3/28/2014

La bala que mató a Colosio sigue viva


La bala que mató a Colosio sigue viva

Por Ricardo Monreal Ávila 


¿Hay alguna relación entre el asesinato de Luis Donaldo Colosio y la actual violencia que vive el país?

Sí, por supuesto. Es la misma relación que existe, en condiciones de fragilidad ambiental, entre el aletear de unas mariposas en China y su conversión en huracán en el mar Caribe. Nuestra fragilidad sistémica inició con la violencia política, se transformó luego en violencia criminal y está descendiendo a la calle en forma de violencia social.

El asesinato de Colosio fue causa y efecto a la vez de una modalidad de violencia política que el país no vivía en décadas.

Los asesinatos de Manuel Buendía y del agente de la DEA Enrique Camarena Salazar, en el gobierno de Miguel de la Madrid, iniciaron aquella corriente de violencia política. Hoy sabemos que en ambos casos intervino la “narcopolítica”.

Esa violencia escalaría en el gobierno de Carlos Salinas de Gortari: 580 perredistas asesinados en seis años, sin ningún responsable ni castigo, concatenados con el estallido zapatista en los Altos de Chiapas. 20 años después no sabemos con precisión cuántos murieron en el mercado de Ocosingo los primeros días de 1994, cuando tropas especiales del ejército (Gafes), se enfrentaron con las bases indígenas del EZLN.

Tres meses  después sobrevendría el atentado a Colosio: el primer crimen de Estado cometido por un "asesino solitario". Y para rematar, el asesinato de José Francisco Ruiz Massieu.

Al investigar el entorno de violencia política de aquel fatídico 1994, el dictamen del subprocurador Mario Ruiz Massieu, hermano de José Francisco, fue contundente: "los demonios andan sueltos".

Al amparo de la impunidad y la falta de justicia, esos demonios conducirían la violencia de la arena política al infierno criminal. Del pleito entre facciones del poder público se pasó al enfrentamiento entre facciones mafiosas.
En el gobierno de Ernesto Zedillo se dieron los primeros reacomodos en los cárteles de la droga. Sinaloa, Durango y los estados fronterizos de Baja California y Chihuahua fueron escenarios de ejecuciones violentas. De los 69,000 homicidios registrados en el país en ese gobierno, un 10%, 7,000, fueron ejecuciones vinculadas al tráfico de drogas.

La primera alternancia presidencial no disminuyó la violencia criminal. Al contrario, dañó y sigue golpeando la calidad de la transición democrática. En el gobierno de Fox, las ejecuciones vinculadas con la violencia criminal representaron el 24% de los 50,000 homicidios registrados oficialmente en ese sexenio.

Vendría el acelerador de una violencia criminal sin precedente, la guerra de Felipe Calderón. La cifra oficial reporta 70,000 ejecuciones, más de la mitad de los homicidios registrados en el país, además de 10,000 desaparecidos, por lo menos.

La segunda alternancia política (el regreso del PRI al poder) no se ha traducido en un freno a la violencia. Al contrario, estamos ante una tercera mutación, la violencia social, expresada en diversas formas y ámbitos, como la proliferación de grupos de autodefensa, con resultados de pronóstico reservado.

De la violencia política a la criminal, y luego a la social. Es el ciclo que detonó hace dos década
s el asesinato de Colosio. Aquella bala expansiva, troquelada a base de impunidad e injusticia, sigue causando estragos. 

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