En la mina de oro de Kadumwa, situada en la República
Democrática del Congo, las mujeres tratan de conseguir el control de
algunos pozos de mineral, normalmente en manos de hombres, para lograr
mejores condiciones en un sistema de explotación sistemática.

Mina artesanal de oro Kadumwa, en Luhwindja, República Democrática del Congo. | Foto: Teresa Villaverde
“Todas las mañanas, si tengo dos dólares, voy a donde están los
chicos que bajan a la mina a extraer las piedras, las compro y luego las
lavo y pico. Pero es un juego de azar. Puede que haya un poco de oro y,
entonces, puedes ganar entre tres y cuatro dólares. Vendo ese oro y así
puedo pagar el alquiler y la vida de mis hijos”, cuenta Yoel. No quiere
dar su apellido.
Está sentada junto a un balde con arena en el camino que baja a la
mina de oro Kadumwa, en la zona de Luhwindja, provincia de Kivu Sur, en
la República Democrática del Congo. El país es un lugar estratégico para las grandes mineras, ya que tiene oro, diamantes, estaño y tantalio, además del 50 por ciento de las reservas mundiales de cobalto y entre el 70 y el 80 por ciento del coltán, el mineral con el que se fabrican los móviles y los ordenadores. La
disputa por el control de estos minerales ha provocado que, una vez
terminada la guerra civil que tuvo lugar entre 1996 y 2003, la violencia
haya continuado a manos de grupos armados y escisiones del Ejército. El conflicto se perpetúa con la connivencia del Gobierno del país y de las grandes empresas, normalmente occidentales y chinas.
Yoel llegó a esta zona hace cinco años con su marido militar que
“murió en el campo de batalla”. “Desde entonces me quedé sin medios para
subsistir [el Gobierno no da manutención a las viudas de los soldados] y
por eso trabajo en la mina”, añade. Tiene cuatro criaturas. Detrás de
ella, mientras habla, escuchan varios de sus jefes, miembros del comité
de dirección, cuya presencia contrasta frente al resto de gente. Llevan
traje y zapatos. Y camisas blancas impolutas. Ignorando esta vigilancia,
Yoel reconoce que, aunque vive mejor que cuando trabajaba en canteras
de obras transportando materiales a la espalda, es un lugar duro. “No
tengo buena salud. Picando y lavando piedras me estropeo las manos, la
piel y la espalda, porque estamos muchísimas horas trabajando. Hay días
en que no encuentro oro y pierdo el dinero que he invertido. Y muchas
veces, como nosotras no sabemos si los hombres han encontrado oro o no,
tenemos que fiarnos de que lo que nos dicen. A veces nos estafan. Dicen
que no hay nada cuando en realidad hay”, concluye.

Yoel en el camino, hablando con periodistas de AFEM. | Foto: Teresa Villaverde
Se refiere a una creencia popular según la cual las mujeres no pueden
entrar en el agujero de la mina ni pasar cerca de los accesos porque su
presencia hace que desaparezca el mineral. Esta superstición es, en
realidad, en una forma de robo. Al prohibirles bajar a la tierra y
comprobar ellas mismas las vetas, en muchos casos son estafadas.
Entonces, compran la piedra que los hombres sacan y ellos, además, les
suelen ayudar a picarla para transformarla en arena y buscar el mineral.
“A veces los chicos jóvenes que las ayudan les mienten y les dicen que
no hay nada”, cuenta Sifa, coordinadora de las mujeres que trabajan en
la mina de Kadumwa que también quiere presentarse solo con su nombre.
Ella, como Yoel y la mayoría de las mujeres que trabajan en la mina, es
desplazada. Tiene siete criaturas. Cuenta que los motivos para migrar
suelen ser porque el marido ha abandonado a la familia o son viudas y
necesitan medios de vida.
Sifa habla seria y despacio. No se ha sentado en una esquina del
camino como su compañera. Permanece en pie. No solo coordina a las
mujeres, forma parte del comité de dirección y tiene un pozo de oro. Lo
cuenta con la postura humilde pero firme, también delante de sus jefes.
Sifa, gracias también al trabajo que realiza en esta la zona AFEM
(Association des Femmes des Médias, Asociación de las Mujeres en los
Medios, en castellano), es parte de una pequeña revolución en el sistema
minero de Kadumwa.

Sifa
es propietaria de un pozo de mineral, coordinadora de las mujeres de la
mina y miembra del comité de dirección. | Foto: Teresa Villaverde
En la zona alta que rodea al agujero hay casas y alguna tienda, pero
no todo el mundo vive ahí. Algunas personas, hombres, mujeres y
criaturas que viven de la mina, tienen sus hogares repartidos en casetas
en torno a los puntos de extracción. Hay cosas que no pueden
transmitirse en una foto. Ni en un vídeo. El olor, lo resbaladizo que es
el suelo húmedo que atraviesa la mina y por el que las mujeres pasan en
chanclas cargando baldes con arena y piedras. La estrechez del camino.
La humedad del ambiente y de las casas, construidas con maderas y techos
de metal, pero sin suelo, por lo que la gente vive sobre el barrizal.
La tensión del ambiente. La hostilidad abierta de algunas expresiones
frente un grupo de periodistas blancas que están visitando la zona. Pero
también la alegría de otras, el orgullo de las mujeres que quieren
hablar de su trabajo y denunciar sus condiciones. El cielo se está
oscureciendo y empieza a caer alguna gota. Cuando llueve en República
Democrática lo hace sobre el barro. Esto significa que, si te quedas en
la mina cuando empieza a llover, es probable que no puedas salir en un
buen rato. Al menos hasta que el terreno se seque y deje de ser tan
resbaladizo. Esto obliga a la comitiva, hombres de traje, paracaidistas
blancas y currelas, a subir al pueblo, a la zona alta, antes de lo
previsto.
La mano de obra esclava que suple la falta de maquinaria
Kadumwa es una mina de oro artesanal, es decir, la falta de
maquinaria se suple con mano de obra. Podríamos añadir, además, que la
mano de obra con peores condiciones es la de las mujeres, como suele
pasar en los sistemas mineros.
En la misma zona se encuentra la minera canadiense Banro, industrial.
La diferencia entre un tipo de mina y otra, además de la maquinaria,
suele ser también por el tipo de propiedad.
Las mineras de las grandes empresas occidentales suelen realizar la
fase de exploración, más cara, y una vez que encuentran una zona de
minerales, tienen derecho a su explotación. A partir de ahí, el truco
está en subcontratar filiales, que suelen ser chinas y que no entran en
tratados internacionales, lo que les permite ser más laxas en cuanto a
derechos laborales. Además, el entramado de empresas dificulta saber
quién es la persona responsable cuando se dan –y se dan todo el tiempo–
condiciones de explotación.

Un grupo de trabajo descansa en la mina de oro de Kadumwa. | Foto: Teresa Villaverde
Algunas de estas zonas exploradas y explotadas por grandes mineras
pueden quedar abandonadas porque ya no son tan rentables. Es entonces
cuando las comunidades se acercan para extraer los minerales de esas
zonas de forma artesanal. “Nuestro comité ha sido elegido por la
comunidad”, asegura Amos Mirindi, jefe del comité de dirección de
Kadumwa. “Una de las ventajas de esta mina es que no está controlada por
grupos armados”, afirma en otro momento. “Oficialmente no hay minas
controladas por grupos armados, pero, aunque no se diga, estos llevan la
propiedad y venta de muchas de esas minas”, asegura Justine Masika,
presidenta de la asociación Synergie des femmes pour les victimes de
violences sexuelles (Sinergia de mujeres por las víctimas de las
violencias sexuales), situada en Kivu Norte, otra de las provincias del
país. En esa zona el conflicto congoleño está más activo. Allí operan
alrededor de 150 grupos armados y el Gobierno provincial suele
establecer toques de queda amparándose en la inestabilidad. En el último
mes de febrero, la hora obligatoria para estar en casa eran las diez de
la noche. Muchas de las mujeres que llegan a Kadumwa lo hacen, de
hecho, como desplazadas desde la provincia de Kivu Norte.
En la ruta que atraviesa las casas y da acceso a los agujeros hay
varias zonas con agua. Un chico mete la mano y saca arena. Entre sus
dedos se ve una viruta mínima de oro. La empresa minera que explotó con
maquinaria industrial este terreno antes de abandonarlo perforó la
tierra, creando unos agujeros por los que el agua se filtra y se
contamina. La falta de agua potable accesible es uno de los problemas
básicos de esta mina y conseguirla se ha convertido en un trabajo típico
de las mujeres. Cuando no tienen dinero para comprar piedra a los
mineros, se desplazan cargando bidones amarillos de agua. Necesitan
transportar 20 bidones al día para conseguir el dinero mínimo con el que
alimentar a su prole.
“En Kadumwa solo hay una fuente y todas las personas van ahí. Las
mujeres suelen disputar el agua con hombres jóvenes y hay peleas. Hace
dos días una mujer se cayó, se rompió una pierna y está en el hospital.
Para las mujeres con criaturas esto es un gran problema. Esta ausencia
de agua limpia y de acceso al agua provoca infecciones, granos, heridas
en la piel, infecciones en los genitales, alergias. Cada vez son más
frecuentes estas infecciones en las mujeres y se están desarrollando en
los niños y niñas”, dice Sifa.
El control de los pozos, un logro estratégico
Llueve con mucha fuerza y el agua da golpes contra la tejavana del
habitáculo de cemento situado en el pueblo, encima de la mina. En el
espacio hay varias sillas. A un lado, las mujeres blancas, acompañadas
de alguna integrante de AFEM que traduce del suajili al francés. En
frente, media fila está ocupada por el jefe del comité de dirección de
Kadumwa, Amos Mirindi, rodeado de otros hombres; la otra mitad la ocupan
Sifa y sus compañeras. En las filas de detrás se agrupan otros mineros y
mineras.
Sifa forma parte del comité de dirección, integrado por siete hombres
y tres mujeres: una encargada de las mujeres, una presidenta de madres y
una encargada de sensibilización de las mujeres. En esta zona minera
hay unas 5250 personas, de ellas, mil son mujeres. En Kadumwa, en
concreto, son 125. “Hay 200 pozos en total en toda la zona”, dice
Mirindi, “cuatro de ellos liderados por mujeres”. Sifa niega con la
cabeza: “Solo dos”. “Para tener un pozo en propiedad es necesario tener
3.000 dólares y las mujeres no los suelen tener. Además, muchos hombres
piensan que no estamos hechas para ser propietarias, que va en contra de
nuestra naturaleza y que deberíamos trabajar en el campo”, continúa
ella. Incluso siendo propietaria, se encuentran en situaciones
desigualdad. Está obligada a tener un asistente hombre al que paga a
diario, salga o no mineral que vender. El asistente es quien entra en el
agujero: “En ese momento pierdes el control de la mina, porque no sabes
en qué han estado trabajando los hombres dentro y qué han conseguido”.
Este asistente es también quien la representa en reuniones con hombres,
porque no quieren hablar con la dirigente.
El rol clásico de las mujeres en la mina era de trabajo en el pequeño
comercio que rodea a la extracción, ejerciendo la prostitución,
cosiendo la ropa de los hombres, limpiando, cocinando para ellos, al
servicio de los mineros. Pero ya no. O no solo. “Tener un pozo en
propiedad está rompiendo estereotipos contra las mujeres y, además,
trabajo por romperlos. Apuesto por que las mujeres trabajen en mi pozo.
Cuando se está construyendo un agujero demuestro que, si pasamos, no
desaparecen los minerales”, explica Sifa. A pesar de que ellas no pueden
bajar, Sifa obliga a los hombres que trabajan con ella a repartir las
piedras de forma justa: “Les digo que es importante que las mujeres
también encuentren minerales, porque esto supone transformar las
dinámicas en la mina”.

Yoel y otra minera cargando un bidón de agua. | Foto: Teresa Villaverde
La organización de las mujeres en la mina de Kadumwa va más allá y lo
ven como un éxito para mujeres y madres. Según cuentan, cuando la
propietaria del pozo es una mujer se solidarizan entre ellas y se
apoyan. Por ejemplo, si un hijo o hija está enferma y la madre no puede
ir a trabajar, las mineras reservan algo de dinero para las medicinas.
“Queremos que el número de mujeres propietarias aumente porque
entendemos nuestras necesidades y tenemos otra manera de trabajar”,
asegura Sifa.
El control de algún contribuye a mejorar la posición de poder de las
mineras, pero la prostitución sigue siendo uno de los trabajos más
extendido entre las mujeres. “Hay un grupo de salud dentro del comité
que enseña a las mujeres a protegerse, les dan condones y cuando lo
necesitan les dirigen y facilitan el acceso al centro de salud más
cercano”, dice Mirindi. En la misma fila de sillas, junto a Sifa, hay
otra mujer. Es la otra propietaria. Quiere hablar, pero Mirindi continúa
antes de que se presente: “Aquí respetamos el código minero. Cuando las
mujeres llegan vemos si están embarazadas, si están embarazadas no
trabajan”. Una mujer se revuelve en una de las filas de detrás y se
acerca a una de las periodistas para susurrar, mientras el jefe habla:
“¿Entiendes francés?”. “Algo”, responde. La minera está molesta porque
el jefe no ha dejado hablar a su compañera, la otra propietaria: “Todo
lo que dice es mentira”, dice señalando a Mirindi, “no se miran las
infecciones y las mujeres embarazadas trabajan”.