7/12/2014

“Esclavas del templo” luchan por liberarse en India

IPS


“Estoy mareada. El tabaco me da dolor de cabeza y náuseas”, contó Nalluri Poshani, quien solo tiene 32 años, pero parece una mujer de bastante más edad. IPS la entrevistó mientras con destreza fabricaba “beedis”, un cigarrillo local, arrodillada en el suelo junto a una pila de tabaco y hojas.
Poshani no es una mujer común, es una jogini, que podría traducirse como “esclava del templo”. Es una de las miles de jóvenes dalits, la más baja en el sistema de castas hindú. Desde muy pequeñas las dedican a la diosa del pueblo Yellamma, porque se cree que su presencia en el templo alejará a los malos espíritus y traerá prosperidad para todos.
Actualmente, no puede hacer otra cosa que fabricar cigarrillos, que vende a dos dólares las 1.000 unidades y le deja unos 36 dólares al mes. “Ojalá pudiera tener otro trabajo”, anheló.
Tenía solo cinco años cuando protagonizó el ritual de dedicación.
Primero la bañaron, la vistieron como novia y la llevaron al templo donde un sacerdote le ató un “thali”, un hilo sagrado que simboliza el matrimonio, alrededor del cuello. Luego la condujeron afuera donde había una multitud reunida, la sujetaron para que la examinaran y la proclamaron nueva jogini.
Durante varios años vivió y trabajó en el templo, pero al llegar a la pubertad, los hombres del pueblo, por lo general de castas altas que en otro contexto la hubieran considerado “intocable” como a todos los dalits, la visitaban por la noche y mantenían relaciones sexuales con ella.
Nunca fue una trabajadora sexual porque nunca cobró o le pagaron por sostener esas relaciones. Pero sí estaba atada al templo, mediante rituales y la firme creencia de los lugareños en sus poderes sobrenaturales.
Solo la consideraban más que una prostituta durante los festivales religiosos, cuando bailaba en trance oficiando de médium a través del cual se expresaba la diosa Yellamma. Si no, la mayoría de sus casi tres décadas de servidumbre estuvieron teñidas de violencia y falta de respeto.
Actualmente, hay una fuerte campaña contra las joginis en el pueblo de Vellpoor, en la región de Nizamabad en el sureño estado indio de Telangana, para prohibir esta práctica centenaria. Pero las mujeres como Poshani todavía no tienen mucho que celebrar.
Si bien está contenta de no tener más ataduras sexuales, no tiene cómo mantenerse sin casa, ni tierras y una deuda de 200.000 rupias (unos 3.000 dólares), que pidió prestados a un usurero.
Visiblemente desnutrida, Poshani representa la situación de muchas mujeres joginis adultas que se encuentran explotadas sexualmente, en la pobreza, enfermas y solas.
Tradición o un sistema de explotación
Según cifras oficiales, hay unas 30.000 joginis, también llamadas devdasis o matammas, en Telangana. Otras 20.000 viven en el vecino estado de Andhra Pradesh. En ambos estados, 90 por ciento de las joginis son dalits.
La prostitución en los templos está prohibida en Andhra Pradesh desde 1988. La Ley para la Abolición de las Jogini castiga la iniciación de una mujer en el sistema con penas de entre dos a tres años de cárcel y una multa de 3.000 rupias (unos 33 dólares).
Pero es un castigo demasiado suave para un delito tan atroz, observó Grace Nirmala, una activista de Hyderabad, capital compartida por ambos estados.
“Las joginis viven alejadas de sus familias y no tienen derechos”, explicó Nirmala, quien dirige la organización Ahsray (refugio) y hace 20 años se dedica a rescatar y rehabilitar a estas mujeres. “Su vida queda totalmente arruinada y el castigo son un par de años de cárcel o una multa de unas pocas rupias”, subrayó.
La mayoría de los agentes de policía ni siquiera conocen la ley, lo que dificulta la abolición de la práctica, apuntó.
Las supersticiones también contribuyen a mantener la tradición, pues muchos lugareños creen que las joginis tienen poderes divinos.
“Acostarse con una jogini es una forma de invocar el poder sobrenatural y agradar a la diosa”, explicó Nirmala. “En muchas familias, cuando hay algo que les molesta, la esposa le pide a su marido que tenga relaciones con la jogini para que el problema se vaya”, añadió.
Pero hay quienes atribuyen esta práctica al arraigado sistema de castas.
“El sistema jogini no solo viola los derechos de las mujeres, también los derechos humanos porque siempre es una mujer dalit la que se convierte en jogini, así como siempre son de las castas dominantes los que ella sirve”, arguyó Jyoti Neelaiah, defensora de los derechos dalits en Hyderabad.
Todo el sistema es un “juego de poder” en el que los grupos sociales dominantes oprimen a los más débiles y marginados de la sociedad, insistió.
La activista Kolamaddi Parijatam cuestiona la explicación de varias organizaciones, e incluso de académicos, sobre que esta práctica tiene profundas raíces culturales y que debiera preservarse.
La comunidad dalit constituye 17 por ciento de la población del nuevo estado de Telangana, por lo que muchas activistas creen que Vellpoor es un buen lugar para encabezar el movimiento a favor de una reforma legal. Parijatam hace seis años que moviliza a las mujeres rurales contra este sistema. Ha trabajado incluso en Vellpoor, donde hay unas 30 joginis.
Molestas por la incapacidad de las autoridades de frenar esta práctica, las mujeres se convirtieron en vigilantes en un intento por rescatar a sus congéneres de la ceremonia de dedicación.
La policía de a poco toma conciencia de la ley gracias a la presión de organizaciones civiles. Pero el proceso es muy lento y la mayor responsabilidad recae sobre las activistas que denuncian las violaciones y se aseguran que los responsables sean detenidos.
Las activistas reclaman al gobierno que destine recursos del Plan para el Componente Especial -que ofrece apoyo económico y social a las comunidades marginadas- a la rehabilitación de las joginis, quienes permanecen excluidas de los programas de asistencia.
Neelaiah hizo hincapié en que los hijos y las hijas de las joginis corren el riesgo de sufrir abusos verbales y acoso si se llega a conocer la identidad de sus madres. Las niñas están en una situación particularmente vulnerable porque pueden ser víctimas de trata u obligadas a reemplazar a su madre en el templo.
Tanto Neelaiah como Nirmala trabajan para que los hijos y las hijas de las joginis vayan a la escuela, lo que, según ellas, es la mejor forma de protegerlos.

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