4/23/2022

‘Sola, borracha, quiero llegar a casa’ o cómo el alcohol se utiliza para abusar sexualmente de las mujeres (y nos parece normal)

 Abuso & Violencia sexual

Fuentes: https://www.eldiario.es/

Las palabras del streamer El Xokas ejemplifican qué es la cultura de la violación: “El conjunto de pensamientos, creencias y actitudes que fomentan y justifican la violencia sexual masculina contra las mujeres”.


‘Sola, borracha, quiero llegar a casa’. El lema fue uno de los más repetidos por las miles de mujeres que acudieron a las manifestaciones de apoyo a la superviviente de la violación múltiple de ‘la manada’ y puede escucharse en cualquier 8M. La premisa es esta: las mujeres queremos llegar sanas y salvas a nuestras casas, sin que ningún hombre se crea con el derecho de increparnos, seguirnos, agredirnos, tocarnos. Tampoco si hay alcohol de por medio. Llegar sola y borracha a casa es el grito contra esa idea tan asumida de que emborrachar a una mujer o aprovechar que está borracha para abordarla sexualmente es una estrategia legítima.

Es justo la idea que el streamer El Xokas, seguido por cerca de un millón de personas, soltó sin complejos en una de sus últimas retransmisiones en directo. El Xokas contaba cómo, cuando salían, sus amigos se mantenían sobrios y se acercaban a chicas bebidas para ligar y “llevarse a pibas que estaban colocadas”. “Una tía que generalmente te vería como un cuatro te ve como un siete porque está colocada. Entonces es mucho más fácil. Tú encima estás sereno, mides perfectamente tus palabras… ¡Chupado! (…) Él bebía unos zumitos y a tomar por el culo. Salía con nosotros y se iba con una piba siempre. Un crack, un fuera de serie, la verdad. A río revuelto, ganancia de pescadores. Cada uno que utilice la técnica que le salga de los cojones, me parece de puta madre”, decía a modo de chascarrillo en unas declaraciones que se volvieron virales este martes.

“Es esa idea de salir a cazar”, resume Mariti Pereira, portavoz de la Federación de Asociaciones de Asistencia a Víctimas de Violencia Sexual y de Género (Famuvi). Una idea de caza en la que el estereotipo marca a los hombres como depredadores insaciables dispuestos a utilizar cualquier táctica y a las mujeres como objetos que deben tener cuidado. “La mujer se concibe como un mero objeto que se manipula como se quiere y si está bebida pues mejor porque es más fácil manipularla. Es una estrategia muy asumida desde hace muchísimo tiempo”, continúa.

La anécdota de El Xokas, las estrategias de sus amigos y la aprobación del resto, y lo extendido de ese ‘invitar a copas’ para intentar conseguir sexo o aprovecharse de que una mujer va borracha o drogada son parte de la llamada cultura de la violación. “Este caso ejemplifica muy bien el entramado de esta cultura de la violación. Es un conjunto de pensamientos, creencias y actitudes que fomentan y justifican la violencia sexual masculina contra las mujeres”, explica la experta en violencia sexual Bárbara Tardón. Si esta cultura se mantiene y perpetúa es precisamente porque, como en este caso, muchos de estos comportamientos están normalizados y pasan incluso desapercibidos.

La objetivación de los cuerpos de las mujeres, usar un lenguaje misógino, la ridiculización de la violencia y su gravedad o la erotización de la propia agresión son factores que sostienen esta cultura de la violación y que también están presentes en esta ocasión. “Y un elemento central y que aparece en este caso es la denostación y la falta de empatía hacia las mujeres. Yo hablo de una deshumanización de las mujeres entendidas como objetos de uso para satisfacer el poder y el placer sexual”, añade Tardón. 

Culpa

La experiencia de expertas y asociaciones permite saber que, además, cuando una mujer ha sufrido algún abuso o agresión y ella había bebido o se había drogado voluntariamente, aparece la culpa con aún más fuerza. “La culpa aumenta, lo veo desde mi trabajo cotidiano con víctimas. Mucha gente todavía va a cuestionar que si estaba bebida quizá se merecía lo que le pasó, está la carga de culpa porque se sigue sosteniendo esa idea de que nosotras hemos favorecido esa situación”, dice Mariti Pereira. Hasta tal punto llega la culpa que en la mayor parte de ocasiones las mujeres no ponen denuncias, asegura, porque se consideran responsables de lo que les ha sucedido “y acaban encerrándose en casa entre cuatro paredes”. 

“El alcohol ha sido siempre la excusa perfecta para la impunidad de los agresores y para responsabilizar a las mujeres de la agresión sexual”, explica la experta Bárbara Tardón. Y recuerda: “El responsable nunca es el alcohol sino, siempre, el agresor que decide cometer ese hecho”.

Fuente: https://www.eldiario.es/sociedad/sola-borracha-quiero-llegar-casa-alcohol-utiliza-abusar-sexualmente-mujeres-parece-normal_1_8911287.html

Mujeres indígenas de México responden unidas a la desigualdad

 snoticias.net

Emilio Godoy

UAYMA, México – Los martes cada dos semanas, a las 5:00 en punto de la tarde, un grupo de 26 mujeres mexicanas se reúne durante una hora para discutir el avance de su trabajo y las tareas inmediatas. Las impuntuales deben pagar una multa de unos 25 centavos de dólar.

El colectivo se ha organizado en el municipio de Uayma (Aquí No, en lengua maya), para aprender prácticas agroecológicas, así como a ahorrar y producir alimentos para el consumo familiar y la venta de excedentes.

“Tenemos que ser responsables. Con el ahorro se puede hacer un poco más”, aseguró a IPS la  maya María Petul, casada, madre de dos niños e integrante del grupo “Lool beh” (Flor del camino, en maya), en este municipio de más de 4000 habitantes y a 1470 kilómetros al sureste de Ciudad de México, en el estado de Yucatán, dentro de la península del mismo nombre.

La siembra hogareña “da para comer y vender, me ayuda un poco más”, relató Petul, moviendo con viveza su faz redonda y su cabello largo mientras recorría su pequeño huerto donde crecen ají habanero (Capsicum chinense, tradicional de la zona), rábano y tomate, rodeada de algunos árboles, un platanar cuyo racimo madurará en unas semanas y de algunas gallinas que deambulan por el patio de tierra.

El rostro de Norma Tzuc, también casada y con dos niñas, se llena de entusiasmo cuando habla del proyecto. “Estoy muy contenta. Pensamos en cómo tenemos ingresos. Una se anima para ayudar a la familia. Otros grupos ya tienen experiencia y nos cuentan sobre lo que han hecho”, dijo a IPS Tzuc, con una cara redondeada que se ilumina cuando da detalles de los primeros logros del grupo.

Las dos mujeres y el resto de sus compañeras, cuya primera lengua es la maya, participan en el proyecto “Mujeres que ahorran para hacer frente al cambio climático”, a cargo de la no gubernamental Fundación Ko’ox Tani (Vamos Adelante, en maya), dedicada al desarrollo comunitario y la inclusión social, con su base en Mérida, la capital del estado.

Esta fase del proyecto está dotada con unos 100 000 dólares, aportados por la Comisión para la Cooperación Ambiental, que surgió como brazo ambiental no vinculante del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, conformado en 1994 por Canadá, Estados Unidos y México y en 2020 reemplazado por otro acuerdo trilateral.

La iniciativa comenzó a operar en febrero y durará dos años, con el propósito de capacitar a unas 250 personas en pobreza extrema, la mayoría mujeres, en seis localidades del estado de Yucatán.

El ahorro máximo de cada mujer del grupo totaliza unos 12 dólares cada dos semanas y el mínimo, 2,5, y pueden retirar lo acumulado para invertir en insumos o animales, o ante emergencias especiales, con el acuerdo del grupo. Mediante el proyecto, las mujeres van a recibir semillas, insumos agrícolas y aves, para que instalen huertos y gallineros en sus terrenos.

Las mujeres anotan las cuotas en una libreta blanca y depositan los ahorros en una caja gris, resguardada en la casa de la presidenta del grupo.

José Torre, director de Proyectos de la Fundación Ko’ox Tani, explicó que los ejes de emprendimiento son: desarrollo comunitario, seguridad alimentaria, medios de vida y desarrollo humano.

“Lo que hemos visto con el tiempo es que las reuniones de ahorro se convierten en un espacio de desarrollo humano, en el cual encuentran apoyo y solidaridad de sus compañeras, hacen amistad y confianza”, indicó a IPS durante el recorrido por los hogares de algunas participantes del grupo de ahorro en Uayma.

La base de la nueva iniciativa en esta localidad es un programa similar ejecutado entre 2018 y 2021 en otros municipios yucatecos y en el cual la organización trabajó con 1400 familias.

La indígena maya María Petul siembra ají, tomate, rábano y plantas medicinales en el huerto instalado en el patio de su casa, en Uayma, en el estado de Yucatán, en el sureste de México. Foto: Emilio Godoy / IPS

Oasis desigual

Yucatán, un territorio de 2,28 millones de habitantes, padece un alto grado de rezago social, pues 34 % de la población vive en pobreza moderada, 33 % sufre carencias, 5,5% presenta vulnerabilidad en ingresos y casi 7 % se halla en pobreza extrema.

La pandemia de covid-19 que llegó a este país latinoamericano en febrero de 2020 agudizó esas condiciones, en un estado que depende de la agricultura, el turismo y los servicios, en una realidad que se repite en forma bastante similar en los otros dos estados que conforman la península de Yucatán: Campeche y Quintana Roo.

Además, la desigualdad campea en el estado, aunque el Índice de Gini bajó de 0,51 en 2014 a 0,45, según un informe gubernamental de 2018, basado en datos de 2016 y el último año disponible. El coeficiente, donde 1 indica la desigualdad máxima y 0 la mayor equidad, sirve para calcular la desigualdad de ingresos que existe entre la población de un territorio.

La situación de las mujeres indígenas es peor, pues enfrentan marginación, discriminación, violencia, despojo de tierras y falta de acceso a servicios públicos.

En el estado viven más de un millón de indígenas, de los que 30 % son mujeres.

Las mujeres que participan en un proyecto financiado por la Comisión para la Cooperación Ambiental de América del Norte registran sus ahorros en una libreta blanca y los depositan en una caja gris. La indígena maya Norma Tzuc pertenece a un grupo que forma parte de la iniciativa en Uayma, en el estado de Yucatán, en el sureste de México. Foto: Emilio Godoy / IPS

Crisis climática, otra vulnerabilidad más

Itza Castañeda, directora de Equidad del no gubernamental Instituto de Recursos Mundiales (WRI, en inglés), subraya la persistencia en la península de desigualdades estructurales que se retroalimentan con los efectos de la crisis climática.

“En los tres estados hay mayor desigualdad entre hombres y mujeres. Eso impide la participación de las mujeres y la toma de decisiones. Además, la evidencia existente marca que hay grupos en condiciones de mayor vulnerabilidad a impactos climáticos”, dijo a IPS desde la ciudad de Tepoztlán, cercana a Ciudad de México.

Añadió que “el cambio climático acentúa las desigualdades existentes, pero falta una evaluación de impactos diferenciados”.

Datos oficiales indican que en México hay casi 17 millones de pobladores originarios, que representan 13% de la población total, y de los cuales seis millones son mujeres.

De los hogares indígenas, casi una cuarta parte tiene jefatura femenina, mientras que 65 % de las mujeres indígenas de 12 años y más realiza actividades no renumeradas en comparación con 35 % de los hombres indígenas, una muestra de la desigualdad en el sistema de tareas domésticas y de cuidados.

Para completar las penurias, la región yucateca es muy vulnerable a los efectos de la crisis climática, como sequías, tormentas devastadoras y subida del nivel del mar. En junio de 2021, la tormenta tropical Cristóbal ocasionó la inundación de Uayma, donde ya funcionan tres grupos de mujeres unidas por el sistema de ahorro.

Por eso, el proyecto incluye un sistema de gestión de riesgos y de alerta temprana ante huracanes.

El gobierno mexicano construye un Sistema Nacional de Cuidados, pero aún no queda clara la intervención de las mujeres indígenas y los beneficios para ellas.

Petul mira con emoción los cultivos sembrados en su terreno y ya sueña con un huerto más grande, con más plantas y en el que deambulen gallinas, y quizá engorde un cerdo. Piensa también en la posibilidad de emular a mujeres de los grupos anteriores que han montado tiendas pequeñas con los ahorros alcanzados.

“Van a poner huevos y podemos comerlos o venderlos. Con el ahorro también se puede comprar gallos, en el mercado los pollitos son caros”, dijo, rebosante de esperanza esta mujer que además de atender a su hogar y su familia se dedica a la venta de verduras.

Su vecina Tzuc, que hasta ahora se ocupaba solo del trabajo en su hogar y la atención a su familia, dijo que las mujeres de su grupo tienen que tener en cuenta los efectos del cambio climático.  “Ha hecho mucho calor, más que antes, y hay sequía. Afortunadamente, tenemos agua, pero hay que cuidarla”, planteó.

Por su parte, Torre subrayó los resultados de los grupos de ahorro. Las mujeres “dejaron la pobreza extrema. La pandemia pegó fuerte, porque había familias que ya tenían negocios y dejaron de vender. La organización les dio resiliencia”, aseguró.

Además, un gran logro es que los hogares en que ya culminó el proyecto, siguen ahorrando, asisten con regularidad a las reuniones y mantienen la producción de alimentos.

Texto de Amparo Mañés censurado por Facebook

 Mujer & Sexo

Fuentes: https://miguelorenteautopsia.wordpress.com

Mal vamos cuando hablar de las consecuencias del machismo sobre la discriminación y la violencia que sufren las mujeres se considera “incitación al odio”, y cuando los silencios y las palabras que forman parte de la “normalidad” que aún ejerce la discriminación y la violencia contra las mujeres se considera “convivencia”.

TEXTO ESCRITO POR AMPARO MAÑÉS BARBÉ CENSURADO POR FACEBOOK EL 13-2-21

Me han censurado este post en Facebook por considerar que utilizo lenguaje que incita al odio: 

Ser mujer es haber nacido como hembra de la especie humana. Es cuerpo, es biología, es naturaleza. Es sexo. El sexo no es ni bueno ni malo, es una realidad material. Pero en base a él se construye el género que nos oprime. Ese “llegar a ser mujer” patriarcal supone que:

Ser mujer es que mutilen tu cuerpo, desde agujeros en las orejas hasta la horrenda y criminal ablación del clítoris.

Ser mujer es que se ejerza un férreo control sobre tus capacidades sexuales y reproductivas.

Ser mujer es que te enseñen a avergonzarte de tu cuerpo, de necesitar arreglarlo porque parece que nacemos estropeadas de saber que tenemos una fecha de envasado cada vez más temprana y una fecha de caducidad cada vez más corta.

Ser mujer es haber recibido una educación formal e informal destinada a inferiorizarnos, someternos sexual (para uno o para muchos, según la suerte que hayas tenido) y reproductivamente. 

Ser mujer es que nos hipersexualicen para cosificarnos y reducirnos a objetos que sólo sirven para satisfacer la sexualidad de los hombres.

Ser mujer es que apelen a nuestra naturaleza sexual, pero seamos nosotras las que debemos ser racionales y ponernos velo o ser recatadas para no soltar a la bestia que los hombres, tan racionales ellos, llevan dentro.

Ser mujer es que te conviertan en objeto pornográfico donde todo cabe: humillación, violencia, violación y asesinato, y que tengamos que fingir que eso nos gusta cuando es a ellos a quien complace vejarnos y violentarnos de todas las maneras imaginables e inimaginables.

Ser mujer es que llevemos sobre nuestros hombros el honor de la familia y muramos o nos maten para salvaguardarlo. 

Ser mujer es que nos hayan metido en el ADN que vivimos para otros, que hacemos trabajos gratis por amor, que el amor todo lo puede, aunque acabe haciéndonos daño o matándonos.

Ser mujer es que nos traten con condescendencia cuando no con desprecio.

Ser mujer es soportar todo tipo de violencia masculina si osamos traspasar cualquiera de los límites que el Patriarcado nos impone.

Ser mujer es que haya espacios y tiempos que no nos pertenecen porque son peligrosos para nosotras. 

Ser mujer es que nuestra seguridad, nuestra integridad y nuestra vida no estén nunca suficientemente garantizadas. Tanto si denunciamos (y entonces nos revictimizan) como si no denunciamos.

Ser mujer es que nos contraten menos. Si somos jóvenes porque estamos en edad fértil y si somos mayores por serlo. 

Ser mujer es poseer el 1% de la tierra mientras que los hombres poseen el 99%.

Ser mujer es que nos remuneren menos por igual trabajo que los hombres. 

Ser mujer es conocer de suelos pegajosos y techos de cristal. 

Ser mujer es realizar gratuitamente la labor más valiosa de cualquier país: Gestar, criar y cuidar a su ciudadanía… y como premio, nos reduzcan la pensión por haber tenido que renunciar a ascensos o a una jornada completa o, incluso, renunciar al trabajo.

Ser mujer es que nos desprecien, acosen, marginen, nieguen, oculten o arrebaten nuestros méritos.

Ser mujer es necesitar cuotas para que no se sigan negando nuestros méritos. Porque si no existieran las cuotas, los hombres seguirían teniendo el 100% de todo. Lo que nunca, por cierto, les ha parecido abusivo.

Ser mujer es que te esperen callada porque si hablas serás ignorada, acusada de manipuladora o de mentirosa. Y si hablas bien, es esperar que se apropien de tus palabras y de tus ideas.

Ser mujer es que te invisibilicen en el lenguaje y no tener derecho a ser nombradas porque “ya estamos incluidas en el masculino” que es el genérico por votación popular…entre los hombres. 

Ser mujer es aceptar que todos los colectivos discriminados son cosa nuestra, con la peculiaridad de que luchar contra nuestra opresión es permanentemente relegado, para dar prioridad a esos colectivos que jamás priorizan nuestros intereses frente a los suyos.

Ser mujer es ver con tristeza la traición de mujeres -tan alienadas por el patriarcado- que se creen sus mentiras, y que se sienten pagadas con una palmadita en la espalda, sin percatarse de que se las desprecia incluso más que a quienes luchamos contra su opresión.

Ser mujer es ver cómo al romperse el matrimonio, las instituciones se inventan todo tipo de falsos síndromes para consolidar la creencia de que mentimos o manipulamos (los hombres, en cambio, se ve que son seres de luz y no mienten ni manipulan nunca) y arrebatarnos a nuestra descendencia para favorecer a padres descuidados mientras hubo convivencia y que de repente tienen el “síndrome de la paternidad sobrevenida” para vengarse o para ahorrarse la pensión. 

Ser mujer es ver cómo la justicia habla del interés superior de los y las menores, pero en realidad aplica el interés superior de los hombres.

Ser mujer es ser consciente de que la justicia es menos justicia para nosotras.

TODO ESO ES GÉNERO.

Y EL FEMINISMO es el movimiento revolucionario pacífico que se posiciona en contra de todas estas injusticias patriarcales que he relatado y otras tantas que podrían añadirse.

Y por eso no hace falta dar carnets de feminista. Porque es feminista quien reclama la abolición del género opresor, el fin de la explotación sexual y reproductiva, los derechos humanos de las mujeres, la igualdad de derechos entre hombres y mujeres en todos los órdenes (civil, laboral, económico, social, familiar…), nuestra dignidad y EL RESPETO que merecemos, que no es ni un ápice menos que el que merecen los hombres. Y nada para el feminismo debe ser más importante que todo esto. Esa es nuestra agenda.

RETROCEDER, NI PARA COGER IMPULSO!


“El Gobierno francés ha dedicado más tiempo a combatir la justicia social que a la extrema derecha”


A pocos días de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Francia, donde nuevamente se enfrentarán el liberal Emmanuel Macron y la ultraderechista Marine Le Pen, hablamos con la periodista y activista francesa Rokhaya Diallo sobre la situación política y social en el país.


La periodista y militante afrofeminista Rokhaya Diallo. /Foto: Teresa Suárez para el reportaje ‘Afrofeministas: “Sabemos emanciparnos solas”’.

Periodista, escritora, cineasta e incansable activista feminista y antirracista, Rokhaya Diallo (París, 1978) lleva más de una década denunciando las desigualdades y el racismo estructural en Francia. La suya es la soledad de quien hace carreras de fondo: invitada habitual en tertulias y programas de televisión, su discurso interseccional a favor de la comunidad migrante, racializada y musulmana sigue siendo una rareza en el paisaje mediático galo.

Estrella en redes sociales, donde cuenta con decenas de miles de personas seguidoras, Diallo cosecha admiración y odio a partes iguales por el tono asertivo y calmado con el que rebate a políticos y políticas, participantes en tertulias y todólogos de todo el espectro ideológico: Francia es un país que aún mira con extrañeza, estupefacción e incluso virulencia a quienes cuestionan el universalismo de los valores que supuestamente definen a la República, recuerda la periodista en ensayos como Francia: tu l’aimes ou tu la fermes (Francia, la amas o te callas). También lo hace en el podcast titulado irónicamente Kiffe ta race (Ama tu raza), del que es copresentadora junto junto a la escritora y directora francesa de origen asiático Grace Ly, y en el que abordan y debate cuestiones raciales.

A pocos días de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, Diallo aborda en entrevista telefónica el clima político de su país: mismos candidatos, Emmanuel Macron y Marine Le Pen, que en 2017, pero un panorama mucho más polarizado, con los partidos tradicionales en vías de desintegración, un presidente menos popular, pero paradójicamente con más votos que hace cinco años, y una izquierda radical en claro ascenso.

¿Cómo lees los resultados de la primera vuelta en estas elecciones, empezando por el hecho de que Emmanuel Macron haya recibido más apoyo que en 2017?

Creo que hay franceses, muchos franceses, que están enfadados con Macron, pero el enfado es frágil. Es evidente que se ha beneficiado del voto útil de personas que tienen miedo a la ultraderecha, aunque también hay votantes que lo apoyan, gente mayor, con recursos, a quienes no le molestan sus políticas neoliberales: ha obtenido votos directos de centristas, de izquierda y de derecha que de todas formas no iba a votar a la extrema derecha o extrema izquierda y, en ese sentido, es cierto que ha reforzado su base.

¿A qué achacas el gran resultado de la extrema derecha?

Para mí, el resultado de la extrema derecha en Francia, de Marine Le Pen y Éric Zemmour [periodista y tertuliano ultra situado a la derecha de Le Pen], es simplemente la concreción de una ideología que tiene mucha más presencia que otras en el espacio mediático francés. Existe un problema evidente: el desfase entre la cantidad de personas a quienes representa la extrema derecha y la normalización y validación de sus ideas en los medios. Pero, además, Le Pen ha hecho un verdadero trabajo de imagen para lograr que la gente no la perciba como un peligro y mostrar que Agrupación Nacional [antiguo Frente Nacional] ya no es de extrema derecha. Durante la campaña, ha tenido la inteligencia de dejar de lado su discurso antimigración, que sigue estando muy presente en su programa electoral, y se ha posicionado principalmente sobre el tema de la pérdida de poder adquisitivo de los franceses. Todo esto la ha ayudado mucho y le ha permitido llegar a la segunda vuelta. Por supuesto las ideas antimigrantes, islamófobas y racistas están ahí, pero como en el pasado se expresaba al respecto de forma mucho más virulenta y ahora ha rebajado el tono de sus palabras esto la hace parecer razonable, cuando en realidad no lo es.

Que los partidos tradicionales hayan adoptado en parte el discurso de la extrema derecha, ¿también ayuda a diluir o suavizar sus posturas?

Por supuesto. Macron ha estado lanzando guiños a los votantes de ultraderecha durante toda la legislatura. Por ejemplo, su ministro de Interior, Gérald Darmanin, dijo recientemente a Marine Le Pen que era una “blanda”. Esto es claramente una forma de banalizar, de normalizar la extrema derecha, llamando blanda a su líder en lugar de combatirla.

Por otro lado, Jean-Luc Mélenchon, de la Francia Insumisa (agrupación que incluye a varios partidos y formaciones de izquierda e izquierda radical), quedó muy cerca del segundo puesto, aunque se le preste menos atención.

Mélenchon ha obtenido un excelente resultado y eso lo convierte en el líder de la izquierda en Francia. Perdió porque el Partido Comunista decidió presentar este año a un candidato, que además no cumplió su promesa de retirarse pese a haber dicho que lo haría si Mélenchon tenía posibilidades de pasar a la segunda vuelta. Esto ha dividido el voto de la izquierda. Pero aparte, diría que los partidos de izquierda en Francia no tienen a nadie que defienda sus puntos de vista en los medios de comunicación. En los platós o en los medios impresos, apenas hay editorialistas que aboguen por posturas cercanas a Mélenchon. Me parece que tiene muy poca visibilidad, que se da una ausencia espectacular de sus ideas en el espacio mediático francés. La gente que lo vota, jóvenes, gente de barrios obreros, urbanos, etcétera, no ha podido escuchar sus opiniones.

Voces como la tuya, que defienden puntos de vista críticos en cuestiones como la desigualdad, el racismo estructural o la islamofobia, siguen siendo escasas en la esfera pública en Francia. En los vídeos que circulan con tus intervenciones en televisión se ve una clara hostilidad hacia tus palabras.

Sí, es una acogida hostil, es nuestro discurso el que se demoniza. El Gobierno ha dedicado más tiempo a combatir las ideas de justicia social, feminismo, y antirracismo que a la extrema derecha. El ministro de Educación, Jean-Michel Blanquer, aseguró que tiene más miedo al “wokismo” [movimiento procedente de Estados Unidos que partió de la intención de concienciar a la población sobre el racismo y se extendió a la lucha contra todo tipo de opresiones y que desde el conservadurismo se lo ha responsabilizado de lo que llaman “cultura de la cancelación”] que a Zemmour y, de hecho, creó un “laboratorio para combatirlo”. Nos ha designado como el enemigo, y se ha asegurado de integrar en su discurso discursos extremadamente virulentos contra musulmanes, feministas, etc. Sé que hay gente que defiende posturas similares a la mía, pero no tienen la oportunidad de defenderla en el mismo sitio que yo, en el espacio público. Pero, en general, no somos muchos y eso es preocupante.

¿Consideras que también dentro de la izquierda existe una resistencia a la idea de la interseccionalidad de luchas? En el Estado español, el discurso contra lo que llaman “posmoderno” está a la orden del día.

No tenía ni idea de que este discurso también estuviera presente en España, me parece muy interesante. En Francia, diría que la mayoría de mis detractores son gente procedente de la izquierda… la gente del Partido Socialista, por ejemplo, es la que se muestra más violenta con mis ideas. Aquí hay una izquierda con una actitud bastante paternalista, que se imagina que es la única poseedora de los valores progresistas y que no cree que ninguna causa sea “verdadera” si escapa de sus principios. Creo que no aceptan que las voces minoritarias hablen por sí mismas. Y luego, hay un componente generacional, no entienden que la gente joven quiera formular sus reivindicaciones en sus propios términos y solo miran por la preservación de sus intereses generacionales y de clase. En los últimos años hemos visto a jóvenes expresándose, jóvenes como Assa Traoré [hermana del joven negro Adama Traoré, cuya muerte bajo custodia policial desencadenó masivas manifestaciones]. Assa es una mujer capaz de sacar a la calle a decenas de miles de personas y se dirige a una generación que quiere escuchar algo diferente de lo que hemos estado escuchando durante los últimos 40 años en términos de antirracismo. También, Taha Bouhafs [joven periodista que documenta la realidad de los barrios del extrarradio francés y cuenta con cerca de 150.000 personas seguidoras en Twitter]. Estas personas son demonizadas, acusadas de radicales, de traer consigo ideologías peligrosas. Hay un rechazo a entender que su visión cuenta y a incluirla en el debate, un rechazo a la necesidad de transformación del discurso.

¿Cómo está siendo la acogida de proyectos como el podcast Kiffe Ta Race?

La acogida del podcast está siendo estupenda. Hasta ahora en Francia no se había oído a una mujer negra y una asiática contando lo que les sucede, no hay espacio en la tele o en la radio para ello. Hemos tenido que crear espacios alternativos para expresar estas ideas, porque no tienen cabida en los medios tradicionales, y hemos encontrado un público de una magnitud de la que no éramos conscientes.

Tenemos un público bastante joven, de 20 y 30 años, y muchas mujeres. Cuando hacemos actos públicos, es impactante. Hay una nueva generación mucho más receptiva a las cuestiones raciales, que desea escuchar a personas afectadas por estos temas, con curiosidad y humildad. No es toda la generación, claro, no vamos a idealizar, porque los jóvenes a quien más votan es a Mélenchon pero después es a Le Pen… pero notamos esa diferencia.

Volviendo al momento político actual, ¿hasta qué punto crees que la sociedad francesa es consciente del peligro que representa la extrema derecha, no solo para las personas migrantes o racializadas, sino también para las mujeres, la comunidad LGBTi, las minorías y grupos oprimidos o discriminados?

Creo que no se dan cuenta, en absoluto. En lugar de percibir a Marine Le Pen como un peligro, la ven como una mujer simpática y no tienen la más mínima idea de lo que quiere hacer: no saben que pretende suprimir la Secretaría de Estado de Derechos de las Mujeres, que considera el aborto como una medida de “confort”, que quiere suprimir los programas de concienciación sobre los derechos de la comunidad LGBTI en las escuelas, que una victoria suya se traduciría en mayor brutalidad policial, incluida contra los manifestantes blancos… No se dan cuenta y la ven como una política cualquiera, que además tiene la ventaja de no haber estado nunca en el poder. Y eso es lo que da miedo, ver a gente, incluida gente no blanca, que se dice, “Marine, ¿por qué no?”.

¿Ves entonces posible una victoria de Le Pen en la segunda vuelta?

No me parece imposible. Honestamente, lo que veo por todos lados, lo que leo en las redes… no es en absoluto tranquilizador. Entre la abstención, la gente que va a votar por ella como protesta contra Macron, el hecho de que es percibida como una opción política más, [su victoria] es totalmente posible. Espero equivocarme, pero ya hace un tiempo que me digo que es peligroso. Y creo que si llegara al poder, pasarían años, décadas, antes de recuperarnos. Con Macron hemos visto aprobarse varias leyes liberticidas y con ella sería mucho peor. Yo me digo que a Macron lo detestamos, pero ya lo conocemos. En este punto, prefiero malo conocido que peor por conocer.

Organizadas en un agujero

 pikaramagazine.com

Teresa Villaverde

En la mina de oro de Kadumwa, situada en la República Democrática del Congo, las mujeres tratan de conseguir el control de algunos pozos de mineral, normalmente en manos de hombres, para lograr mejores condiciones en un sistema de explotación sistemática.

Mina artesanal de oro Kadumwa, en Luhwindja, República Democrática del Congo. | Foto: Teresa Villaverde

“Todas las mañanas, si tengo dos dólares, voy a donde están los chicos que bajan a la mina a extraer las piedras, las compro y luego las lavo y pico. Pero es un juego de azar. Puede que haya un poco de oro y, entonces, puedes ganar entre tres y cuatro dólares. Vendo ese oro y así puedo pagar el alquiler y la vida de mis hijos”, cuenta Yoel. No quiere dar su apellido.

Está sentada junto a un balde con arena en el camino que baja a la mina de oro Kadumwa, en la zona de Luhwindja, provincia de Kivu Sur, en la República Democrática del Congo. El país es un lugar estratégico para las grandes mineras, ya que tiene oro, diamantes, estaño y tantalio, además del 50 por ciento de las reservas mundiales de cobalto y entre el 70 y el 80 por ciento del coltán, el mineral con el que se fabrican los móviles y los ordenadores. La disputa por el control de estos minerales ha provocado que, una vez terminada la guerra civil que tuvo lugar entre 1996 y 2003, la violencia haya continuado a manos de grupos armados y escisiones del Ejército. El conflicto se perpetúa con la connivencia del Gobierno del país y de las grandes empresas, normalmente occidentales y chinas.

Yoel llegó a esta zona hace cinco años con su marido militar que “murió en el campo de batalla”. “Desde entonces me quedé sin medios para subsistir [el Gobierno no da manutención a las viudas de los soldados] y por eso trabajo en la mina”, añade. Tiene cuatro criaturas. Detrás de ella, mientras habla, escuchan varios de sus jefes, miembros del comité de dirección, cuya presencia contrasta frente al resto de gente. Llevan traje y zapatos. Y camisas blancas impolutas. Ignorando esta vigilancia, Yoel reconoce que, aunque vive mejor que cuando trabajaba en canteras de obras transportando materiales a la espalda, es un lugar duro. “No tengo buena salud. Picando y lavando piedras me estropeo las manos, la piel y la espalda, porque estamos muchísimas horas trabajando. Hay días en que no encuentro oro y pierdo el dinero que he invertido. Y muchas veces, como nosotras no sabemos si los hombres han encontrado oro o no, tenemos que fiarnos de que lo que nos dicen. A veces nos estafan. Dicen que no hay nada cuando en realidad hay”, concluye.

Yoel en el camino, hablando con periodistas de AFEM. | Foto: Teresa Villaverde

Se refiere a una creencia popular según la cual las mujeres no pueden entrar en el agujero de la mina ni pasar cerca de los accesos porque su presencia hace que desaparezca el mineral. Esta superstición es, en realidad, en una forma de robo. Al prohibirles bajar a la tierra y comprobar ellas mismas las vetas, en muchos casos son estafadas. Entonces, compran la piedra que los hombres sacan y ellos, además, les suelen ayudar a picarla para transformarla en arena y buscar el mineral. “A veces los chicos jóvenes que las ayudan les mienten y les dicen que no hay nada”, cuenta Sifa, coordinadora de las mujeres que trabajan en la mina de Kadumwa que también quiere presentarse solo con su nombre. Ella, como Yoel y la mayoría de las mujeres que trabajan en la mina, es desplazada. Tiene siete criaturas. Cuenta que los motivos para migrar suelen ser porque el marido ha abandonado a la familia o son viudas y necesitan medios de vida.

Sifa habla seria y despacio. No se ha sentado en una esquina del camino como su compañera. Permanece en pie. No solo coordina a las mujeres, forma parte del comité de dirección y tiene un pozo de oro. Lo cuenta con la postura humilde pero firme, también delante de sus jefes. Sifa, gracias también al trabajo que realiza en esta la zona AFEM (Association des Femmes des Médias, Asociación de las Mujeres en los Medios, en castellano), es parte de una pequeña revolución en el sistema minero de Kadumwa.

Sifa es propietaria de un pozo de mineral, coordinadora de las mujeres de la mina y miembra del comité de dirección. | Foto: Teresa Villaverde

En la zona alta que rodea al agujero hay casas y alguna tienda, pero no todo el mundo vive ahí. Algunas personas, hombres, mujeres y criaturas que viven de la mina, tienen sus hogares repartidos en casetas en torno a los puntos de extracción. Hay cosas que no pueden transmitirse en una foto. Ni en un vídeo. El olor, lo resbaladizo que es el suelo húmedo que atraviesa la mina y por el que las mujeres pasan en chanclas cargando baldes con arena y piedras. La estrechez del camino. La humedad del ambiente y de las casas, construidas con maderas y techos de metal, pero sin suelo, por lo que la gente vive sobre el barrizal. La tensión del ambiente. La hostilidad abierta de algunas expresiones frente un grupo de periodistas blancas que están visitando la zona. Pero también la alegría de otras, el orgullo de las mujeres que quieren hablar de su trabajo y denunciar sus condiciones. El cielo se está oscureciendo y empieza a caer alguna gota. Cuando llueve en República Democrática lo hace sobre el barro. Esto significa que, si te quedas en la mina cuando empieza a llover, es probable que no puedas salir en un buen rato. Al menos hasta que el terreno se seque y deje de ser tan resbaladizo. Esto obliga a la comitiva, hombres de traje, paracaidistas blancas y currelas, a subir al pueblo, a la zona alta, antes de lo previsto.

La mano de obra esclava que suple la falta de maquinaria

Kadumwa es una mina de oro artesanal, es decir, la falta de maquinaria se suple con mano de obra. Podríamos añadir, además, que la mano de obra con peores condiciones es la de las mujeres, como suele pasar en los sistemas mineros. En la misma zona se encuentra la minera canadiense Banro, industrial. La diferencia entre un tipo de mina y otra, además de la maquinaria, suele ser también por el tipo de propiedad.

Las mineras de las grandes empresas occidentales suelen realizar la fase de exploración, más cara, y una vez que encuentran una zona de minerales, tienen derecho a su explotación. A partir de ahí, el truco está en subcontratar filiales, que suelen ser chinas y que no entran en tratados internacionales, lo que les permite ser más laxas en cuanto a derechos laborales. Además, el entramado de empresas dificulta saber quién es la persona responsable cuando se dan –y se dan todo el tiempo– condiciones de explotación.

Un grupo de trabajo descansa en la mina de oro de Kadumwa. | Foto: Teresa Villaverde

Algunas de estas zonas exploradas y explotadas por grandes mineras pueden quedar abandonadas porque ya no son tan rentables. Es entonces cuando las comunidades se acercan para extraer los minerales de esas zonas de forma artesanal. “Nuestro comité ha sido elegido por la comunidad”, asegura Amos Mirindi, jefe del comité de dirección de Kadumwa. “Una de las ventajas de esta mina es que no está controlada por grupos armados”, afirma en otro momento. “Oficialmente no hay minas controladas por grupos armados, pero, aunque no se diga, estos llevan la propiedad y venta de muchas de esas minas”, asegura Justine Masika, presidenta de la asociación Synergie des femmes pour les victimes de violences sexuelles (Sinergia de mujeres por las víctimas de las violencias sexuales), situada en Kivu Norte, otra de las provincias del país. En esa zona el conflicto congoleño está más activo. Allí operan alrededor de 150 grupos armados y el Gobierno provincial suele establecer toques de queda amparándose en la inestabilidad. En el último mes de febrero, la hora obligatoria para estar en casa eran las diez de la noche. Muchas de las mujeres que llegan a Kadumwa lo hacen, de hecho, como desplazadas desde la provincia de Kivu Norte.

En la ruta que atraviesa las casas y da acceso a los agujeros hay varias zonas con agua. Un chico mete la mano y saca arena. Entre sus dedos se ve una viruta mínima de oro. La empresa minera que explotó con maquinaria industrial este terreno antes de abandonarlo perforó la tierra, creando unos agujeros por los que el agua se filtra y se contamina. La falta de agua potable accesible es uno de los problemas básicos de esta mina y conseguirla se ha convertido en un trabajo típico de las mujeres. Cuando no tienen dinero para comprar piedra a los mineros, se desplazan cargando bidones amarillos de agua. Necesitan transportar 20 bidones al día para conseguir el dinero mínimo con el que alimentar a su prole.

“En Kadumwa solo hay una fuente y todas las personas van ahí. Las mujeres suelen disputar el agua con hombres jóvenes y hay peleas. Hace dos días una mujer se cayó, se rompió una pierna y está en el hospital. Para las mujeres con criaturas esto es un gran problema. Esta ausencia de agua limpia y de acceso al agua provoca infecciones, granos, heridas en la piel, infecciones en los genitales, alergias. Cada vez son más frecuentes estas infecciones en las mujeres y se están desarrollando en los niños y niñas”, dice Sifa.

El control de los pozos, un logro estratégico

Llueve con mucha fuerza y el agua da golpes contra la tejavana del habitáculo de cemento situado en el pueblo, encima de la mina. En el espacio hay varias sillas. A un lado, las mujeres blancas, acompañadas de alguna integrante de AFEM que traduce del suajili al francés. En frente, media fila está ocupada por el jefe del comité de dirección de Kadumwa, Amos Mirindi, rodeado de otros hombres; la otra mitad la ocupan Sifa y sus compañeras. En las filas de detrás se agrupan otros mineros y mineras.

Sifa forma parte del comité de dirección, integrado por siete hombres y tres mujeres: una encargada de las mujeres, una presidenta de madres y una encargada de sensibilización de las mujeres. En esta zona minera hay unas 5250 personas, de ellas, mil son mujeres. En Kadumwa, en concreto, son 125. “Hay 200 pozos en total en toda la zona”, dice Mirindi, “cuatro de ellos liderados por mujeres”. Sifa niega con la cabeza: “Solo dos”. “Para tener un pozo en propiedad es necesario tener 3.000 dólares y las mujeres no los suelen tener. Además, muchos hombres piensan que no estamos hechas para ser propietarias, que va en contra de nuestra naturaleza y que deberíamos trabajar en el campo”, continúa ella. Incluso siendo propietaria, se encuentran en situaciones desigualdad. Está obligada a tener un asistente hombre al que paga a diario, salga o no mineral que vender. El asistente es quien entra en el agujero: “En ese momento pierdes el control de la mina, porque no sabes en qué han estado trabajando los hombres dentro y qué han conseguido”. Este asistente es también quien la representa en reuniones con hombres, porque no quieren hablar con la dirigente.

El rol clásico de las mujeres en la mina era de trabajo en el pequeño comercio que rodea a la extracción, ejerciendo la prostitución, cosiendo la ropa de los hombres, limpiando, cocinando para ellos, al servicio de los mineros. Pero ya no. O no solo. “Tener un pozo en propiedad está rompiendo estereotipos contra las mujeres y, además, trabajo por romperlos. Apuesto por que las mujeres trabajen en mi pozo. Cuando se está construyendo un agujero demuestro que, si pasamos, no desaparecen los minerales”, explica Sifa. A pesar de que ellas no pueden bajar, Sifa obliga a los hombres que trabajan con ella a repartir las piedras de forma justa: “Les digo que es importante que las mujeres también encuentren minerales, porque esto supone transformar las dinámicas en la mina”.

Yoel y otra minera cargando un bidón de agua. | Foto: Teresa Villaverde

La organización de las mujeres en la mina de Kadumwa va más allá y lo ven como un éxito para mujeres y madres. Según cuentan, cuando la propietaria del pozo es una mujer se solidarizan entre ellas y se apoyan. Por ejemplo, si un hijo o hija está enferma y la madre no puede ir a trabajar, las mineras reservan algo de dinero para las medicinas. “Queremos que el número de mujeres propietarias aumente porque entendemos nuestras necesidades y tenemos otra manera de trabajar”, asegura Sifa.

El control de algún contribuye a mejorar la posición de poder de las mineras, pero la prostitución sigue siendo uno de los trabajos más extendido entre las mujeres. “Hay un grupo de salud dentro del comité que enseña a las mujeres a protegerse, les dan condones y cuando lo necesitan les dirigen y facilitan el acceso al centro de salud más cercano”, dice Mirindi. En la misma fila de sillas, junto a Sifa, hay otra mujer. Es la otra propietaria. Quiere hablar, pero Mirindi continúa antes de que se presente: “Aquí respetamos el código minero. Cuando las mujeres llegan vemos si están embarazadas, si están embarazadas no trabajan”. Una mujer se revuelve en una de las filas de detrás y se acerca a una de las periodistas para susurrar, mientras el jefe habla: “¿Entiendes francés?”. “Algo”, responde. La minera está molesta porque el jefe no ha dejado hablar a su compañera, la otra propietaria: “Todo lo que dice es mentira”, dice señalando a Mirindi, “no se miran las infecciones y las mujeres embarazadas trabajan”.


La brecha del dolor

  

Los médicos nunca tomaron en serio el dolor de J. S. por ser mujer. Esto es aún más humillante cuando su relato se compara con el de los hombres, que se considera más creíble y moderado, descrito con sobriedad y solo cuando existe una causa grave. Este sesgo se denomina brecha del dolor de género y tiene su origen en los estereotipos relacionados con la salud arraigados en el discurso médico sobre los cuerpos femeninos y sus minusvaloradas enfermedades. Afortunadamente, la investigación sobre la brecha y los prejuicios que la ensanchan aporta evidencias que acaban con estos mitos.

Un número cada vez mayor de estudios demuestra que el sesgo hacia las expresiones de dolor de las mujeres afecta de manera negativa el diagnóstico y el tratamiento posterior. Cuando el dolor físico de las mujeres se toma en serio, sin esa sonrisa condescendiente del mal profesional que lo etiqueta de imaginario o exagerado, su salud y su bienestar mejoran de modo apreciable. Es llamativo que las mujeres en las unidades de urgencias de Estados Unidos tengan que esperar, en promedio, 16 minutos más que los hombres para recibir medicamentos después de explicar que tienen dolor abdominal, y que tengan un siete por ciento menos de probabilidades de recibir ese tratamiento como primera opción para calmar el dolor (antes va un vaso de agua, tomar el aire, un ansiolítico, un “cálmese”). Los estudios en Reino Unido muestran que las interpretaciones erróneas del dolor femenino, como por ejemplo confundirlo con ansiedad, contribuyen a que las mujeres tengan un 50 por ciento más de probabilidades de ser diagnosticadas erróneamente después de sufrir un infarto. Una encuesta realizada en 2020 a mujeres con endometriosis, que, por cierto, tarda un promedio de siete a nueve años en diagnosticarse, encontró que las asociaciones de dolor ginecológico con problemas de salud mental contribuyeron a retrasos y diagnósticos perdidos, en 50 por ciento de los casos.

Existe una realidad todavía más inaceptable y es el prejuicio ante el dolor relatado por ciertas minorías vulnerables; por ejemplo, los efectos del sesgo racial implícito en las percepciones del dolor de las mujeres negras contribuyen a que se pasen por alto y se retrasen los diagnósticos, sobre todo en salud materna y reproductiva.

En el mundo, las mujeres experimentan más dolor crónico que los hombres. Con el aumento de la carga de enfermedades que causan dolor en las mujeres de todo el planeta, es crucial que las causas y las consecuencias de las disparidades en las respuestas clínicas se entiendan, aborden y mitiguen adecuadamente. La toma de conciencia de falsas creencias, los procesos de diagnóstico sensibles al género y una mayor investigación sobre las bases biológicas y psicosociales de las diferencias del dolor podrían ayudar a que muchas mujeres tuvieran una mejor calidad de vida. Para lograr plenamente la igualdad de género en el cuidado de la salud, la medicina también debe examinar su pasado. Los casos históricos muestran cómo los mitos de género sobre el dolor resuenan todavía con fuerza, incluso después de tantos avances científicos y biomédicos.

Aunque la histeria como diagnóstico está completamente obsoleta, algunos profesionales de la salud aún la evocan cuando juzgan que las expresiones de dolor de una mujer no son creíbles y no hay que tenerlas demasiado en cuenta. Ante este rasgo de incompetencia profesional, hay que focalizar esfuerzos y educación en poner fin a la brecha de dolor de género. En este aspecto, son muchas las iniciativas que, desde esta nueva perspectiva de género, abordan el tema del dolor. Un ejemplo de estas investigaciones es el análisis de la actividad genética en las neuronas del dolor que podría ayudar a identificar los fármacos más prometedores y que muestra también cómo las vías del dolor difieren entre hombres y mujeres. Todos estos retos se los plantearon Diana Tavares-Ferreira y sus compañeros, quienes publicaron sus conclusiones en febrero de 2022. Además de detectar las neuronas que se activan con el dolor crónico, en el estudio también se descubrió un tipo de célula que se había pasado por alto en el sistema nervioso (célula de Schwann), lo que pone de manifiesto cuánto nos queda por aprender sobre la percepción del dolor.

El dolor crónico, definido como aquel que dura más de 12 semanas, afecta a casi la mitad de toda la población adulta en el Reino Unido. A escala mundial, alrededor del 70 por ciento de las personas que lo sufren son mujeres. Con el envejecimiento de la población mundial, cada vez es más urgente encontrar nuevos tratamientos y terapias porque el dolor crónico es más frecuente en los grupos de mayor edad.

“En la mayoría de los estudios realizados sobre el dolor con ratones se ha echado en falta cierta traducción cuando se trata de buscar objetivos farmacológicos para humanos”, dice Diana Tavares-Ferreira. Para aprender más sobre las diferencias entre especies, ella y su equipo mapearon las neuronas del dolor en ocho personas fallecidas que habían donado sus cuerpos a la ciencia y luego compararon estos hallazgos con datos de ratones y macacos.

Las señales de dolor se transmiten por neuronas especializadas con fibras que se extienden por todo el cuerpo, pero las partes principales de estas células se encuentran en grupos llamados ganglios espinales. “Muchos proyectos de desarrollo de medicamentos para el dolor se centran en estas neuronas periféricas”, diceTheodore Price, coautor del estudio. “Estas neuronas son la fuente del dolor para la mayoría de los pacientes con dolor crónico”. El equipo utilizó un método llamado transcriptómica espacial para determinar qué genes se mantienen activos en cada célula. Esto mostró que los receptores del dolor en los humanos están preparados para responder a todo tipo de dolor, como el calor o el dolor mecánico, mientras que los receptores del dolor de los roedores son más específicos. Si se investiga más sobre estas diferencias se podrá avanzar en la búsqueda de fármacos que tengan una mayor probabilidad de funcionar en humanos. Es de esperar que este sea el comienzo de muchos estudios que perfeccionen los atlas que ayuden a comprender mejor la arquitectura molecular del sistema del dolor en nuestra especie.

Se encontraron diferencias sexuales en las muestras humanas, por ejemplo, el gen que codifica la proteína CGRP fue más activo en grupos de neuronas de mujeres en comparación con los hombres. La CGRP parece ser un factor importante de migrañas y las migrañas afectan a las mujeres tres veces más que a los hombres. Todavía no está claro qué proteínas distinguen diferentes receptores del dolor. Descifrar las que están involucradas en la generación de diferentes tipos de dolor sería un avance considerable hacia el desarrollo de fármacos para suprimirlo; este estudio de 2022 es uno de los primeros en utilizar neuronas sensoriales humanas, lo que ha dado la posibilidad de elaborar un primer atlas de neuronas sensoriales. Aunque estos mapas no nos dirán todo lo que necesitamos saber sobre el dolor, son un buen comienzo.

Este impulso por diferenciar el proceso del dolor en hombres y en mujeres es parte de un movimiento más amplio que considera el sexo como una variable importante en la investigación biomédica. Esto garantizará que los estudios cubran el rango de posibilidades en lugar de obtener resultados observando solo a la mitad masculina. Hubo un cambio esencial en 2016, cuando el Instituto Nacional de Salud (NIH) de Estados Unidos estableció como requisito para los solicitantes de subvenciones que justificaran su elección del sexo de los animales utilizados en los experimentos.

En la actualidad, el mercado farmacéutico ofrece los mismos analgésicos para todo el mundo. Pero si las raíces del dolor son diferentes, algunos medicamentos podrían funcionar mejor en unas personas que en otras. Incluso podrían necesitar diferentes analgésicos cuando los niveles hormonales fluctúen. Además, el sexo de una persona no siempre encaja claramente en las categorías de masculino y femenino: está determinado por un espectro de características, que incluyen la genética, el desarrollo anatómico y los niveles de hormonas, cada uno de los cuales podría influir en las necesidades ante la terapia del dolor.

En un artículo editorial reciente, las investigadoras Parisa GazeraniAnna Maria Aloisi e Hiroshi Ueda, recopilaron toda la evidencia sobre este tema recogida hasta el momento. Querían fomentar, además, el valor de una nueva perspectiva para analizar el dolor teniendo en cuenta el sexo y el género, sin olvidar implementar ese conocimiento en la práctica clínica. Entre las publicaciones revisadas por ellas señalamos algunas que aportan una visión del espectro de oportunidades y brechas en este campo y las posibilidades que tendrán en un futuro no muy lejano:

Zin y su equipo mostraron que la adherencia a la terapia con opioides depende de la edad y el género. Concluyeron que los pacientes varones que usaban opioides para el dolor se asociaban con una menor adherencia, es decir, la confianza en el tratamiento y la persistencia en su aplicación eran menores.

Resaltamos también los artículos sobre el tratamiento de la migraña, que como hemos dicho es un trastorno con una mayor prevalencia en las mujeres. Aunque las investigaciones revisadas no daban soluciones tajantes sobre respuestas sexualmente distintas, tanto de la farmacoterapia sintomática para la migraña como de la preventiva, los hallazgos de la investigación básica y los casos clínicos dispersos presentaban conclusiones basadas en sexo y género.

Otro ejemplo más tiene la autoría de Cecarelli et al. Pusieron de manifiesto que el sistema endocannabinoide está influenciado por los niveles circulantes de estradiol. Cuando los niveles de estradiol son más altos, el sistema cannabinoide es más efectivo en las mujeres. En definitiva, los hallazgos de este estudio resaltan la importancia de considerar el sexo para probar la eficacia analgésica de nuevos fármacos.

Investigaron la existencia de una diferencia de sexo en la alodinia mecánica (dolor al tacto, es decir, cuando incluso las caricias duelen) y la hipersensibilidad a la estimulación eléctrica en un modelo de dolor generalizado que imita algunos aspectos de la fibromialgia. Los investigadores aplicaron varios métodos para mostrar cómo funcionan los mecanismos de dimorfismo sexual que subyacen a la hipersensibilidad al dolor. Un hallazgo interesante fue la participación de la microglía. Los tratamientos cerebrales repetidos previnieron el dolor generalizado inducido en ratones macho, pero no en hembras. Este estudio no solo señala que los mecanismos que se ponen en marcha con el dolor y la hipersensibilidad son diferentes en mujeres y hombres, sino que la respuesta al tratamiento podría verse afectada significativamente por el sexo y que la contribución de las células no neuronales, como la microglía, es un factor importante.

Para terminar, Ferentzi y su equipo demostraron que los hombres jóvenes tenían un umbral de dolor y niveles de tolerancia significativamente más altos en comparación con las mujeres, mientras que la precisión interoceptiva cardíaca no se asoció con la sensibilidad al dolor.

Todos los autores y autoras destacan los mecanismos potenciales implicados en hombres y en mujeres y resaltan cómo los hallazgos actuales pueden ayudar a considerar el género, el sexo y la edad en la investigación y el tratamiento del dolor. Es fundamental crear conciencia sobre esta brecha, estimular la curiosidad de las investigadoras y los investigadores, reconocer el valor, el potencial y las limitaciones del nuevo enfoque y contribuir a una comprensión más profunda de los fundamentos para el estudio del dolor.

Iain Chessel, vicepresidente y jefe de neurociencia de AstraZeneca en Cambridge, predice que los futuros analgésicos se adaptarán a las personas y que el sexo será un factor clave en esas prescripciones personalizadas. Pero aún están en ello. Confiemos en la ciencia y esperemos que la ciencia confíe en lo que las mujeres narren sobre su dolor.

*Marta Bueno Saz es licenciada en Física y Graduada en Pedagogía por la Universidad de Salamanca. Actualmente investiga en el ámbito de las neurociencias.

*Este artículo fue retomado del portal pikaramagazine

Serpientes

 pikaramagazine.com

Canela Laude-Arce

Brigada Serpientes es un colectivo latinoamericano con sede en París que utiliza las capuchas como medio de expresión para rechazar una identidad fija e individual.

Una mujer con las piernas y los brazos arqueados, dibujando una equis con su cuerpo, vestida con un pasamontañas en rosas y azules, una camiseta en los mismos tonos y unas medias a juego.

“Este traje es como un encuentro con mi sensualidad. Cuando me pongo la capucha, siento que entro en un personaje. Encarno mi creación, que toma vida en medio del espectáculo callejero”. | Foto: Canela Laude Arce.

La Brigada Serpientes es un colectivo latinoamericano con sede en París, constituido por mujeres que se conocieron en los encuentros y los eventos de apoyo al estallido chileno en la capital francesa en octubre 2019. Buscando una manera creativa y política de responder desde la distancia a la efervescencia política que tenía lugar en Chile, fueron organizando acciones artísticas y políticas en la capital francesa. Esos eventos permitían difundir informaciones sobre la situación de Chile, creando al mismo tiempo una red de apoyo y de afecto para vivir este momento desde Francia.

Durante la preparación de la marcha del 8 de marzo de 2020, el colectivo organizó encuentros para crear capuchas y banderolas, y participar en un cortejo latinoamericano de la manifestación. Desde estos encuentros de mujeres feministas, el colectivo de la Brigada Serpientes coordina acciones de activismo político artístico en Paris mas allá del 8 de marzo.

Retrato de una mujer con una capucha o pasamontañas artístico, hecho de ganchilllo rosa pastel y verde.

Las capuchas se volvieron una de las herramientas más visibles el grupo, y unen al colectivo en las marchas y en las acciones en el espacio público. Serpientes también crea acciones de collage en la calle, performances, bordados, coreografías de baile colectivo y participa en eventos y marchas como colectivo.

Llevar las capuchas puestas permite rechazar una identidad fija e individual, y crear un nuevo personaje en una red que se une a las demás. En la calle, esa herramienta permite ser visible sin ser reconocible, y les da otra forma de expresarse y de mantener su anonimato en contextos de acciones políticas y marchas. En el contexto francés y europeo, las capuchas permiten destacar una forma de expresión creativa iniciada en América del Sur, con una fuerte presencia de esa expresión creativa en el movimiento feminista chileno y en otros contextos de movimientos feministas suramericanos.

Al momento de crear su capucha, cada una se pregunta qué personaje quiere encarnar, y qué símbolo personal quiere hacer existir en ese objeto. Crear ese personaje permite nuevas posibilidades de habitar el espacio público y de expresión personal. Cada una puede ser diferente a las demás y, al mismo tiempo, guardar una red de confianza con las mujeres que están a su lado, encapuchadas.

Retrato de una mujer con una capucha o pasamontañas artístico que imita la cara de un payaso.

Retrato de una mujer con una capucha o pasamontañas artístico negro, que le cubre la cara y solo deja que se le vean los ojos, con un bordado en rojo alrededor.

En las entrevistas con las integrantes de la Serpientes, cada una pudo expresar su vínculo con su capucha, que pasa de ser un objeto textil a ser una herramienta política, creativa, personal y de vincularidad colectiva. Los relatos no tienen nombre para mantener el anonimato permitido por las capuchas y continuar con esta meta de expresarse y existir sin ser reconocidas o identificadas con su identidad del día a día.

“El juego que permiten las capuchas me parece interesante en relación con la cuestión de la identidad. Se nos presenta como algo fijo. Con las capuchas, puedes ser lo que quieras ser cuando la llevas. Proyectas y amplificas lo que asocias con ella”. | Foto: Canela Laude Arce.

“Con esta capucha, quería representar a una guerrera con una armadura de jinete rosa y flores en la parte superior. Con las demás miembras del grupo, siento que poco a poco vamos tomando el poder de nuestras creaciones, que nos identificamos con esta fuerza creadora. Es un ámbito en el que podemos generar cambios y acciones políticas”. | Foto: Canela Laude Arce.

“La capucha representa para mí un traje de combate, significa lo que quiero que los demás vean cuando tomamos la calle. No me importa que vean mi cara, mi pelo, mi identidad de género. Quiero que vean cómo se puede representar la ira con el color, el lienzo y el hilo, que se transforma con nuestro deseo de crear”. | Foto: Canela Laude Arce.

“Mi única capucha fue cosida aquí en Francia, durante una reunión para preparar la marcha del 8 de marzo. Cuando la hice, aún no sabía coser. Fue mi primer encuentro con los textiles. Por eso es sencilla, negra y roja, sin muchos adornos. No he querido cambiarla desde entonces, porque su sencillez demuestra que cualquiera puede hacer la suya”. | Foto: Canela Laude Arce.

Retrato de una mujer con una capucha o pasamontañas artístico de animal print y trenzas naranjas.

“Cuando me pongo la capucha siento que mi alter-ego ocupa mi lugar, una parte de mí que está enfadada, que siente dolor, pero que también quiere cambiar la sociedad. Tiene carácter y es decidida. Al dar textura y forma a sus sentimientos, me salió una capucha llena de color, porque vivo estos momentos desde una fuerza hecha también de alegría y amor”. | Foto: Canela Laude Arce.

Retrato de una mujer con una capucha o pasamontañas artístico que le cubre el rostro, hecho con una tela de flores en distintos grises.

“Desde las movilizaciones feministas de 2018 en Chile, y luego durante las protestas de 2019, las capuchas se han convertido en símbolos de la revuelta antipatriarcal. Llevarla en el espacio público es una demostración de mi adhesión al movimiento feminista, y también una reafirmación de la presencia de las activistas feministas en el espacio público”. | Foto: Canela Laude Arce.

Retrato de una mujer con una capucha o pasamontañas artístico negro, adornado con lentejuelas en morados.

“Cuando estamos en el espacio público con las capuchas puestas, siento un círculo de confianza. A veces ni siquiera reconozco a algunas de las personas que se esconden detrás de la tela y los colores. Es saber que compartimos un propósito común y una fuerza multiplicadora”. | Foto: Canela Laude Arce.

“No ser reconocible puede dar lugar a comportamientos individuales que no surgirían si no lleváramos nuestra capucha. Mantenemos un anonimato, pero al mismo tiempo damos lugar a una energía de grupo. Actuamos de forma colectiva”. | Foto: Canela Laude Arce.

Este reportaje fue publicado inicialmente en la edición en papel del El Salto.

Los cuerpos de las mujeres

  

CIMACFoto: Hazel Zamora Mendieta

Con las fallas recién quemadas en pueblos y ciudades de la provincia de Valencia y con una guerra en marcha en Europa y otras en el mundo, cabe pensar, o mejor repensar, el lugar que ocupan los cuerpos de las mujeres en diferentes espacios.

Como hemos podido ver en diferentes fallas, los cuerpos de las mujeres son hipersexualizados y utilizados como reclamos para la sátira y la reproducción de los estereotipos más vulgares. Eso sí, siempre en “nombre” de la fiesta y de la tradición. Como si las violencias machistas contra las mujeres no se perpetuaran también a través de las fiestas y tradiciones…

Hace muchos años y en el marco de un acto festero de mi ciudad, me comentaba un viejo conocido que las fiestas deberían ser un punto de encuentro social en el que desaparecieran las diferencias y toda la comunidad celebrara la vida. En aquel momento me pareció una buena definición.

Este año, de nuevo, en las fallas se ha usado y abusado de la exposición de los cuerpos de las mujeres. Se llama sexismo. Y casi nadie, excepto las feministas lo denunciamos. Es más, cuando una mujer artista fallera ha construido su monumento basado en el cuerpo de una mujer sin hipersexualizar, simplemente mostrándolo desnudo y sin adornos, ha sido destruido y vandalizado. O dicho en otras palabras para que se entienda, ha sido violado, como lo sería, mejor dicho, como lo son los cuerpos de las mujeres violadas. Y recordemos que según el Ministerio del Interior, en España se interponen casi cincuenta denuncias por violaciones al día. Y hablamos sólo de las denuncias y no de todas las violaciones que se producen realmente. No quiero ni imaginar los datos reales…

Y aún así parece que se disculpen hechos vandálicos como la destrucción/violación del monumento fallero que mostraba el cuerpo de una mujer. En fin…

Seguimos con los cuerpos de las mujeres. En las fronteras de Ucrania se ha desatado una especie de “caza” de mujeres para ser explotadas sexualmente en los prostíbulos de toda Europa. Los proxenetas, ante la necesidad urgente de tantas y tantas mujeres, están captándolas para explotarlas y esclavizarlas sexualmente. Sus cuerpos, una vez más, son utilizados para satisfacer deseos sexuales y de dominación por parte de puteros que pagan para violar. Porque eso es el consumo de mujeres prostituídas: pago con derecho a violación.

De nuevo los cuerpos de las mujeres usados y exhibidos para deleite patriarcal. Y, también en las fallas, la aparición de ninotes hipersexualizadas representando a mujeres prostituídas como algo “gracioso” y satírica crítica a posiciones políticas ante una situación que implica mucho sufrimiento para miles de mujeres que cada día son consumidas y violadas por puteros que, además, se permiten negar que lo son.

Demasiadas complicidades patriarcales y en todos los estamentos sociales impiden afrontar la abolición de tanto sufrimiento de miles de mujeres pobres en todo el mundo. Porque aparte de machista y profundamente patriarcal de cuyo sistema es uno de sus pilares, la prostitución es también una cuestión de clase social, no lo olvidemos. Son tratadas por proxenetas y consumidas por puteros, mayoritariamente mujeres pobres y, por tanto, vulnerables.

Y volvemos a la guerra de Ucrania y las mujeres como botines de guerra. Supongo que no tardarán nada en llegar las noticias de las violaciones de mujeres por parte del bando que avance en la conquista de nuevos territorios como forma de hacer valer esa conquista. De nuevo, y como en tantas otras ocasiones, los cuerpos de las mujeres usados como campos de batallas para mostrar avances y superioridad frente a quienes han sido vencidos. La terrible historia de siempre.

Y mientras, el aspirante a dirigir el principal partido de la oposición haciendo suyas las tesis del partido de la ultraderecha y negando las violencias machistas. Todo muy moderno y social en el seno de una Europa culta, moderna y, presuntamente igualitaria y, también presuntamente defensora de los intereses de las personas más vulnerables. Claro que si….

Me entristece y fortalece en mi lucha feminista a partes iguales ver cómo las diferentes violencias ejercidas contra las mujeres son justificadas con discursos regulacionistas de la prostitución o de la legalización de los vientres de alquiler, o a través de los discursos visuales de las fallas con el pretexto de la sátira. Sí, se busca por parte del patriarcado, normalizar la superioridad masculina ridiculizando y consumiendo cuerpos de mujeres y negando que esas sean violencias machistas. Per lo son. Se pongan como se pongan, lo son.

Denunciar que son violencias machistas, señalarlas y exponer que su blanqueamiento o justificación no conseguirán que desde el feminismo lo señalemos como lo que es, sigue siendo motivo suficiente para recuperar fuerzas y seguir en la trinchera de la lucha feminista.

Esta y no otra va a seguir siendo mi lucha. En esa batalla y junto a muchas otras mujeres me van a encontrar.

22/TMC/LGL

Mujeres de Argentina cultivan dignidad en su huerta cooperativa

 ipsnoticias.net

Daniel Gutman

BUENOS AIRES – El espacio consiste en apenas 300 metros cuadrados llenos de verde donde hay una huerta y un vivero agroecológicos, que son la obra y el sueño de 14 mujeres. Como fondo se recorta la silueta imponente de las torres que son símbolo de la zona más moderna y cotizada de la capital de Argentina.

Pero la Vivera Orgánica es parte de otra realidad: está en un barrio vulnerable, que ha ido transformándose en los últimos años gracias al trabajo de los vecinos y el apoyo del Estado.

“Empezamos con la idea de producir algunas hortalizas para nuestras familias. Y hoy somos una cooperativa que le abre las puertas al barrio y también le vende a gente que viene de toda la ciudad y a empresas”, cuenta a IPS la migrante peruana Elizabeth Cuenca, quien llegó de su país a Buenos Aires en 2010 y se instaló en este lugar a orillas del río de la Plata.

El llamado Barrio Rodrigo Bueno nació en los años 80 como un asentamiento precario (en Argentina se las llama “villas miseria” o simplemente “villas”) sobre tierras inundables, en el sur de Buenos Aires.

Está a pocas cuadras de Puerto Madero, una zona ocupada durante décadas por viejos depósitos portuarios abandonados, que a partir de los años 90 fue reciclada y vivió una explosión inmobiliaria que la convirtió en la más buscada por los ricos en la capital porteña.

El contraste entre las frágiles casas de ladrillos sin terminación de Rodrigo Bueno, separadas por pasillos angostos generalmente embarrados, y las modernas moles vidriadas de 40 o 50 pisos levantadas entre las anchas calles de Puerto Madero, se convirtió así en una potente imagen de la desigualdad en esta megaciudad que tiene casi 15 millones de habitantes, si se cuentan los suburbios de su zona metropolitana.

Sin embargo, hoy el escenario es completamente distinto en Rodrigo Bueno, que lleva ese nombre en homenaje a un cantante popular muerto trágicamente en 2000.

Se trata de que es uno de los cuatro asentamientos informales de la ciudad (sobre un total de cerca de 40, según datos oficiales) que están en proceso de urbanización. O “integración socio-urbana”, como lo llama el gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Así, desde 2017 se abrieron calles asfaltadas, se llevó infraestructura formal de servicios públicos y se construyeron 46 edificios con 612 viviendas nuevas, a las que se mudaron cerca de la mitad de las familias del barrio, que son unas 1500, según se estima.

Muchas de las antiguas casas precarias fueron demolidas y otras conviven, calle de por medio, con las flamantes construcciones formales, adjudicadas a sus nuevos dueños con créditos a 30 años.

“A partir de que se empezó a discutir la urbanización, tuvimos talleres de oficios y había uno de jardinería, al que asistimos muchas mujeres, que aunque vivíamos en el mismo barrio no nos conocíamos”, recuerda Cuenca.

“Así fue que aprendimos, nos organizamos y pudimos conseguir un espacio para la Vivera, que inauguramos en diciembre de 2019. Hoy vendemos hortalizas y especialmente plantines para quienes quieren colocar su propia huerta en su casa. No llegamos a recibir un sueldo, pero generamos un ingreso”, agrega.

La apertura de calles avanza en el barrio de Rodrigo Bueno, que nació como un asentamiento precario, sobre la ribera del río de La Plata, en el que antes se accedía por pasillos angostos a casi todas las viviendas, la mayoría de ladrillos a la vista y muchas de autoconstrucción. Foto: Daniel Gutman / IPS

Dando vida a huertos caseros y más

En poco más de dos años, las mujeres de la Vivera Orgánica ya han conseguido algunos hitos, como la venta de 7000 plantines de distintas verduras y hortalizas a la empresa automotriz Toyota, que los destinó como regalo a sus empleados.

También le han vendido vegetales agroecológicos al lujoso Hotel Hilton de Buenos Aires, que está en Puerto Madero, y armaron huertas en un terreno de Enel, una de las mayores distribuidoras de electricidad.

Pero también se han ganado un lugar entre el público común. “Lo increíble es que la pandemia fue una gran ayuda para nosotras, porque mucha gente que no podía salir de su casa empezó a interesarse en comer más sano o en cultivar sus propios alimento. Recibimos muchísimos pedidos”, cuenta Jesusa Flores, una migrante boliviana y una de las  fundadoras de la Vivera.

Ella trabajaba como empleada de limpieza y cuidando personas mayores en casas de familia, cuando las restricciones de circulación debido a la pandemia de covid la hicieron perder sus trabajos y ya no pudo recuperarlos.

“La Vivera ha sido un aporte muy importante para mí, porque está al lado de nuestras casas y aquí nunca dejamos de venir”, dice Flores.

La Vivera no recibe subsidios oficiales y es poco el dinero que las 14 mujeres pueden llevarse a sus hogares, por lo que casi todas tienen algún otro trabajo. Pero todas confían en que tienen potencial para crecer y el vivero convertirse en su única labor en el futuro.

“Durante la peor época de la pandemia armamos 15 cajas por día con 12 plantines para vender, pero recibíamos 60 pedidos. No llegamos a producir todo lo que nos quieren comprar”, detalla Angela Oviedo, un migrante peruana que también integra el grupo.

Varias mujeres preparan los productos de la Vivera Orgánica, junto a parte de un mural pintado sobre la puerta del contenedor que sirve como oficina del emprendimiento en un barrio vulnerable de la capital argentina. Foto: Ministerio de Desarrollo Humano y Hábitat de Ciudad Autónoma de Buenos Aires

La dureza de la informalidad

El gobierno de la ciudad de Buenos Aires acompaña a la Vivera Orgánica como parte del proceso de integración socio-urbana del barrio.

En ese sentido, la situación de los sectores vulnerables es crítica en Argentina por lo menos desde hace cuatro años, cuando comenzó un proceso de devaluación de la moneda local, el peso, acompañado por alta inflación, que genera una notoria pérdida del valor adquisitivo de los ingresos de los trabajadores, especialmente de los informales.

La crisis recrudeció en 2020 con la pandemia de covid-19, que provocó un derrumbe de la economía de 10 %. Y, si bien en 2021 se recuperó casi todo lo perdido, el dato alarmante es que la mayoría de los empleos que se han creado desde entonces son informales.

De hecho, según datos del argentino  Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social en enero de este año había 6 034 637 trabajadores registrados en el sector privado, menos que los 6 273 972 que había en enero de 2018, antes del inicio de la recesión.

Por su parte, el Ministerio de Desarrollo Humano y Hábitat de la gobernación de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires estima que hay unos 500 000 trabajadores de la economía informal en la capital, los más castigados por la inflación, que en marzo pasado alcanzó 6,7 %, el índice más alto para un solo mes en la Argentina en los últimos 20 años.

Por eso, muchos analistas advierten que la pobreza, que en el segundo semestre del año pasado cayó de 40,6 % a 37,3 % según el Instituto Nacional de Estadística y Censos, volverá a crecer en 2022.

Algunos de los edificios que ha construido el gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires en el barrio de Rodrigo Bueno. Son ya 612 nuevas viviendas que se han entregado a las familias que vivían más cerca del río y más expuestas a la contaminación en este asentamiento de la capital argentina. Foto: Daniel Gutman / IPS

Asistencia para formalizarse

“En los barrios populares hay muchas unidades productivas, pero el problema es que, justamente por la informalidad, tienen  grandes barreras para desarrollarse, crecer y poder conectarse con el mercado formal”, explica Belén Barreto, subsecretaria de Desarrollo del Potencial Humano en el gobierno de Buenos Aires.

“Una cuestión tiene que ver con lo productivo: en general los emprendedores trabajan en sus propias casas y no pueden tener escalas importantes. Por eso apoyamos a la Vivera con asistencia técnica, de manera que el proyecto pueda ser lo suficientemente productivo para vender en las cadenas de valor formal de la ciudad”, añade en entrevista con IPS.

Barreto dice que otro obstáculo tiene que ver con la comercialización: los emprendedores tienen dificultades para vender sus productos fuera del entorno en el que viven, a pesar del crecimiento del comercio digital.

“Por eso nuestra apuesta es vincular a estas unidades productivas con empresas para que las puedan consolidar como proveedoras y les permitan acceder a un ingreso más sostenible y a escalar su producción a través de un nuevo mercado. En la última Navidad hicimos rondas de negocios y logramos que más de empresas compraron regalos de la economía social y popular por 17 millones de pesos (unos 150 000 dólares)”, agrega.

Finalmente, para atender el problema del acceso al crédito por parte de los trabajadores informales, el gobierno capitalino creó en 2021 el Fondo de Desarrollo Social (Fondes), un fondo público-privado destinado a la economía social y popular.

El crecimiento sostenido de la economía informal motivó además al gobierno local a crear el año pasado el Registro de Unidades Productivas de la Economía Popular y Social, que permite acceder a beneficios impositivos y ya tiene inscritas unas 3000 unidades autogestivas.

La transformación del barrio también implica mayores oportunidades para sus habitantes, muchas veces víctimas de la discriminación y los prejuicios.

Cuenca, por ejemplo, detalla que “antes no teníamos una dirección para dar cuando buscábamos trabajo y era muy difícil que te llamaran”.

Por eso ella ve a la Vivera Orgánica como una herramienta más de dignificación: “Este proyecto ya es parte del barrio y de nosotras, que hoy sentimos que tenemos una perspectiva diferente”.

ED: EG