12/05/2012

Los poderes fácticos imponen el "Pacto por México"



 
Los poderes fácticos imponen el
El fondo del asunto es que la correlación de fuerzas nacionales no favorece a las corrientes que le apuestan a cambios democráticos, y desde tal perspectiva no hay posibilidades de apostar por el éxito del llamado Pacto por México


Un nuevo gobierno federal empieza, y con él también un nuevo pacto o acuerdo nacional que al paso del tiempo se va diluyendo. Tal pareciera que cada jefe del Ejecutivo que asume el puesto está obligado a demostrar que sabe pactar, que toma en cuenta a los diversos sectores sociales para demostrar un talante “democrático”, que luego en los hechos se convierte en letra muerta. De ahí que no haya margen para el optimismo, aunque éste contenga puntos que de llevarse a cabo cambiarían el perfil de la nación.
          
El problema no está en el contenido, que en este documento que nos ocupa es incuestionable, pues los cinco grandes capítulos son fundamentales en este momento para impulsar un progreso básico de la sociedad. El fondo del asunto es que la correlación de fuerzas nacionales no favorece a las corrientes que le apuestan a cambios democráticos, y desde tal perspectiva no hay posibilidades de apostar por el éxito del llamado Pacto por México. Los poderes fácticos son quienes imponen la agenda de asuntos fundamentales al país, realidad que no se puede cambiar por decreto ni con buenas intenciones.
          
Por lo pronto, es un gran avance que la principal estrategia del gobierno de Enrique Peña Nieto no sea el combate al crimen organizado, y que demuestre cierta sensibilidad para señalar la importancia de generar equilibrios en la sociedad. Ahora sólo falta que demuestre con hechos que no llegó sólo con el fin de apuntalar los intereses de la oligarquía, sino hacer algo más para evitar que la nación se resquebraje, como así habría de suceder de continuar las políticas públicas pro fascistas impulsadas desde hace tres décadas.
          
Qué bueno sería que Peña Nieto tuviera la sensibilidad política y social necesaria para sacar al país del pantano en que está sumergido, a punto incluso de ahogarse por la depredación inmisericorde de un “gobierno” ilegítimo dedicado por entero al disfrute patrimonialista del poder. Fue tan grave tal estilo de “gobernar”, que Peña Nieto está obligado a no caer en el mismo error, so pena de perder muy pronto el apoyo popular que pudiera ganar al demostrar voluntad política y sentido de responsabilidad para hacer algo por el bien de los mexicanos.
          
Otro problema significativo es la falta de tiempo para empezar a ver resultados. Tendrán que verse en el corto plazo o se perderá la confianza que hubiera despertado en algunos sectores de la sociedad. Se antoja imposible, por ahora, que Peña Nieto quiera poner fin a los privilegios fiscales y replantear la política de subsidios y regímenes especiales. Que quiera realmente impulsar gobernabilidad democrática y crecimiento económico con transparencia, rendición de cuentas y efectivo combate a la corrupción. Mientras no se vean pasos efectivos en esa dirección, seguirá existiendo un amplio margen para la duda.
          
Sin embargo, una cosa es dudar de la sinceridad del grupo en el poder y otra muy distinta suponer que se apuesta por el fracaso del nuevo gobierno, como apunta la Arquidiócesis de México en su semanario “Desde la fe”. Al contrario, qué bueno sería para el país que Peña Nieto quisiera gobernar con un sentido social y una visión democrática y patriótica de los grandes problemas nacionales. Entonces se ganaría el apoyo de amplios sectores, porque el pueblo lo que anhela es vivir en una nación donde impere la democracia real y el Estado de derecho, no la impunidad y la corrupción por encima de las leyes.

La Arquidiócesis solicitó a sus feligreses, “mantener firme la esperanza para formar una mejor sociedad, a pesar de la realidad desoladora y no apostar al fracaso del nuevo gobierno, pues ello perjudicaría a todos los ciudadanos”. En primer lugar, la esperanza es lo único que ha mantenido el pueblo para no caer en una actitud derrotista, que se justificaría por el cinismo que caracteriza al grupo en el poder y a la oligarquía. En segundo, si el gobierno fracasara no sería porque algún sector hubiera apostado por ello, sino por su propia ineficacia y absoluta falta de interlocución con los sectores sociales más desfavorecidos.
          
Tal fue la razón fundamental del rotundo fracaso del “gobierno” de Calderón, no el hecho de que la izquierda o algún otro sector así lo hubiera querido. El “haiga sido como haiga sido” fue no sólo una ocurrencia, sino un modo de actuar durante todo el sexenio, que habrá de pasar a la historia como la frase de Vicente Fox de que su gobierno era “de empresarios para empresarios”. Sólo cabe esperar que Peña Nieto no sea un hombre de ocurrencias, y que tenga la capacidad suficiente para actuar con sensatez, honestidad, patriotismo y una elemental sensibilidad social, a fin de sobreponerse a los poderes fácticos que planean tenerlo de rehén en el sexenio.
Guillermo Fabela - Opinión EMET

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