3/26/2014

La batalla por el INE

Ricardo Rocha La batalla por el INE

Ricardo Rocha 
 Igual me equivoco y al final todo se resuelve en una tersa negociación. Ya se sabe que ahora todo es negociable. Más aún cuando el debate por las leyes secundarias en las reformas de telecomunicaciones y energética representa un gigantesco botín —o un arsenal, según se quiera ver— para el intercambio de favores o de plano para el chantaje. Así es la política a la mexicana y por ahora no se ve posibilidad de transformarla. De un lado, un presidencialismo exacerbado respaldado por un PRI que sabe ser hegemónico; del otro, una oposición dividida y cambiante entre el PAN y el PRD que un día actúan conjuntamente, para mañana sumarse u oponerse a las iniciativas presidenciales según sean el tema y los intereses de cada partido. En paralelo hemos venido padeciendo en los años recientes una partidización de la vida pública, lo cual no es tan extraño. Lo que sí es grave es que este partidismo a ultranza ha secuestrado a instituciones que se creían ciudadanas y a otras de carácter técnico que se concibieron supuestamente independientes de partidos y gobierno. 
Son los casos del IFAI, la Cofetel y más recientemente el Ifetel. Aunque el más patético ejemplo es el del IFE. De aquel Instituto Federal Electoral de los Woldenberg, Merino y Granados Chapa queda nada o muy poco. Los partidos, a través del Congreso y con el pretexto de preservar los equilibrios, en realidad comenzaron a devorarse un pastel y a pelearse por el tamaño de las rebanadas que, según ellos, les corresponden a cada uno de acuerdo a su peso específico en gobiernos y el Congreso. Así que de Consejeros Ciudadanos en la teoría, fueron derivando en delegados de partido en la práctica. El juego es muy sencillo e impúdico: si a cada uno lo puso un partido, a él le deberá el cargo y la vida. 

Así que yo creo que el esquema está tan viciado de origen que la única posibilidad de recuperar al IFE —muy pronto INE— es cambiándolo desde dentro. Sé que suena ilusorio, pero tendría que haber una suerte de revolución interna, a riesgo de que a los “nuevos” consejeros los tachen de traidores. A propósito, habría que recordarles que en estos años los traicionados hemos sido los ciudadanos. 

Por lo pronto vivimos el absurdo de la sustitución del IFE por el INE a un costo gigantesco en más de un sentido. Luego, testimoniamos un complejo proceso de decantación de cientos de candidatos hasta llegar a 55 finalistas en 11 quintetas para elegir uno de cada una. Etapa en la que la única garantía es el grupo de notables que —a querer o no— encabeza Soledad Loaeza para la depuración de aspirantes. Resuelto el tema de la participación de los cuatro consejeros salientes, ahora resulta que la quinteta estelar para elegir al Consejero número 11, es decir, el presidente, está dominada por los aún consejeros del IFE. 

Honestamente no creo que tengan posibilidad las señoras Llanderal de Michoacán y Soto Acosta de Zacatecas. Por lo que hace a Marco Antonio Baños se le ubica como cercano al PRI, aunque nadie podría dejar de reconocer su trabajo y méritos. En el caso de Edmundo Jacobo Molina, hasta ahora secretario ejecutivo del IFE, su sorpresiva inclusión en las nominaciones ha provocado que muchos “observadores” lo vean como el “caballo negro” de la contienda. Por lo que hace a Lorenzo Córdova lo tengo por hombre de una pieza, académicamente muy sólido y con actitud abierta y contemporánea. Se le señala como cercano al PRD, lo cual podría apoyarlo, perjudicarlo o todo lo contrario. Nadie puede descartar una guerra sucia y una batalla sangrienta. 

Lo relevante será ver cómo se comportan desde ahora y ya en la práctica el Presidente y los otros diez Consejeros elegidos en el Congreso. Ver si pueden sepultar las armas y trabajar conjuntamente sin rencores. Ya se sabe que tenemos la democracia más cara e injusta del planeta. Porque es una verdadera vergüenza lo que, en un país de pobres, nos cuestan a todos nosotros, vía impuestos, los Partidos, el IFE y los procesos electorales. 

Sólo falta que además de despilfarradora, tengamos también una democracia desgastada y agónica. Una muerta prematura. 

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