11/22/2013

Humazos de copal



 
 Tomás Mojarro

            El general Díaz, con su mano de hierro ha acabado con nuestro espíritu turbulento e inquieto y ahora que tenemos la calma necesaria y que comprendemos cuan deseable es el reino de la ley, ahora sí estamos aptos para concurrir pacíficamente a las urnas electorales.

            Exacto, mis valedores. Semejantes conceptos humo son del copal que en 1808 y ante el altar del dictador, depredador y genocida (Tomochic, indígenas yaquis, Cananea y Río Blanco) quemó un espiritista y vinicultor a quien tocó en suerte iniciar la  revolución de 1810, gloria y honor de dos precursores: los hermanosFlores Magón. Yo, en contracanto de la versión oficial, hablé ayer de Ricardo de los mismos apellidos como el espíritu de la Revolución. Hoy, un 20 de noviembre que Peña ha borrado de  la historia mientras unas masas indiferentes se engolosinan con goles, muestro cómo en La sucesión presidencial Madero forró de elogioso a Dn. Porfirio. Va aquí esta pedacera del libro que nos legó el antireeleccionista. Juzguen ustedes:

            “Ahora que el general Díaz no tiene más que temer que el fallo de la Historia, ni más que desear que la gratitud nacional, no será remoto que procure atraerse a esta última y asegurarse un fallo favorable de la primera, respetando en sus últimos días la voluntad nacional y cumpliendo todas las promesas que antes hiciera a la patria". "Ante la Historia podrá justificarse diciendo: Con mi permanencia en el poder maté al militarismo, acabé con el espíritu turbulento, hice que en todos los ámbitos de la República se respetase la ley; consolidé la paz, extendí por todo el país una vasta red ferrocarrilera, construí grandiosas obras materiales; favorecí la creación de cuantiosos intereses privados, aumenté la riqueza pública; de mi patria, turbulenta, pobre, sin crédito, he hecho un país pacífico, rico y que goza de un justo crédito en el extranjero.

            Es posible que para llevar a cima esta obra, haya yo cometido algunas faltas; todo el mundo está expuesto a errar, pero esas faltas han sido de buena fe y la prueba de ello es que la principal que se me puede imputar: que me haya colocado arriba de la ley, sólo la he cometido mientras lo he juzgado indispensable para llevar a feliz término mi obra. Ahora que creo que ésta está terminada, que el país está apto para ejercer sus derechos, devuelvo a la ley su imperio, su majestad y yo mismo me coloco debajo de ella, a fin de que en lo sucesivo sea la ley la guardiana de la paz, la que asegure el progreso indefinido de mi patria, pues creo que no podré tener sucesor más digno. Los últimos días de mi vida los consagraré a defenderla, a consolidar su prestigio, poniendo a su servicio todo el mío, y ¡ay de quien quiera atentar contra la ley que yo seré el primero en respetar!

            El prestigio del Gral. Díaz llegará entonces a tal grado, que en donde quiera que se encontrara sería considerado como el arbitro de nuestros destinos y la gratitud nacional hacia él no tendría límites". "Porque el Gral. Díaz no ha sido un déspota vulgar y la Historia nos habla de muy pocos hombres que hayan usado del poder absoluto con tanta moderación”.

            Moderación, dijo del carnicero de Tomochic, el Valle Nacional, los indígenas yaquis y mayas y el reguero de fuego, muerte y tinajas de San Juan de Ulúa contra huelguistas que a Madero le merecieron esta opinión:

              “En esas huelgas podemos encontrar cuál es la opinión que el general Díaz tiene de las necesidades de los obreros y hasta dónde llega su amor hacia ellos.” (¡!)

            Ricardo Flores Magón. (A su memoria.)

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