MÉXICO,
D.F. (apro).- Así como grupos de poder y personajes clave manipularon
el Instituto Federal Electoral (IFE) hasta convertirlo en caricatura,
esos mismos intereses han decidido ahora la destrucción total del
Instituto Federal de Acceso a la Información Pública (IFAI).
El
contexto de confrontación interna entre los cinco comisionados facilita
el objetivo del gobierno de Enrique Peña de destituir a éstos y
sustituirlos por personajes no más capaces en la materia ni
independientes ante el poder, sino –como los consejeros del IFE– por
embajadores o meros empleados, aunque con disfraz “ciudadano”.
La oposición de PAN y PRD de evitar una reforma regresiva, no garantiza
preservar la institución que debería ser clave en la transparencia de
la gestión pública y la rendición de cuentas del Ejecutivo a los
ciudadanos sino, al contrario, esa conducta perfila que la nueva
integración será por cuotas partidarias, como el IFE.
Este
proyecto de desmantelamiento del IFAI se consumará como en el IFE si,
como en otras coyunturas, la sociedad y sus organismos no se involucran
y dejan que los grupos de poder, incluyendo los partidos políticos y
gobiernos, tomen decisiones que conciernen a todos.
Porque, hay
que recordarlo, el proceso de desmantelamiento del IFAI no comenzó con
Peña y el PRI, sino con Felipe Calderón quien, en 2006 –cuando ni
siquiera había sido declarado ganador de las elecciones–, impuso como
presidente a Alonso Lujambio, en complicidad con Vicente Fox.
Fue un caso semejante al del IFE, cuyo derrumbe comenzó en 2003, cuando
Calderón, Elba Esther Gordillo y Roberto Madrazo se repartieron los
nueve consejeros encabezados por Luis Carlos Ugalde, ese gran impostor.
¿Cómo Calderón corrompió al IFAI, creado en 2003 por el impulso
ciudadano que forzó a Fox a su creación? Dos protagonistas lo contaron
a Proceso: Los comisionados Horacio Aguilar Álvarez de Alba y Juan
Pablo Guerrero Amparán, éste último de regreso en el IFAI como
secretario general.
Aguilar reveló que él apoyaba a para
presidente Guerrero, su amigo, pero Carlos Abascal, secretario de
Gobernación, le comunicó que Vicente Fox le pidió apoyar a Lujambio, y
luego recibió esa misma “inducción de un cercano colaborador de Felipe
Calderón”.
“No sólo me discipliné a uno y a otro, me discipliné
a los dos”, me dijo quien se asumía como “solado del PAN” y que por eso
acató la instrucción, sabiendo que Guerrero era mejor que Lujambio.
–¿Quién es el “personaje cercano” a Calderón?
–César Nava.
Esa maniobra facciosa tuvo costos para los ciudadanos y dio origen a la
involución que está en curso: Naturalmente Lujambio como presidente del
IFAI protegió a su protector, Calderón.
Guerrero detalló este
comportamiento faccioso en un escrito que entregó a Proceso para
incluirlo en la edición especial sobre Lujambio, editado en marzo de
2011, que incluyó una amplia entrevista que tuve con éste en su
despacho de secretario de Educación.
Guerrero contó que el 10 de
julio de 2006, antes de la votación, planteó a los comisionados
–incluido Lujambio– que el contexto político “polarizado y tenso”
requería que el presidente del IFAI tuviera un liderazgo independiente
y comprometido con la transparencia, el derecho a la información y el
fortalecimiento institucional.
Y añadió: “El nuevo comisionado
presidente (2006-2008) debe representar la autonomía política frente al
nuevo gobierno, y garantizar continuidad y consistencia durante sus dos
años de encargo, con capacidad para impulsar la agencia de la
transparencia en otros ámbitos.”
No fue así: Lujambio subordinó la institución al gobierno de Calderón, su “amigo manifiesto” y a sus ambiciones políticas.
“Mi
reclamo hacia Lujambio nunca fue que tuviera aspiraciones políticas al
lado de sus jefes Margarita Zavala y Felipe Calderón, sino que las
fomentara desde el IFAI, que era una institución nueva, en
construcción, que requería de la mayor credibilidad posible con
respecto a su autonomía. Usar al IFAI como una banca de reserva, en
espera de ser llamado a jugar en la cancha por su entrenador, dañó a la
institución arbitral.
“Dentro del IFAI, Lujambio cuidó a su jefe
y su gobierno, así fuera a costa del derecho a la información o de la
más elemental decencia: Por ejemplo, fue ponente en casos que lo
involucraban directamente a él, como aquél de la lista de invitados a
Los Pinos para un cumpleaños de Calderón al que Lujambio había sido
convidado. Generalmente, abogaba por las dependencias sin rubor alguno.
“Lo
que ocurrió después da vergüenza contarlo afuera: el comisionado
presidente de la información en México pasó a formar parte del gabinete
del gobierno al que vigilaba. La ley y las reglas fueron pecata minuta
si estaba en juego su seguridad o su prestigio: inventó una sesión de
órgano de gobierno para justificar un despido y liquidación ilegal de
un director general.
“Fue denunciado y exhibido con los dedos en
la puerta, pero no pasó nada, el asunto fue archivado. En el IFAI, a
Lujambio le faltó humildad para reconocer errores y rectificar; usó a
todos los que se dejaron y seguramente olvidó sus nombres.
“Le
faltó valentía para enfrentar de frente a sus pares y adversarios; pero
solía maltratar a sus subordinados. Le faltó ser tolerante y
constructivo ante la crítica, que detestaba. Le faltó tener
consideración al solicitante de información y conectarse con la gente
común y corriente, con la sociedad civil y sus organizaciones, a las
que menospreció y marginó.
“A pesar del nombre legal del IFAI de
entonces, solía decir: ‘Instituto Federal de Acceso a la Información’,
omitiendo la palabra ‘Pública’. Fue un concepto que nunca se le dio.”
Hasta
aquí el relato de Guerrero. Y ya se sabe: Lujambio quiso ser candidato
presidencial del PAN, pero su “amigo manifiesto” no quiso, y enfermo de
cáncer se le hizo senador, con cuya investidura murió.
Calderón,
faccioso, siguió destruyendo al IFAI: Propuso como comisionadas a María
Elena Pérez Jaen, una publirrelacionista de Elba Esther; a Sigrid Arzt,
una espía de Calderón, y a Gerardo Laveaga, un frívolo burócrata con
aires de intelectual.
Ahora Peña va por la suya…
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