12/22/2018

Masculinidades errantes. Sobre espejos rotos, automentiras y cambio


Masculinidades & Cambio
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Hablar sobre el hombre es coger la patata caliente que siempre rula de mano en mano. Y no rula por casualidad: la poca tradición de la masculinidad como tema hace que haya –con pasmosa diferencia– muchas más incógnitas que respuestas. Por ello, al hablar son inevitables los titubeos, los tumbos y las contradicciones. Si la masculinidad es contradictoria por definición, ¿cómo hablar de ella con certezas? Las líneas que siguen, en consecuencia, no son sino una crónica de la incertidumbre. Un caminar errante por un sendero que no me abandona, y que se incrusta en mi piel a cada paso, hasta tal punto que no entenderme como hombre es no entenderme en absoluto.
La tarea de hablar sobre masculinidades revela su importancia cuando, a pesar de que los éxitos del feminismo se noten cada día más, los hombres siguen (seguimos) utilizando sistemáticamente privilegios afectando o poniendo en riesgo a multitud de personas en situación de vulnerabilidad. Cómo esos privilegios se encarnan en los cuerpos y cómo son vividos por los hombres son temas que necesitan pensarse con calma pero sin pausa.
Evidentemente, los cambios en la vida personal de los hombres no van a conseguir destruir el patriarcado. Independientemente a los hombres, existen unas estructuras objetivas que siguen dinamitando las posibilidades de igualdad real. Pero el hombre puede decidir si intentar poner palos en la rueda del patriarcado y colaborar en la creación de espacios de igualdad, o aceptar el patriarcado y no hacer nada. Lógicamente, es mucho más interesante escribir sobre la primera opción.
Pensar sobre los privilegios masculinos desde un cuerpo masculino es complicado y, al hacerlo, me descubro bailando entre la facilidad para invisibilizar las relaciones de opresión que ejerzo, la certeza de que no soy “mala persona” y, sin embargo, la seguridad de que tengo privilegios y los uso constantemente, aunque a veces no sepa del todo qué privilegios son esos, cuántos tengo y cómo los ejerzo. Y aun con todo, tengo la suerte de haberme topado con un feminismo con el que inicié un proceso individual (y con algunos compañeros) para romper el trono de un sujeto autosuficiente que con conciencia y voluntad puede solucionarlo todo. Si yo, privilegiado hombre en deconstrucción, universitario concienciado y pretendido aliado del feminismo, tiene problemas incontables, imaginaos al que el feminismo le pilla lejos…
La tradición patriarcal por la cual el hombre renuncia al mundo de los sentimientos no sale gratis: nos pesa el analfabetismo emocional que nos vuelve incapaces para identificar, entender y gestionar emociones. Y eso supone una importante barrera para la conciencia de los privilegios. Contamos con un arsenal enorme de excusas que nos repetimos, a nosotros y a los demás, sobre nuestra situación. Por ello, la mitad de los privilegios no pueden considerarse plenamente conscientes: pululan en algo parecido a lo que Orwell llamaba doble-pensar por el que nos mentimos y seguidamente nos olvidamos de que nos hemos mentido.
¿por qué va a querer cambiar un hombre? Está claro que los hombres no van a querer simplemente renunciar a sus privilegios, ¿o sí? ¿Cuál es la clave para querer quitarle peso a esa mochila de privilegios?
Si bien cada uno es responsable de sus decisiones (y esto es una verdad como un templo), pasar por alto la dimensión estratégica del asunto (tenemos que conseguir llegar a la gente) y plantear el problema en términos de culpas es a veces complicado: aunque a un puñado de hombres de la izquierda moral nos gusta eso de lamentarnos por la incoherencia para buscar niveles cada vez más altos de congruencia, la mayoría no se sienten ni opresores ni mucho menos malas personas y antes morirán matando que caer en la desvalorización personal.
¿Mujeres, coches y fútbol?
Nuestro contexto es el de un modelo de masculinidad monolítica que estalla en identidades y relatos muy diversos: las instituciones de la masculinidad –agresividad, mujeres, coches y fútbol– se han debilitado junto con la seguridad del macho –aunque quien crea que no pueden hacerse fuertes otra vez se equivoca estrepitosamente–. Ante esta situación, la fragmentación de identidades genera un malestar que, de no articularse en un discurso que dé salida práctica a la frustración, puede repolitizarse (como de hecho está pasando) en un neomachismo nihilista, ácido y rencoroso. El concepto de culpa, usado en algunos contextos, puede terminar de decantar la balanza: ¿quién quiere sentirse culpable? ¿Qué sentido tendría acercarse a un movimiento que espera de mí que me autoculpabilice? Además, en un contexto postcatólico, el sentimiento de culpabilidad es fácilmente eludible. Como decía, será por argumentos para escapar de la culpa y arrojársela a otro (o más bien otra) …
Sin embargo, resulta igual de inapropiado caer en el victimismo masculino: es muy sencillo terminar hablando del hombre en términos de “víctima” del patriarcado. Y, aunque siendo estrictos, el hombre debería ser considerado igual de producto del patriarcado –a nivel de gustos, intereses, formas de comportarse, maneras de relacionarse…– que la mujer, plantearlo como víctima diluye la materialidad del asunto equiparando hombre y mujer, como si uno no dominase sobre la otra, como si uno no pudiese invisibilizar/anular/agredir/violar/matar a la otra.
Aun así, presentar al hombre como un verdugo por naturaleza tampoco es solución: si integramos el enfoque “interseccional”, vemos que las relaciones de desigualdad son diversas y no pueden reducirse sólo al sexo/género. Etnia, clase, raza o sexualidad también intervienen. Puede hablarse de hombres que sufren igualmente desigualdades según se articule el eje de masculinidad con el de clase baja y/o el de etnia y sexualidad discriminadas.
Entender esto es importante para no caer en la victimización del hombre: no todos los privilegios, pero tampoco todos los costes de la masculinidad se reparten equitativamente. No todos los hombres son víctimas del patriarcado. La vivencia de la masculinidad de un hombre blanco heterosexual económicamente solvente sufre costes mínimos mientras ostenta los máximos privilegios, pero no así los jóvenes migrantes que viven en sus carnes la precariedad laboral y vital y sólo encuentran refugio identitario en una hipermasculinidad exacerbada. De nuevo, todos somos responsables de nuestras decisiones, pero en algunos casos hay que afinar la mirada para ver qué lógicas operan y cómo podemos incidir mejor para su transformación.
Para los que intentamos avanzar en esto de los modelos alternativos de masculinidad una pregunta nos taladra la cabeza: ¿por qué va a querer cambiar un hombre? Está claro que los hombres no van a querer simplemente renunciar a sus privilegios, ¿o sí? ¿Cuál es la clave para querer quitarle peso a esa mochila de privilegios? La obligación ética no es una causa muy probable y de serlo, un movimiento basado en el requisito de tener altura moral parece un poco arriesgado. Quizás en los entornos más politizados se podría dar este tipo de causas, pero desde luego, en los menos concienciados, no.
Sin embargo, esa obligación ética puede venir también de experiencias de sensibilización como la de conocer los casos de violencias de las mujeres que nos rodean. Al estar ligados a las personas que nos cuentan casos de acoso, desprecio, miedo o intentos de violación, hay una motivación directa para un replanteamiento de nuestra vida masculina.
Entender esto es importante para no caer en la victimización del hombre: no todos los privilegios, pero tampoco todos los costes de la masculinidad se reparten equitativamente. No todos los hombres son víctimas del patriarcado
La deseabilidad de la deconstrucción puede ser otra motivación probable. Esta se dará cuando los modelos de lo deseable muten incluyendo otros perfiles de masculinidad. Cambia la moda y se altera la estructura de valores integrando perfiles otrora excluidos: belleza andrógina, sensibilidad doméstica, gustos textiles, inteligencia emocional, etc. Estalla en pedazos la noción de lo aceptable y se revalorizan determinados rasgos. Sea para encajar, para ser más aceptado, para ligar o para estar a la moda, cambiar se vuelve deseable. En estos casos, el motivo suele estar alejado de un planteamiento político feminista: no se cambia por justicia social, se cambia por deseo (aunque algunos dirán que eso da igual y que lo importante es el cambio). También puede darse deseabilidad en los entornos feministas: cuando para encajar en un grupo se transforman mis prioridades para acomodarse al grupo, a veces eso implicará cuestionar mi masculinidad.
La contracara de la deseabilidad es el cambio por obligación social que implica una variación independientemente de lo que se quiera por ser censurados algunos comportamientos. Esto hace que no se tenga otra opción distinta al cambio: por imperativo social el machismo y los privilegios no quedan impunes impulsando como respuesta modelos de masculinidad distintos. Esto, lógicamente, se dará en entornos con un feminismo muy asentado y con la capacidad de imposición suficiente como para legitimar el discurso que penaliza comportamientos machistas. Tiene que ver, pues, con la hegemonía local del feminismo. Pero cabría discutir si es suficiente una estrategia que no venga con el convencimiento del hombre. ¿Basta con que no se tengan comportamientos machistas de cara hacia los demás o el convencimiento es condición necesaria?
Las motivaciones que pueden encontrarse para comenzar el cambio pueden ser muy diversas. Sin embargo, ninguna es suficiente para realizar un proceso de revisión efectivo y es que querer cambiar no significa saber cómo hacerlo. Y lo digo por experiencia. Los quebraderos de cabeza son legión y es fácil que, ante la incapacidad de responder con certeza al ¿qué hacer?, surja la frustración.
¿Cómo ser hombre?
Precisamente la parte menos clara y más débil del pensamiento sobre las masculinidades es la que propone modelos alternativos de ser hombre. Algunas propuestas se atreven a definir rasgos de la masculinidad que vendrá (poco claros o poco creíbles la mayoría) pero los demás lo plantean como una cuestión de procesos más que de resultados: se trata de generar espacios de pensamiento, diálogo y ensayo conjunto. Laboratorios de masculinidad donde poder darle palabras a un mundo emocional informe que nos ronda en la cabeza. Huid de quien diga que expresarse es sencillo: la masculinidad opera en lo velado y difícilmente encontraréis hombres con un discurso perfilado sobre lo que significa ser hombre. Ese discurso hay que construirlo a base de trabajo colectivo y los iluminados sobran.
La mala noticia es que estos grupos de masculinidades tampoco terminan de escapar del riesgo de convertirse en polos ultracoherentes de concienciación (y de reparto de carnets, lógica que nos suena). Si bien el ir despejando el camino de las nuevas articulaciones que puede tener lo masculino es importante, el reto sigue siendo el mismo: extender la concienciación y dar con un discurso que pueda articular el malestar masculino que produce la desaparición de las certezas.
He conocido a hombres que han desarrollado cierta inquina hacia el feminismo por la incapacidad de dar salida práctica al malestar. El reflejo quebrado del espejo no es placentero y es muy sencillo que la autocompasión se convierta en autojustificación. Cuando aparecen discursos (simplones y estúpidos pero sencillos) que te lamen las heridas y te permiten soldar la fractura del espejo, ¿quién puede decir que no cederá nunca a ellos? De ahí la importancia de que ante el peso que cobran los “discursos neomachunos” se haga un contrapeso con discursos de masculinidades profeministas.
La lucha feminista, tan potente en los últimos años, aparece aquí como una plataforma de oportunidad. La lógica del contagio que permite que el feminismo se difunda como una pandemia (¡bendita pandemia!) y que abre una puerta de empoderamiento femenino, puede servir al hombre para arrojar luz sobre sus privilegios y, más importante aún, sobre en qué lucha puede volcar su esfuerzo. Aunque esto pone sobre la mesa el último reto del que quería hablar: volcarse en el feminismo sin robar protagonismo y sin exigir que el feminismo se haga cargo de “la cuestión masculina”.
Y en esas estamos. Sin muchas respuestas, con cada día más incógnitas, dando tumbos y ensayando a pequeña y mediana escala espacios de aprendizaje individual y colectivo. A fin de cuentas, el feminismo no va sobre el hombre y, si queremos algo, tendremos que ser los propios hombres los que nos saquemos las castañas del fuego.


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