6/25/2015

El absurdo e indignante triunfalismo de EPN contrasta con la visión realista del Papa Francisco


    

Ilustración: Pe Aguilar / @elesepe1

El absurdo e indignante triunfalismo de Enrique Peña Nieto contrasta con la visión realista del Papa Francisco. Mientras el inquilino de Los Pinos festina los “buenos” resultados de las mal llamadas reformas estructurales, el líder del catolicismo mundial enarbola con firmeza la defensa de los valores humanos y critica duramente que “la Tierra, nuestra casa, parece convertirse cada vez más en un inmenso depósito de porquería”. A ello habrá de contribuir de manera criminal el “proyecto” reaccionario del grupo en el poder.
Así lo reconoce el Papa Francisco en la encíclica Laudato si (Alabado seas, en latín), documento que pone en tela de juicio el modelo impuesto a la humanidad por el Grupo de los Siete con el objetivo demoniaco de apropiarse, solo ellos, de la mayor parte de los recursos del planeta, con la complicidad de “gobiernos” inmorales, corruptos y apátridas como el mexicano. Aquí en nuestro país el problema es mayor, por la voracidad de una oligarquía mezquina y muy corta de visión, que no entiende que, como se dice coloquialmente, “está matando la gallina de los huevos de oro”. ¿Acaso no se consolidó el progreso del país, la formación de una clase empresarial fuerte, cuando el Presidente Lázaro Cárdenas expropió la industria petrolera?
En cambio, lo que ahora quiere el “gerente general” del Grupo de los Siete en nuestro país, es apuntalar la hegemonía de éste y asegurar que en el futuro sólo sus intereses predominen, incluso con el apoyo del Estado para “legitimar” su presencia depredadora. Esta es la prioridad inamovible de Peña Nieto, como insiste una y otra vez, para que no quede duda de que va con todo el poder del “gobierno” que encabeza nominalmente, con ese objetivo supremo. Con un cinismo terrible afirma  que “los beneficios de las reformas estructurales ya se están sintiendo”, y hasta agradece el “respaldo y apoyo amplio” de la sociedad a su “proyecto de nación”.
Cabe preguntar: ¿cuáles beneficios?, ¿cuál “respaldo y apoyo” de la sociedad? Como la burocracia dorada está acostumbrada a mentir descaradamente, Peña Nieto sostiene que los resultados electorales de los comicios recientes, son comparables a un plebiscito ciudadano de apoyo a su programa de reformas. Es obvio para el ciudadano común que se engaña solo, porque con menos de 30 por ciento de los votos emitidos, que no llegaron al 50 por ciento del padrón, no puede hablarse de consenso ciudadano. Aparte, está el hecho de que la mitad de los sufragios favorables al PRI fueron literalmente comprados con la entrega de despensas y ahora con la innovación del obsequio de pantallas de televisión digital, entre otras mañas ya históricas.
Con base en propaganda engañosa, tal como lo hizo Felipe Calderón, ahora el inquilino de Los Pinos quiere convencer a los ciudadanos desinformados, que desgraciadamente son la mayoría, de que su “proyecto de nación” es el idóneo para impulsar el progreso del país y crear mejores condiciones sociales. ¿Por qué no ha sido posible alcanzar tales objetivos en tres décadas, cuando México todavía contaba con recursos naturales y una estructura menos desfavorable? ¿Cómo esperar, vale insistir en este punto, que entregando a las más poderosas empresas trasnacionales  nuestros principales recursos energéticos, y abaratando al máximo el mercado laboral las cosas ahora sí van a ser diferentes?
El Papa Francisco sabe perfectamente que eso no es posible para el mundo, incluido nuestro atribulado país, porque los problemas que está provocando el fundamentalismo neoliberal “están íntimamente ligados a la cultura del desecho, que afecta tanto a los seres humanos excluidos como a las cosas que rápidamente se convierten en basura”. Califica esta relación de “estructuralmente perversa” y sostiene que se trata de “una concepción mágica del mercado”. Sin embargo, en nuestro país las cosas se han llevado a extremos intolerables, lo que presagia terribles consecuencias para las nuevas generaciones de mexicanos.
De ahí el imperativo de que la gente común empiece a darse cuenta, a pesar de la cascada de propaganda demagógica, de que no poner un alto a la voracidad del grupo en el poder, a la mezquindad de la élite oligárquica, nuestros hijos y nietos estarán condenados a una esclavitud como la que anheló Hitler para sostener al Tercer Reich. La responsabilidad de las organizaciones democráticas y progresistas es fundamental para ayudar a reflexionar y abrir los ojos al pueblo. 

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