reacciones desinformadas y motivadas principalmente por los mismos viejos patrones culturales nocivos que promueve el patriarcado y que caracteriza a nuestra sociedad machista. Pero, antes de tomar posición y re-accionar, sería interesante repasar algunos antecedentes, hacernos algunas preguntas y reflexionar en torno a un tema de tal envergadura, sobre todo, en vistas de su posible entrada en el espacio de la legislación.

1. Orientación de prácticas de género en Chile, en base a patrones culturales heredados del colonialismo.

Chile, como ex colonia del país de la contrarreforma católica, aún en su hibridación cultural, expresa en sus lógicas anquilosadas como imperativos del sentido común, aquellos “valores” impuestos desde su herencia judeocristiana. En ellos, es posible distinguir entre la mujer santa y la mujer puta [3] como aquellos prototipos escindidos por la diferencia de comportamiento sexual, consistente en la negación religiosa del placer femenino en virtud de la procreación, la fidelidad y el abocamiento a las labores domésticas para el primer caso; y la vida promiscua o “licenciosa” que se vuelca hacia diversos intereses por fuera del hogar y la protección masculina, en el segundo. Ante los cuales, el hombre encuentra el modo de circunscribir a cada mujer un determinado rol al interior de la familia, las relaciones de intercambio sexual y las jerarquizaciones morales al interior de la sociedad como un todo, gozando a su vez de esta distinción, al poder relacionarse con ambas de distinto modo, a decir, “la mujer para casarse y la mujer para pasarlo bien”.

Por otra parte, esta construcción social en base a distinción de roles por género, es protegida, fomentada y consolidad por el Estado y sus instituciones, que administran el cuerpo, la sexualidad, la reproducción y las conductas generales de los individuos [4], mediante leyes y estatutos basados en las lógicas patriarcales y de la “razón de Estado” [5]
Esta distinción implica de base una apropiación/cosificación del cuerpo y la sexualidad de la mujer, que es administrada por un orden patriarcal. Y es justamente ahí, en el cuerpo, donde se ejerce y suministra la primera violencia de género. Así, el traspaso de la mujer desde el seno familiar hacia el futuro marido, la exigencia de la virginidad, las cláusulas de obediencia y exclusividad sexual en el matrimonio, el valor fundamental de la maternidad, la discriminación hacia la mujer en el trabajo y la vida pública, y la circunscripción en la esfera del oikos, forman parte de una cara de la moneda de esta violencia que, preponderantemente, lleva asociada la idea de protección masculina y sumisión femenina. La otra cara, aquella que en el presente adquiere connotaciones de corte delictivo, se expresa con una serie de acciones violentas que también se ejercen en el cuerpo, pero en el cuerpo de la mujer que queda fuera del círculo de protección masculina, el cuerpo que como cosa administrada por el orden patriarcal no se encuentra bajo la protección de un dueño.

De este modo, toda forma de violación de la intimidad de ese cuerpo redunda en formas más o menos aceptadas de su administración y en una distribución de “culpas” en torno a los comportamientos por parte de la misma mujer que “los provocaría”. Por lo tanto, en la cultura patriarcal el hombre viola, mata, intimida, golpea, coacciona, insulta, menoscaba, anula y agrede de múltiples formas a la mujer, pero lo hace, principalmente, porque se considera con un cierto derecho y poder para hacerlo, que le serían otorgados por una condición de superioridad inculcada culturalmente, por las distintas instituciones que conforman su desarrollo humano, partiendo por la familia; del mismo modo que la mujer aprende a asumir un rol secundario respecto de este, participando muchas veces en la justificación de la violencia de género ejercida contra ella misma u otras mujeres, y a reproducir este tipo de orden socialmente establecido en las nuevas generaciones.

Desde esta perspectiva, nada raro resulta, que un hombre luego de matar a su esposa, declare “la maté porque era mía” o que otro, luego de haber violado a una transeúnte, justifique su acto con un “ella se lo buscó” o “ella lo provocó”: Por andar sola, en determinado lugar, a determinada hora o con determinada vestimenta. Predomina en el primer razonamiento la idea de la mujer como cosa y como propiedad masculina, y en el segundo, la noción de que dicha mujer debería haber estado en su casa, cuidando a su familia y protegida por algún hombre, y que de no hacerlo, se expone para ser tomada como objeto, como cosa, por cualquier hombre a falta de un dueño que la reclame. Bajo esta lógica, aquello que conocemos como “hacerse respetar”, es decir, la subordinación que supone asumir los comportamientos asignados para el género, es lo que marcaría la diferencia entre ser un objeto merecedor de protección, o uno que queda a merced del deseo masculino en su faceta más depredadora.

2. Construcción de la mujer como objeto del deseo masculino en la publicidad.

Si, bajo esta concepción secundarizada e inferiorizada de la mujer, la distribución de roles se establece desde la primera infancia, reforzando en las niñas su cosificación al enseñarles que sus cualidades radican en la capacidad que ellas tengan de lucirse como adornos, ensalzando su belleza, modales, laboriosidad doméstica y conductas dependientes y mimadas, mientras que en los niños, se refuerza su posición de dominio enseñándoles a mandar, incrementar su creatividad, resolver problemas, administrar espacios de libertad y competencia; la irrupción de la publicidad en la construcción de las subjetividades agudiza el problema.

Por una parte, los estereotipos de belleza y femineidad adquieren una consistencia definitorias para la percepción del espectador, revistiendo de un cierto halo de aprobación a las mujeres que se ajustan al canon, y de fracaso a aquellas que se comportan y/o se presentan ante la vista del sujeto masculino bajo otras características estéticas. De este modo, aumenta exponencialmente para la generalidad de las mujeres, una necesidad socialmente creada de transformarse a sí mismas, en busca de dicha aprobación. La moda, el control del peso, el maquillaje, la depilación, los tacones, las tinturas u otros elementos de transformación hacia ese ideal, se masifican y se homogeneízan en su uso, diluyendo su carácter de artificialidad, e invisivilizando los nocivos efectos que en la autopercepción como sujetos, puedan tener las propias mujeres.

Por otra, como motor del capitalismo y con mayor fuerza bajo lógicas neoliberales, la publicidad se orienta a la producción de nuevas e infinitas necesidades, y deseos de consumo. Bajo esta premisa, adopta estratégicamente la creación de necesidades orientadas a un público masculino, bajo la forma de una imbricación entre un determinado producto y una mujer estereotipada, donde el cuerpo de la mujer, finalmente es una cosa a obtener al igual que el producto junto al cual esta mujer posa. Lo que constituye, un tipo de violencia simbólica[6], que induce a la construcción de una subjetividad masculina orientada a la autosatisfacción inmediata, el éxito y la depredación, propios de un ideario del macho. Si a esto, se agrega el incremento de una sobresexualización de los contenidos que se promueven en los medios de comunicación y que modelan la cultura de masas, los resultados no debieran causar sorpresa.

Para justificar la agresión sexual hacia las mujeres, en sus distintas formas, tanto hombres como mujeres, esgrimen argumentos que se enmarcan en la crítica a los mismos comportamientos que han sido promovidos y construidos socialmente, y que han quedado naturalizados como propios de cada uno de los géneros: “Pero si andaba con un pantalón tan apretado, anda buscando que le agarren el poto”, “Las escolares se ponen las faldas del uniforme cada vez más cortas, ¿Que esperan? Los hombres no son de fierro”, “Les gusta andar provocativas y después se quejan de que les griten cosas en la calle”.

3. La tradición del piropo como parte de la cultura de la violación.

En Chile, cómo en muchos lugares del mundo, se ha establecido una tradición en torno al ejercicio del, así llamado, piropo, que consiste en un halago que realiza un hombre a una mujer, en relación a su cuerpo (belleza, formas, atractivo, etc.) y aunque también, algunas mujeres, realizan su equivalente hacia hombres, la tendencia es que se mantenga la preponderancia y masividad del primero. Conocido y valorado como parte de la cultura tradicional, es que los trabajadores de la construcción, armados de su ingenio, elaboren y vociferen, toda clase de piropos a las transeúntes. Estos van desde “a San Pedro se le quedaron las puertas del cielo abierta, que se le están escapando los angelitos”, hasta, “mijita, le daría naranja y le chuparía el potito hasta sacarle Fanta”. Aunque, tampoco es un ejercicio exclusivo de un determinado rubro, ya que se presenta como una expresión cotidiana en el espacio público, por parte de una considerable y abrumadora cantidad de hombres.
El repertorio es amplio [7], pero también conocido para las mujeres que se ven obligadas a escucharlos a diario, por cuanto no depende de su voluntad. Especialmente, cuando son muy jóvenes y menores de edad. El piropo se expresa como un manoseo verbal de ese objeto de deseo masculino que constituye el cuerpo de la mujer y que abarca desde un manoseo virtual, en la apropiación simbólica de ese cuerpo ajeno y desconocido, a partir de su descripción; hasta la violación virtual, que se expresa en la enunciación de los actos sexuales que la imaginería masculina evoca, como posibilidad, sobre este cuerpo en tanto objeto, sin mediar consentimiento. En este sentido, todas las formas de acoso callejero, incluyendo el piropo, son prácticas indisociables de una cultura misógina [8].

Sin duda, la larga data de esta tradición y el disfrute asociado al sentido del humor que se expresa bajo su elaboración de doble sentido, contribuye a que muchos hombres, no se cuestionen el carácter violento y misógino de su ejercicio. Del mismo modo que la naturalización del estatus decorativo de la mujer, redunda en que muchas de ellas, al concebirse a sí mismas como tal, lo consideren un halago que refuerza su valor en el mercado del intercambio sexual, permaneciendo inconscientes del ejercicio de dominación de género y denigración que se materializa en dicho accionar violento. Lo que, en ningún caso, equivale a reafirmar que estas legitimaciones sociales deban sostenerse en el tiempo o considerarse como valorables [9].

Por otra parte, es indispensable considerar la delgada línea que separa el piropo, de otras formas de violencia sexual, ejercida hacia las mujeres en espacios públicos; y que, por una parte, muchas veces van de la mano, y por otra, son difíciles de prevenir y demostrar. Algunos ejemplos son: el acercamiento insinuante hacia el cuerpo de la mujer (piropear al oído, acercar la cara con la vista al escote, acercar las manos amenazando con tocar, etc.), agarrones, manoseos, “punteos”, refregadas de la zona genital masculina en el cuerpo de la mujer, exhibición del pene y/o masturbación, incluso hasta eyacular encima de la mujer o niña, entre otros. Lo que, ciertamente, complejiza esta problemática.

4. El acoso sexual callejero en Chile, expresado en datos.

Lamentablemente, en Chile estamos muy atrasados en esta materia. Si bien, existen estadísticas en torno a diversas formas de violencia ejercidas hacia la mujer [10], e informes que incluyen recomendaciones de organismos internacionales en torno al tema; estos, se centran principalmente en: El abuso sexual y la violación, la violencia de género en el ámbito laboral que incluye el acoso sexual y la violencia intrafamiliar, poniendo mayor énfasis, en el así denominado femicidio. Otro aspecto de violencia sexual en contra de mujeres, que comenzó a considerarse, es abordado por el informe de INDH, en torno a los abusos sexuales a niñas y mujeres estudiantes, efectuados por miembros de carabineros, en los procesos de detención en manifestaciones [11]. Lo que, en suma, deja en un terreno ambiguo cualquier lectura cuantificada posible, acerca de todas las otras formas de violencia sexual, ejercida hacia las mujeres y niñas; especialmente, quedando invisibilizadas, aquellas que se ejercen en el espacio público, ya sea: Transporte, edificaciones, áreas verdes o vías.

En este sentido, los aportes generados a partir de la iniciativa del Observatorio contra el acoso callejero, por parte de un grupo de investigadores de la Universidad de Chile, resultan indispensables [12]. “Vivir libres de violencia significa mucho más que no vivenciar golpes, humillaciones, violaciones y control abusivo en el cotidiano de la relación de pareja. Implica recuperar el estatus de ciudadanía sin recortes ni opacidades, escapar del miedo y la ansiedad, dejar el lugar de lo ambiguo e instalarse con autonomía en los distintos ámbitos de la vida en sociedad.”[13]

5. En perspectivas de legislar.
Legislar en torno al tema, es indispensable. El asunto es ¿Cómo contribuir a la concreción de una ley que sea efectiva y que aborde el tema de la mejor forma posible? El riesgo de promover una ley contra el piropo, o incluso contra el acoso callejero, es alto, por tres razones. Primero, porque una vez establecida la ley, las posibilidades de legislar acerca del tema desde una perspectiva más global o amplia, se ven obstaculizadas. Ejemplo: “Ley antidiscriminación de género”, que entre uno de sus apartados, aborde la violencia sexual callejera hacia la mujer. Segundo, porque una ley reducida a “esa” forma específica de violencia, que ya sabemos naturalizada, corre serios riesgos de banalizarse, “farandulizarse”, y convertirse, a falta de un marco comprensivo mayor en el que se inserte, en una ley considerada como poco seria y que, por lo tanto, tienda a ser más burlada que otras, en forma socialmente legitimada. Y, tercero, porque la elaboración de esta sola ley, sin un marco legal más amplio en el que se inscriba, podría tender a una muy baja aplicabilidad, debido a las enormes dificultades para la denuncia, seguimiento y captura del agresor; junto a la mayor dificultad para la comprobación de los hechos.

Una campaña que pretenda influir para que se legisle en torno al tema, debería apuntar con la mayor cantidad de sus dardos (aunque sin dejar de lado la sanción de sus ejecutores), a los contenidos emitidos por los medios de comunicación y los contenidos de los discursos enunciados por figuras públicas y de la así mal-auto-denominada clase política; que son los que principalmente modelan la cultura de masas y refuerzan un tipo de comportamiento u otro. Sin este horizonte, como pilar de las transformaciones en las relaciones de género, con vistas al respeto, la autonomía y los derechos, difícilmente, una ley contra el piropo o el acoso callejero, impedirá que 7 de cada 10 mujeres, la mayoría de ellas menores de edad, tenga que enfrentar esta violencia. Lo que, probablemente, la convierta en otra ley muerta.

Por lo pronto, es deber de cada ciudadano, informarse, debatir con otros y considerar distintas posturas frente al tema, para comprenderlo en profundidad. Sería recomendable que los hombres le preguntaran a mujeres de su confianza, por su experiencia en torno al tema y sus apreciaciones; es probable que se sorprendan. También, que se preguntaran a sí mismos, la razón que los mueve a actuar de una determinada forma frente al cuerpo de una mujer desconocida. Al mismo tiempo, que las mujeres indagaran en su fuero interno, acerca de si aquello que recepcionan como un piropo y un halago, es algo que refuerza su autoestima y autovaloración, o es algo que más bien, les demuestra que no los tienen. Así, el trabajo que queda para las mismas mujeres, es contrastar, si a lo que ellas debieran apuntar, es a “hacerse respetar” o a respetarse a sí mismas, que son cosas muy distintas.

Referencias.
[3] Muchembled, Robert. “El orgasmo en occidente. Una historia del placer desde el siglo XVI hasta nuestros días.” Fondo de cultura económica.

[4] Foucault, Michel. (1988) “Historia de la sexualidad I. La voluntad de saber. Siglo XXI Editores. México.

[5] Foucault, Michel. (2010) “El nacimiento de la biopolítica” Fondo de Cultura Económica. Buenos Aires, Argentina.
[7] Como muestra, una producción musical chilena, donde se exhibe un nutrido repertorio de piropos 
[8] callejeros. http://www.youtube.com/watch?v=76dAvJxPYQc 
Carías, Adelay. (2011)”Violencia contra las mujeres y misoginia: Una relación indisoluble. Un estudio sobre la misoginia en los espacios físicos públicos” Centro de derechos de mujeres CDM Tegucigalpa, Honduras.

[10] Torres E, Carmen. “Informe monográfico 2007-2012 Violencia de género en Chile. Observatorio de Equidad de Género en Salud (OEGS)”
.
[11] Coddou, Alberto. Informe anual sobre Derechos Humanos en Chile. 2012. Editorial Universidad Diego Portales. Santiago, Chile.

[13] Torres E, Carmen. “Informe monográfico 2007-2012 Violencia de género en Chile. Observatorio de Equidad de Género en Salud (OEGS)” Pág. 23.

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