Gabriela Rodríguez R.
Tal
vez Adolfo López Mateos fue el último estadista al frente del Poder
Ejecutivo, el último que amaba a su pueblo y que actuó como servidor
público, el primer presidente elegido por las mujeres mexicanas y quien
nacionalizó la industria eléctrica. La nueva publicación escrita por un
descendiente directo de López Mateos y tataranieto de El Nigromante, Emilio Arellano, es un texto sin desperdicio que da luz al lector en medio del sombrío momento que nos rodea ( Adolfo López Mateos, una nueva historia, Editorial Planeta, México, 2013).
Quien gobernó México de 1958 a 1964 fue heredero de un gran linaje
liberal: sobrino nieto de ideólogos de la Reforma, del último hijo de
Ignacio Ramírez, El Nigromante, de José María Sánchez-Román,
de Jesús González Ortega y del padre moral de los periodistas,
Francisco Zarco Mateos. Primo del poeta zacatecano Ramón López Velarde,
Adolfo quedó huérfano de padre a edad temprana, cuando la familia vino
a menos por un fraude que hicieron a su madre al enviudar, Elena Mateos
Vega, cuyo representante legal fue nada menos que Antonio Díaz Soto y
Gama, el abogado de Emiliano Zapata. Por necesidad, López Mateos empezó
a trabajar a los 16 años como administrador de una librería, donde
ganaba 20 pesos mensuales. Fue cuando empezó a inquietar a la familia
por sus ideas socialistas, algunas inspiradas en el general Tomás
Garrido Canabal, el azote de los curas de Tabasco, a quien conoció y
trató a esa temprana edad.
Sus carreras como abogado y político corrieron juntas: colaboró en
la reforma agraria al lado de Lázaro Cardenas, fue secretario del
Partido Nacional Revolucionario y en 1952 fue secretario general del
partido que cambió su nombre a Revolucionario Institucional. Después de
ser senador y secretario del Trabajo llegó a la Presidencia de México,
e integró su gabinete con notables mexicanos: destacamos a Javier
Barros Sierra en Obras Públicas, a Antonio Ortiz Mena al frente de la
Secretaría de Hacienda, cuando México alcanzó un crecimiento de 78.7
por ciento anual; la excepción fue nombrar como secretario de
Gobernación a Gustavo Díaz Ordaz –nadie es perfecto–: entonces hubo
represión al movimiento ferrocarrilero. En esos tiempos se colocaba a
intelectuales con prestigio moral al frente de la Secretaría de
Educación Pública. Ahí designó a Jaime Torres Bodet, quien creó la
Comisión Nacional de los Libros de Texto Gratuitos y libró batallas
campales contra los conservadores, con apoyo del magisterio y de la
esposa del presidente, por la defensa de la educación pública y laica.
La maestra Eva Sámano de López Mateos mostró gran capacidad de
mediación política al neutralizar a los conservadores de la época. Ella
no fue una muñeca de porcelana que adornaba a su marido: además de
colaborar en la política educativa, ella se ocupó personalmente de la
creación del Instituto Nacional de Protección a la Infancia, el
antecedente del DIF actual, y tuvo la idea de los desayunos escolares
en las escuelas públicas, que por decreto y hasta la fecha elevaron los
niveles nutricionales de la niñez mexicana. Los libros de texto
aseguraban la eficiencia de la educación laica y gratuita, pero sobre
todo buscaban consolidar la igualdad y el derecho a la educación
pública con base en el magisterio, textualmente considerado por el
presidente
como un ejército de evangelizadores laicos en permanente lucha contra la ignorancia. Entonces era semejante el nivel de aprovechamiento en escuelas públicas y privadas.
Con
intelectuales, pintores y poetas López Mateos construyó una política
social y cultural que sólo podía comprender un hombre de gran cultura:
creó la Universidad Autónoma del Estado de México, la unidad
habitacional Tlatelolco, el Instituto Politécnico Nacional, el Museo
Nacional de Antropología, el Instituto de Seguridad y Servicios
Sociales de los Trabajadores del Estado. Sus ideas sobre el mercado
laboral se apoyaban en los conceptos de El Nigromante:
El trabajo no es una mercancía, es un atributo de la dignidad de las personas, el trabajo es capital dentro de las empresas. Cuando surgió el conflicto entre Cuba y Estados Unidos se pronunció del lado de la nación caribeña. Durante la estancia en México de Fidel y Raúl Castro los apoyó con dinero y medicinas. Cuenta la leyenda urbana que el ex presidente se escapaba al parque de Miraflores a platicar con Fidel Castro y con el Che Guevara.
El 27 de septiembre de 1960, al nacionalizar la industria eléctrica,
después de referirse a la claridad de los preceptos en los artículos 27
y 28 constitucionales, esta fue la oratoria de López Mateos:
Pueblo de México: les devuelvo la energía eléctrica, que es de la exclusiva propiedad de la nación, pero no se confíen porque en años futuros algunos malos mexicanos identificados con las peores causas del país intentarán por medios sutiles entregar de nuevo el petróleo y nuestros recursos a los inversionistas extranjeros. Ni un paso atrás, fue la consigna de don Lázaro Cárdenas del Río al nacionalizar nuestro petróleo. Hoy le tocó por fortuna a la energía eléctrica. Pueblo de México, los dispenso de toda obediencia a sus futuros gobernantes que pretendan entregar nuestros recursos energéticos a intereses ajenos a la nación que conformamos. Una cosa obvia es que México requiere de varios años de evolución tecnológica y una eficiencia administrativa para lograr nuestra independencia energética; sería necio afirmar que México no requiere de la capacitación tecnológica en materia elécrica y petrolera. Pero para ello ningún extranjero necesita convertirse en accionista de las empresas públicas para apoyarnos.
Twitter: @Gabrielarodr108
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